Capítulo 1 1

―Si vuelves a llamarme “señorita del servicio”, te juro que te cobro hasta por respirar cerca de mi mesa.

La rubia frente a mí parpadeó.

No era rubia natural. Eso lo supe porque llevaba diez años sirviendo tacos, cerveza y malas decisiones a gente que creía que un buen tinte también servía para ocultar la educación.

―No te llamé así ―respondió.

―Me preguntaste dónde estaba el baño y después me diste tu copa vacía.

―Porque estabas detrás de la barra.

―Porque trabajo aquí.

―Entonces no entiendo el problema.

Sonreí.

No porque me hiciera gracia.

Porque Sofía, mi prima, me había hecho prometer que no arruinaría su comida de compromiso.

Llevábamos exactamente siete minutos.

Récord personal.

―El problema ―dije― es que no soy tu mesera.

La mujer bajó la mirada a mi camiseta negra con el logo de Salas y Hermanos.

―Eso dice literalmente tu uniforme.

―Dice que soy copropietaria.

―Desde aquí parece una tortilla con bigote.

Miré el logo.

―Es un taco.

―Necesitan diseñador.

―Y tú necesitas modales.

Sus labios se curvaron.

Maldición.

No debería haber notado que tenía una boca bonita.

La mujer era irritante de pies a cabeza. Tacones crema. Pantalón blanco. Blusa de seda. Un bolso pequeño que probablemente costaba lo mismo que nuestra freidora industrial.

Y esa boca.

Especialmente esa boca.

―Emilia.

Sofía apareció detrás de ella con una expresión que ya conocía.

La expresión de “Renata, por favor, no incendies nada antes del postre”.

―Llegaste.

Emilia.

Claro.

Emilia Vergara.

Hermana de Nicolás, el prometido de mi prima.

La famosa Emilia de las fotografías familiares, los eventos de beneficencia, los vestidos imposibles y las revistas sociales que mi madre compraba para criticar gente rica mientras se comía unas papitas.

―Tú eres Renata ―dijo Emilia.

―Qué rápido aprendes.

Sofía me dio un codazo.

―Renata.

―Estoy siendo amable.

―No quiero saber cómo eres cuando no.

Emilia soltó una risa.

Bonita también.

Aquello empezaba a ser ofensivo.

―¿Nos sentamos? ―preguntó Sofía.

―Sí ―respondí―. Antes de que tu futura cuñada me entregue también el abrigo.

Emilia me miró.

―No traje abrigo.

―Era sarcasmo.

―Eso sí lo entendí.

Nos sentamos en la mesa larga del patio.

Mi hermano Mateo estaba junto a la parrilla. Nicolás hablaba con mi tía. Había flores blancas en frascos de vidrio porque Sofía había decidido que el compromiso sería “casual”.

Casual, en nuestra familia, significaba treinta personas y tres tipos de salsa.

Emilia se sentó frente a mí.

Por supuesto.

―¿Quieres algo de tomar? ―pregunté.

―¿Ahora sí eres mesera?

―Ahora soy anfitriona.

―Qué versátil.

―Me esfuerzo por compensar la falta de diseñador.

Sus ojos brillaron.

Eso fue peor.

Me estaba divirtiendo.

No pensaba permitirlo.

Le serví agua mineral.

―Gracias.

―De nada, princesa.

―No me digas princesa.

―¿Por qué? Combina con el bolso.

Emilia miró su bolso.

―¿Sabes qué marca es?

―No.

―Entonces tu insulto pierde precisión.

―Te prometo investigar antes del siguiente.

Sofía, a mi lado, murmuró:

―Voy a beber.

―Tú no bebes ―dije.

―Hoy empiezo.

Nicolás se acercó y besó a mi prima en la sien.

―¿Todo bien?

―Perfecto ―respondió Emilia.

―Tu hermana me ama ―añadí.

―Llevan diez minutos juntas.

―Ha sido intenso.

Emilia tomó su vaso.

―Tu futura prima política tiene una personalidad agotadora.

―Y todavía no me ves cobrar.

Nicolás se rio.

Me cayó mejor de inmediato.

Mi madre apareció con una charola de frijoles y me hizo una seña con la barbilla hacia Emilia.

―Compórtate.

―Estoy comportándome.

―Cuando dices eso, siempre termino pidiendo disculpas.

―Esta vez no he insultado a nadie.

Emilia levantó la mano.

―Me llamó princesa.

Mi madre sonrió como si acabara de encontrar entretenimiento gratis.

―Entonces le caes bien.

―Mamá.

―Cuando alguien le cae mal, usa nombres mucho peores.

Emilia arqueó una ceja.

―Ahora tengo curiosidad.

―No la alimentes ―dije.

Mi madre me besó la cabeza y siguió caminando.

Emilia observó cómo se alejaba.

―Tu familia es ruidosa.

―Eso fue educado para decir insoportable.

―No. Quise decir ruidosa.

Había algo raro en su voz.

No burla.

Casi envidia.

La miré mejor, pero ya estaba bebiendo agua en silencio.

La comida empezó.

Yo me levantaba cada pocos minutos porque trabajar en un negocio familiar significaba que incluso durante un compromiso alguien gritaba tu nombre porque se había acabado el cilantro.

Cuando volví con una bandeja, Emilia estaba probando uno de nuestros tacos de birria.

La observé morderlo.

Cerró los ojos.

Fue solo un segundo.

Después abrió los ojos y recuperó esa expresión de mujer a la que nada impresionaba.

―¿Y? ―pregunté.

―Está bien.

Me detuve.

―¿Está bien?

―Sí.

―Acabas de cerrar los ojos.

―Tenía salsa cerca.

―Mentira.

―No exageres.

―Dilo.

―¿Qué?

―Que está increíble.

―No.

Me incliné sobre la mesa.

Emilia levantó la barbilla.

―Dilo.

―No acepto chantajes gastronómicos.

―Entonces no hay segundo taco.

―Eso es abuso de poder.

―Ahora entiendes el capitalismo.

Se quedó mirándome.

Yo también.

Demasiado tiempo.

Su mirada bajó a mi boca.

O tal vez imaginé eso.

Pero no imaginé la forma en que sus dedos apretaron el borde de la servilleta.

Sentí una corriente absurda en el estómago.

No.

Ni loca.

La mujer podía ser preciosa, pero también había intentado darme una copa vacía como si yo viniera incluida con la decoración.

Me aparté.

―¿Otro?

Emilia sonrió lentamente.

―Está increíble.

―Sabía que podías aprender.

―No te emociones.

Le dejé el taco.

Nuestros dedos se rozaron.

Un contacto mínimo.

Suficiente para que ambas retiráramos la mano demasiado rápido.

Emilia carraspeó.

Yo agarré una botella de salsa.

―¿Pica? ―preguntó.

―Mucho.

―Perfecto.

―No parece que toleres picante.

―¿Eso también lo dedujiste por mi bolso?

―Por tu cara.

―Mi cara tolera bastantes cosas.

La frase salió con una intención que no me gustó nada.

O me gustó demasiado.

Vertió salsa sin medir.

Yo abrí la boca.

―No hagas...

Demasiado tarde.

Mordió.

Cinco segundos después tenía los ojos llenos de lágrimas.

Me tapé la boca para no reír.

―Ni una palabra.

―Tu cara tolera bastantes cosas.

―Te odio.

Le acerqué agua.

―Eso fue rápido.

Bebió.

Después me fulminó con la mirada.

―No pienso darte el gusto.

―Ya me lo diste.

―Eres insufrible.

―Y tú acabas de intentar demostrar superioridad frente a una salsa.

La vi luchar contra una sonrisa.

Perdió.

Por primera vez pareció menos perfecta.

Más humana.

Y, lamentablemente, más atractiva.

Sofía golpeó una copa con una cuchara.

Todos giramos.

―Tenemos algo que contarles.

Nicolás tomó su mano.

―La boda será en diez semanas.

Aplausos.

Silbidos.

Mi madre empezó a llorar.

Yo sonreí a Sofía.

Hasta que añadió:

―Y queremos que Emilia y Renata nos ayuden con los preparativos.

Mi sonrisa murió.

Emilia dejó el vaso.

―¿Perdón?

―Tú conoces a los proveedores de tu familia ―explicó Nicolás―. Renata se encargará del catering y la logística.

―No trabajo con princesas ―dije.

Emilia cruzó los brazos.

―Yo no trabajo con mujeres que amenazan con cobrarme por respirar.

Sofía sonrió con una dulzura criminal.

―Entonces será perfecto.

―No ―dijimos las dos.

Nicolás levantó una carpeta.

―Mañana tienen la primera cita con el lugar de la boda.

Miré a Emilia.

Ella me miró.

Y ahí entendí que las próximas diez semanas iban a ser insoportables.

Emilia tomó otro taco, sin apartar los ojos de mí.

―Procura llegar puntual, Renata. No pienso esperarte.

Sonreí.

―Procura no enamorarte de mí, rica. No pienso hacerme responsable.

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