Capítulo 7 Parte 6
La joven rápidamente se puso de pie, pero, sintió sus piernas entumecidas y esto la hizo soltar algunos quejidos.
—Es que… Estaba muy preocupada porque no salías de ese cuarto y por mi mente han pasado muchas cosas horribles —respondió Dane—, ¿qué te hizo hacer?
—Nada malo, sólo terminamos de leer el libro. Se me han pasado las horas y no me di cuenta de cuándo se hizo de noche —explicó Hiz—. Amiga, debiste irte con el tren, ¿ahora cómo vamos a hacer para llegar a casa? Nuestras madres deben estar muy preocupadas porque no hemos llegado.
Las dos chicas salieron del edificio con paso afanado, estaban muy preocupadas al creer que en sus casas estarían sus madres llorando de la incertidumbre al no saber por qué sus hijas no habían llegado.
Era una locura irse caminando en medio de la noche hasta la aldea, pero en sus pechos un gran mal presentimiento las invadía.
Intentaron tomar un atajo para llegar más rápido, este estaba un poco adentrado en el bosque que era cruzado por una pequeña trocha.
—Fue una suerte —dijo Dane—. De hecho, todavía me sorprende que no te haya tocado.
—Yo también.
—Aunque, Hiz, ¿no te incomodó pasar tantas horas al lado de él? —inquirió Dane mientras apretaba mucho más el paso—. Estar los dos solos allí, en ese cuarto.
—Pues no, como estaba leyendo, me concentré mucho en la lectura —contestó ella siguiéndole el paso a su amiga—. De hecho, era un libro muy interesante. Me di cuenta de que no es el único libro que trajo consigo, tiene muchos más guardados en unos cajones.
—Sí, es un hombre muy extraño. A Very le tocó limpiar su cuarto y dijo que la mayoría de las cosas que trajo son puros libros, aparte de ellos muchos papeles y documentos.
—Tal vez le gusta leer en sus ratos libres.
—¿Y una persona como él tiene tiempo libre? —chistó la joven.
—Pues hoy estuvo todo el día conmigo escuchándome leer, así que imagino que sí —repuso Hiz.
Las chicas se detuvieron en seco al ver al fondo del bosque la luz de unas antorchas. Aquello era muy extraño, porque, para esa hora ya estaba el toque de queda y nadie (a excepción de los guardias) podían estar en las calles. Y los guardias no estarían tan adentro de un bosque, así que, lo más seguro es que fueran vándalos.
—Hiz, Hiz —sollozó Dane con voz temblorosa—. ¿Qué vamos a hacer?
—Agáchate —pidió Hiz mientras ella también hacía lo mismo y en el acto obligaba a su amiga a hacer lo mismo al tomarla de un brazo.
—¿Serán los únicos? —inquirió Dane.
—Espero que sí —contestó la joven a susurro—. Debemos volver, es peligroso que estemos aquí.
Las jóvenes, agachadas, intentaron caminar sobre sus antiguos pasos y así poder escapar de aquellas personas que se veían a lo lejos.
—¡Sí, debemos atacarlos ahora! —se escuchó la voz de un hombre, después, unos gritos eufóricos.
Las muchachas quedaron paralizadas del miedo al escuchar las voces cada vez más cerca. Dane empezó a sollozar con más fuerza, mientras, Hiz intentaba pensar rápido para ver cómo salir de aquella situación tan angustiante.
Vio que a su derecha había unos matorrales, así que tomó a su amiga de una mano y corrió arrastrándola como pudiera hasta ellos.
La tierra allí se sentía más húmeda que de costumbre, seguramente entraron en algún lodazal, pero no importaba en ese momento. Lo bueno es que con tanta oscuridad no podrían reconocerlas y sus vestidos grises y apagados ayudaban a camuflarlas.
Pronto pudieron escuchar las botas de los hombres. Hiz reconoció las siluetas fornidas de diez hombres entre las sombras que emitían el fuego de las antorchas.
—Sí, señor, el Mando Segundo está con ellos —respondió la voz de un joven—. Hoy estuvo todo el día en el hotel.
—Debemos aprovechar que han bajado la guardia —se escuchó la voz de un hombre mayor—. No se volverá a repetir esta oportunidad.
—Han venido en son de paz, así que no han traído suficientes guardaespaldas, ¡todos son unos ejecutivos debiluchos!
—No se confíen, no se confíen. Dicen que el Mando Segundo es muy fuerte.
—¡Bah…! Esos son puros rumores, lo dicen para que la gente le tenga miedo, pero yo ya lo he visto, sólo intenta intimidar con su cara brabucona, pero hasta ahí.
—Rick, cállate, tú no serías capaz de enfrentarte a él.
Empezaron las risas y con ellas las chicas ya no pudieron escuchar más. Minutos después, cuando ya no había rastro ni de los hombres o las antorchas, las chicas quedaron heladas en sus lugares.
Una rebelión. Los Infinitos harían una rebelión contra los Plumas. Ellas eran conscientes de que, lo más seguro era que ese no sería el único grupo, por cómo hablaban, por aquella seguridad que llevaban, seguramente era uno de los tantos que debían dirigirse hacia el hotel.
Y sí, era cierto.
Para suerte de ellas, el no haberse movido de sus lugares les ayudó a salvar sus vidas, porque no había pasado media hora cuando otro grupo —esta vez como de unos treinta en total—, pasaron por allí. No decían mucho, sólo caminaron a paso apresurado y se pudo escuchar una maldición de uno de ellos que renegaba porque el primer grupo se fue muy deprisa y no los esperaron.
Una hora después de haber pasado aquel grupo, Dane comenzó a llorar.
—Se me durmieron las piernas —sollozó Dane en un hilo de voz.
—Esperemos un poco más —ordenó Hiz a susurro.
—Creo que es un grupo pequeño —comentó su amiga—. Si fuera más grande ya habrían pasado.
—¿Y si dejaron vigilantes?
—Es un grupo pequeño, si fueran más, tal vez los dejarían, pero no creo.
—Entonces —Hiz comenzó a removerse en su lugar—, vamos. No perdamos más tiempo. Esto se pondrá peligroso dentro de unas horas.
—Sí —Dane empezó a reincorporarse, al igual como su amiga.
Las dos chicas no pensaron en caminar, esta vez, tanto como lo permitían sus piernas, corrieron: saltaron piedras, rodaron por el suelo y llenaron sus bocas de arena, así mismo como recibieron algunos raspones y latigazos de ramas.
Dane estaba a punto de desmayarse cuando vieron las pequeñas y desgastadas farolas de su aldea encendidas. Aquello era muy raro, las personas las apagaban cuando sonaba el toque de queda para así ahorrar gas.
Cuando las chicas caminaron hasta sus casas, encontraron a un grupo de cinco vecinos hablando en una esquina, al verlas, todos caminaron a paso apresurado y se encerraron en sus casas.
Las chicas voltearon por reflejo para asegurarse de que eran las únicas por allí, pero no, no lo eran. Vieron las siluetas de dos hombres que caminaban en su dirección.
No tuvieron que decir palabra alguna, sabían que debían correr por sus vidas. Así lo hicieron y llegaron hasta las puertas de sus casas, tocaron con mucha fuerza y gritaron para que sus madres supieran que eran ellas.
Hiz pudo ver que Dane entró al instante en que la puerta de la casa de la chica se abrió. En cambio, su mamá demoró unos segundos más en abrirle la puerta.
Cuando pudo entrar, ayudó a la señora a poner una tranca de madera a la puerta para asegurarla.
—¡Por Dios, Hiz, ¿por qué vienes a esta hora?! —soltó la mujer casi a grito mientras cerraba la puerta y la reforzaba poniendo una tranca que cruzaba lo ancho de la misma.
—Yo… —La joven trataba de calmarse—. Se me pasó el tiempo leyendo el libro al señor Dober y… —Tomó aire— se nos pasó el tren, después caminamos por el bosque para volver y… esos hombres, yo… Dane y yo —volvió a tomar aire— tuvimos que escondernos de esos hombres y después, había unos hombres que parecían perseguirnos. Que- ¿qué está pasando? ¿Quiénes eran esos hombres?
Su madre estaba con las manos entrelazadas cerca de su barbilla, se veía asustada y bastante pálida. Se acercó un poco más a su hija para hablar bajo.
—Después del toque de queda un grupo de hombres de la aldea se fueron a enfrentar a los Plumas que llegaron a la ciudad —explicó con tono más bajo—. Comenzaron a gritar para que los hombres salieran y… algunos intentaron explicarles que era muy mala idea hacerlo, pero quienes lo hicieron terminaron azotados. Nos dijeron que no saliéramos y que, quien de aviso a los guardias del Gran Grupo, van a matarlos.
Hiz llevó una mano hasta su pecho intentando calmarse. Ellas sabían que aquellos hombres únicamente fueron a buscar la muerte.
Los hombres de las Plumas eran muy poderosos, tenían el don de la telequinesis, en cambio, los Infinitos carecían de algún don. Aunque llevaran armas, ¿de qué le iban a servir al momento de enfrentar a los Plumas?
En su mundo los Plumas siempre habían gobernado sobre las otras razas y los Infinitos no influían de ninguna forma frente a las razas; eran los más débiles. Los Plumas podían mover los objetos a su antojo, de hecho, hasta a las mismas personas, por lo mismo eran los más fuertes y hasta se rumoraba que los que estaban en el mando podían matar con el pensamiento.
Aquella noche Hiz no pudo dormir, así como estaba segura de que toda su aldea no lo hizo. Tal vez los Plumas tomarían aquella rebelión como una excusa para eliminar esa pobre e insignificante aldea.
A primera hora de la mañana Hiz se fue a cambiar para ir al trabajo, necesitaba ver si lo habían destrozado todo. Le preocupaba aquello, no podía quedarse sin trabajo.
Cuando salió, se sorprendió al ver a Dane frente a su puerta, tenía un pequeño raspón cerca de su ceja izquierda.
—¿Cómo estás? —preguntó Dane.
—Bien, ¿y tú?
—No pude pegar los ojos, estoy muy nerviosa —se sinceró la chica.
—Yo también.
—¿Crees que ellos pudieron hacerle daño a los Plumas?
—Claro que no. De seguro se murieron antes de tocar el hotel.
—Ojalá sea así —soltó Dane con voz casi inaudible.
—Mejor vamos, debemos llegar temprano al hotel; no sea que se nos pase el tren otra vez —Hiz tomó la mano de su amiga y las dos bajaron dos peldaños y cruzaron la calle.
Cuando estaban cerca de la plaza que estaba antes de la parada de tren, vieron a un gran tumulto de personas rodeándola. Se escuchaban pequeños gritos y llantos, mientras, otros sólo curioseaban asustados.
—¿Qué está pasando? —inquirió Hiz.
Las dos chicas se adentraron entre la muchedumbre y soltaron unos gritos al ver a un grupo de unos veinte cuerpos de hombres ahorcados guindando de unas horquetas con letreros que decían “busqué mi propia muerte”, “intenté asesinar a un Pluma”, “te sucederá lo mismo que a mí si tocas a los Plumas”.
Dane vomitó segundos después de ver aquella cantidad de hombres colgados, mientras, el cuerpo de Hiz empezó a tiritar por el miedo. Logró reconocer algunos de aquellos rostros, los conocía por ser vendedores de comida en el mercado, uno de ellos era el lechero y otro el que apagaba los faroles cuando sonaba el toque de queda. Ninguno de ellos era un vándalo como tal, solamente personas cansadas por el dominio de una raza y con ganas de hacer valer su voz.
Pero ahí estaba reflejada la valentía de personas que no tenían ningún don especial frente a una raza poderosa. Algo le decía que, cuando llegaran al hotel encontrarían a todas aquellas personas de la Pluma como si nada hubiese pasado.
Cuando estaban subidas en el tren, por las ventanas podían ver en el exterior algunos cuerpos colgados con aquellos letreros en sus pechos. Imaginaba que lo hacían para que todos lo recordaran de camino a sus trabajos y, cuando estuvieran frente a los Plumas tuvieran más respeto o miedo.
Y sí, al llegar, el hotel estaba intacto, únicamente con la diferencia que se podía ver más Plumas caminando de un lado a otro con papeles, bajando y subiendo las escaleras.
—Por fin llegas —escucharon que dijeron desde el fondo.
Las dos chicas reconocieron la voz de la señora Margaret que se acercaba a ellas. Las recibió en la recepción y tomó a Hiz de una mano.
—Ve a atender al señor Dober, dijo que no va a dejar entrar a nadie que no seas tú —informó—. Pregúntale qué quiere desayunar —paseó la mirada por sus lados—, y por nada en el mundo le menciones lo ocurrido —soltó con tono más bajo. Observó a Dane que también estaba cerca de ellas—. Se están llevando a todos los que murmuran por ahí, tengan cuidado.
Un escalofrío pasó por todo el cuerpo de Hiz. Lo menos que quería esa mañana era ver a aquel terrible hombre, sabía que se le haría muy difícil verlo al rostro y no recordar los muertos exhibidos en la aldea.
—Ve, niña —pidió la señora Margaret con voz más fuerte—, ve a atenderlo, y de paso cambias las sábanas de su cama por unas limpias, las blancas de algodón, cámbialas por esas.
—Sí, señora —aceptó Hiz y corrió hacia el elevador.
