Capítulo 5 Parte 4
Era de mañana, Hiz estaba atando su cabello con una moña negra, se miró fijamente en el espejo y después inclinó su mirada, pasó sus manos por el vestido gris para así quitar alguna arruga.
—¿Ya te vas a ir? —preguntó su mamá entrando al cuarto.
—Sí, pero primero buscaré a Dane —a Hiz se le creó un nudo en la garganta—. Trataré de convencer a la señora Margaret, no pueden hacerle esto a mi amiga.
—Hija… —soltó con preocupación su madre mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Mamá, no permitiré que le hagan algo así cuando yo soy la culpable.
Las dos mujeres se abrazaron, después, Hiz salió de su habitación rumbo a la casa de su mejor amiga que vivía al lado. Las dos muchachas caminaron en silencio por la calle un poco invadida de personas que con paso afanado se dirigían a sus respectivos trabajos.
Dane y Hiz observaron por un momento el grupo de hombres que se dirigían hacia la mina que quedaba fuera de su pequeña aldea. Sus dos padres murieron en un derrumbe que hubo allí, estuvieron todo un día, atrapados, pidiendo ayuda con sus compañeros, pero los dueños de la mina (la marca de las Plumas) creyeron que saldría menos costoso contratar a más hombres y seguir con lo suyo, antes que detener la producción y rescatar a los sobrevivientes.
Ellas debían dirigirse en un tren a la ciudad que quedaba al lado de la aldea a trabajar (no era muy lejos). Aquel tren sólo pasaba dos veces al día, en las horas de la mañana (donde todos partían a sus trabajos), y en las horas de la tarde, (cuando ya las personas regresaban a sus hogares). En la aldea del Infinito (así le decían a su raza) nadie tenía poder alguno con el cual pudiera defenderse en la sociedad de marcas, todos eran empleados: seres explotados por su debilidad.
Hiz y Dane, después de esperar a que llegara el tren, lo abordaron junto con una multitud que las apretujó hasta quedar casi aplastadas. Después de pasados quince minutos, llegaron a la pequeña ciudad llena de tiendas, pequeños locales, un mercado y todo tipo de cosas. Muy pocas personas vivían en aquella ciudad que fue construida para el comercio, era lo único con lo que la marca Infinito podía sostenerse, ellos la llamaban “La ciudad del tesoro” porque sin ella no podrían vivir.
Las chicas caminaron a paso afanado por las calles, había partes donde corrían para así poder llegar a tiempo, tenían que empujar a las personas para abrirse paso por las aceras angostas e invadidas de peatones. El bullicio aturdía a cualquiera, no se podría hablar con alguien si no lo hacía a gritos.
Hiz y Dane se tomaron de las manos para así no perderse entre las personas. Pasados quince minutos, llegaron al hotel y entre jadeos corrieron hasta la recepción donde una joven las miró bastante preocupadas.
—La señora Margaret está muy loca hoy. —Les contó— imagínense que las personas de las Plumas se quejaron porque el señor Dober preguntó por Hiz y nadie le pudo dar una respuesta. Cuando la señora Margaret preguntó por ustedes y le dijeron que no habían llegado, nos gritó.
—¡Pero no tenemos la culpa, el tren se retrasó! —dijo Dane.
—Lo sabemos, pero eso no lo entienden esos señores y menos el señor Dober —explicó su compañera, rodó la mirada a Hiz—. Es mejor que te vayas directo al cuarto del señor Dober, sólo quiere que tú lo atiendas, que no hagas más nada, te pidió exclusivamente.
—¡¿Qué?! —Hiz llevó una mano a su pecho mientras tomaba una bocanada de aire que retuvo en sus pulmones.
—Lo siento, amiga, ojalá no sea nada malo —soltó la muchacha de la recepción.
—Vamos, Hiz, hablemos con la señora Margaret —pidió Dane. Tomó a su amiga de una mano y la arrastró hacia los adentros de un pasillo.
Encontraron a la señora Margaret gritando en la cocina mientras los empleados iban de un lugar a otro con platos en mano, ollas y bastante alterados.
—¡Hasta que aparecen las señoritas! —gritó la señora Margaret mientras se ponía las manos en la cintura.
—Lo sentimos mucho, el tren se retrasó unos minutos en llegar —informó Dane.
La señora Margaret reparó a las muchachas de pies a cabeza, después se acercó a ellas y las tomó a cada una de las manos para así arrastrarlas fuera de la cocina. Las mujeres se quedaron a hablar en una esquina con luz grisácea.
—Se canceló la reunión que tenían los señores de la Pluma, por lo mismo se quedarán todo el día en el hotel, según, hoy pasará todo el día lloviendo. Así que, el señor Dober está preguntando por Hiz, pero como dije ayer, hoy quien lo atenderá es Dane. Él no está ahora en su cuarto, así que, —miró a Dane fijamente— entra en su habitación y lo esperas allí, ¿entendido?
Las dos jovencitas se miraron fijamente y después Dane aceptó con un movimiento de cabeza e inclinó la mirada.
—¡Pero no vayas a poner esa cara frente al señor Dober! —regañó Margaret—, recuerda, si él queda insatisfecho tendremos un gran problema para nuestra marca. En cambio, si queda gustoso, tendremos grandes ganancias, hasta te podré dar algo —intentó dibujar una sonrisa entre lo que su egoísmo lo permitía—; pero eso lo arreglaremos cuando tengamos los resultados que queremos.
—Lo sé, señora, lo sé —soltó Dane en un hilo de voz.
Después, Dane se apartó con rapidez rumbo hacia el ascensor con la mirada cabizbaja. Los ojos de Hiz se fueron junto con su amiga; estaba en shock, no podía creer que, por su culpa, su mejor amiga tuviera que pasar algo así.
—Se-señora —llamó Hiz mientras empezaba a parpadear.
—¿Qué? —indagó con voz tajante.
—El señor Dober me está pidiendo a mí, creo que lo correcto es que yo vaya —informó.
—Hiz, tú no eres bonita —dijo la señora Margaret en tono aburrido—, mírate en un espejo, te falta gracia, ¿crees que personas como la marca de la Pluma quedarían satisfechas al ver tu cuerpo? —Se miraron fijamente—. No quiero correr riesgos, así que, mejor ve a lavar las sábanas, además, necesito que limpies el segundo piso.
—Sí, señora —aceptó Hiz.
Mientras, Dane entró a la habitación del señor Dober Momson y se sentó en un sillón, todo estaba muy silencioso y sus nervios la estaban matando. Rodó la mirada por la habitación y después encontró en la pequeña mesa frente a ella un libro de carátula azul turquí que tomó, lo reparó por un momento en sus manos, “Árbol de deseos” así se titulaba.
De pronto, escuchó la puerta abrirse y tragó en seco, su corazón empezó a latir con fuerza y su respiración se agitó.
A los segundos apareció a la vista aquel joven con rostro bastante serio que le inspiró mucho miedo a Dane. La mirada de Dober se endureció cuando la vio sentada en aquel sillón.
—Bu-buenos días señor Dober Momson, mi nombre es Dane y… —comenzó a presentarse la muchacha mientras se ponía en pie.
—Deja ese libro donde lo encontraste —gruñó Dober interrumpiendo la presentación de Dane—. Yo pedí a Hiz, quiero que sea ella quien esté sentada allí, ahora.
La piel de Dane se erizó y rápidamente dejó el libro sobre la mesa, aguantó la respiración cuando tuvo que correr para salir de allí. Con pasos muy afanados se dirigió en busca de Hiz.
