Capítulo 6 Parte 5

Bajó al primer piso y su mirada desesperada recorrió los pasillos hasta que en uno de ellos se topó a la señora Margaret.

—¡Señora! —gritó casi sin aliento.

—Ay, niña, no grites —regañó la mujer volteando a ver a Dane.

—Es, es, es que… —Dane se detuvo e intentó tomar aire—, el señor Dober Momson está furioso, casi me mata con la mirada cuando se dio cuenta que no era Hiz y mandó a… —se estaba ahogando y trató de respirar— mandó a traerla ¡y la quiere para ya!

La señora Margaret se llenó de calambre y toda erizada por el miedo, trató de guardar la calma.

—¡¿Y por qué me buscas a mí y no a Hiz?! —cuestionó la mujer.

—Es que no la logro encontrar por más que la busco —respondió Dane.

—¿Ya revisaste en la lavandería? —inquirió la señora Margaret, en sus ojos se podía ver el espanto.

—Ah… No —soltó Dane mientras sus ojos se iluminaban.

Las dos caminaron con paso apresurado hasta el lugar que iban a revisar y para su buena suerte, ahí estaba la muchacha echando unas sábanas a lavar en una amarillenta y destartalada lavadora.

—¡¿Qué haces, niña?! —inquirió la señora Margaret casi en un grito.

Hiz se sobresaltó por la extraña reacción de la mujer, rápidamente empezó a sacar las sábanas del agua llena de espuma.

—Ah… ¿qué hice mal con ellas? —inquirió rápidamente mientras las reparaba.

—¡Ay, no hablo de eso! —explicó la mujer acercándose a la joven y empezando a quitar las sábanas mojadas de sus manos—, se te van a magullar los dedos si te pones a lavar en este momento.

—Hiz, apresúrate —ordenó Dane con desespero mientras ponía sus manos sobre los hombros de su amiga.

—¿A dónde? —La pobre no entendía lo que estaba sucediendo.

—¡El señor Dober está furioso porque no estás en su cuarto, date prisa, te está esperando! —informó la señora Margaret.

El rostro de Hiz palideció repentinamente y un escalofrío pasó por todo su cuerpo, comenzó a secar sus manos con su vestido gris y después las pasó por su cabello un poco despeinado.

—Creo que debes arreglarte un poco antes de entrar —sugirió Dane.

—Ah… sí —aceptó Hiz.

Las chicas se iban a ir cuando la señora Margaret llamó a Hiz y ella volteó para ver a su jefa.

—Hay algo importante que debes hacer al llegar —informó. En aquel momento llegaron unas compañeras de las chicas y saludaron a la señora Margaret respetuosamente—, ven un momento —pidió con voz seria.

Hiz se acercó a la mujer y ella le susurró algo al oído de Hiz discretamente y después le pidió marcharse.

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La joven al llegar a la habitación se dio cuenta que no había nadie, de alguna manera u otra lo agradeció, ya que, así podría poner en marcha el plan que le fue otorgado con tranquilidad.

Media hora después, Dober Momson hizo su aparición por la puerta y se detuvo en seco al encontrar a Hiz completamente desnuda frente a él a unos metros de distancia.

—Se-señor —saludó Hiz y al darse cuenta de que su voz delataba lo asustada que se encontraba, trató de calmarse.

Los ojos de Dober recorrieron el cuerpo de la muchacha de abajo hacia arriba mientras contenía su respiración. Aquel joven siempre permanecía con rostro serio, por lo mismo Hiz nunca podía notar qué emoción estaba teniendo mientras se veían, aunque, el sentir los ojos de él inspeccionar su cuerpo, le daba mucha incomodidad, con ganas de salir corriendo lejos de allí y nunca más verlo.

El rostro de Hiz se enrojeció en gran manera, sus mejillas estaban encendidas y su pecho huesudo subía y bajaba con rapidez.

—Vístete, —ordenó Dober mientras se dirigía hacia los muebles frente a la gran ventana— necesitamos terminar el libro hoy.

Aquella orden sorprendió a Hiz, aunque, no iba a replicar; aquello fue como un gran milagro que le salvó de una mala experiencia que se volvería su peor pesadilla.

Hiz rápidamente se dispuso a vestirse y sentarse frente a Dober, tomó el libro de la pequeña mesa de cristal y buscó la página en la que habían quedado.

Empezaron a transcurrir los minutos que pronto se convirtieron en horas y Hiz se sumergió en gran manera en la trama del libro, le encantaba el rumbo que tomaba todo. Su lectura estaba llena de vida, cada signo lo sabía interpretar y el tono de su voz variaba con los diálogos.

Mientras, Dober sólo sabía observarla con detenimiento: la forma de mover sus labios, sus ojos brillantes por la emoción que declaraba su rostro y aquella voz con la cual se obsesionó. Su única fantasía en aquel momento era poder escuchar a Hiz de cerca, cerrar sus ojos y el único sonido que hubiera a su alrededor fuera esa dulce, tierna, suave y relajante voz.

La tarde estaba dando sus últimos suspiros mientras la gran sábana de árboles tornaba sus colores cada vez más oscuros, llegando a un punto negro y frío. Hiz terminó de leer el último párrafo del libro y no pudo soportar una lágrima que rápidamente escapó de su ojo izquierdo, su mano con mucha rapidez limpió la gota que se deslizaba por su mejilla.

—Ah… Lo siento —se disculpó mientras intentaba que su nariz no dejara salir los mocos.

Dober abrió sus ojos, ya que hace minutos atrás los había cerrado y estaba a punto de ser vencido por el sueño. Su rostro no delataba nada de esto, seguía siendo neutral, aunque, Hiz pudo notar que su entrecejo se frunció un poco.

—¿Por qué te disculpas? —le preguntó.

Hiz desplegó una leve sonrisa mientras inclinaba la mirada hacia el libro.

—Es muy hermoso —respondió—. Amé el final, es bonito, aunque, a la vez tiene un sentimiento de melancolía. El árbol renació en aquel fruto que el joven sembró frente a la casa que construyó para su esposa, así todos pudieron vivir en tranquilidad después de la gran guerra, aunque, saber que el árbol fue quemado por el pueblo cuando se enteraron que hablaba… —Los ojos de Hiz se llenaron de lágrimas— es muy triste.

Hubo un momento de silencio en el cual se pudieron escuchar las manecillas de un reloj que demostraba cuan calmado estaba el ambiente.

—Hay gente que es capaz de dar su vida por un deseo en específico y más si hay otras personas de por medio —expresó Hiz mientras se hundía en el mar de recuerdos que la transportaban a la época donde su padre estaba vivo.

Al notar que Dober la veía fijamente se sintió muy incómoda, parpadeó dos veces para después revolverse en el sillón. Había vuelto a la realidad y aquello le recordaba cuanto miedo sentía por aquel hombre.

—Ah… Lo siento, me he vuelto parlanchina por un momento —se disculpó inclinando la mirada al libro.

—No tienes por qué disculparte —dijo Dober con su típica voz seria.

Hiz volteó la mirada hacia la gran ventana y sus ojos se abrieron en gran manera.

—¡Oh…! ¡No puede ser! —exclamó—, se me ha hecho tarde.

—¿Se te ha pasado el tren? —inquirió Dober.

—Eh… Sí. No he sentido el tiempo, es la primera vez que me sucede algo así.

Hiz se levantó del sillón y dejó el libro sobre la pequeña mesa.

—Señor, ya debo irme —informó mientras hacía una reverencia.

—Espera —ordenó Dober—, ya es de noche y no encontrarás cómo llegar a tu casa. Deberías dormir en el hotel, es más seguro.

—Lo siento, mi madre debe estar preocupada porque no he llegado —explicó Hiz un tanto desesperada.

Después de pasados unos minutos, Hiz salió del cuarto y se encontró con una gran sorpresa, Dane estaba agachada a un lado de puerta, acurrucada y medio dormida.

—¡Dane! ¿Qué haces aquí?

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