Capítulo 2 2

—Llegas siete minutos tarde, rica.

Emilia cerró la puerta de su coche con una calma insultante.

—Llegué siete minutos después que tú.

—Eso se llama tarde.

—Eso se llama que tienes una obsesión con ganar discusiones inútiles.

—Y tú una obsesión con aparecer como si hubiera fotógrafos escondidos detrás de los arbustos.

Miré su vestido color crema, sus gafas enormes y los tacones que claramente no habían sido diseñados para caminar sobre grava.

Emilia se quitó las gafas.

—¿Te molesta cómo voy vestida?

—Me preocupa que esos zapatos pidan rescate antes del mediodía.

—Tranquila. Costaron suficiente para sobrevivir.

—Eso no es cómo funciona la física.

—No sabía que también eras ingeniera.

—No sabía que tú necesitabas instrucciones para caminar.

Su boca se curvó.

Otra vez esa maldita sonrisa.

Habían pasado menos de veinticuatro horas desde la comida de compromiso y ya empezaba a reconocer cuándo Emilia estaba a punto de responder algo irritante.

Eso era una mala señal.

La finca donde Nicolás y Sofía querían casarse estaba a cuarenta minutos de Guadalajara, rodeada de árboles y jardines demasiado bonitos para admitir lo cara que debía ser.

El coordinador nos esperaba junto a la entrada.

—Señorita Vergara.

—Emilia está bien.

Después me miró.

—¿Y usted es…?

—La que va a impedir que la comida de esta boda sepa a cartón con flores comestibles.

Emilia soltó una risa.

—Renata Salas. Catering y logística.

—Perfecto —respondió el hombre, algo desconcertado.

Entramos.

El salón principal tenía ventanales enormes, lámparas colgantes y suficiente espacio para una boda de doscientas personas.

—Sofía quiere algo sencillo —dije.

Emilia recorrió el lugar.

—Mi hermano invitó a ciento ochenta.

—En mi familia eso sigue siendo sencillo.

—¿Cuántos son cuando se complican?

—No quieres saber.

El coordinador empezó a explicar paquetes, horarios y restricciones.

Yo tomaba notas.

Emilia hacía preguntas.

Buenas preguntas.

Demasiado buenas.

—Si llueve, ¿el montaje del jardín puede trasladarse aquí sin perder capacidad?

El hombre asintió.

—Sí.

—¿Y cuánto tiempo necesitarían?

—Unas dos horas.

—Demasiado. Deberían tener un montaje alterno preparado desde antes.

La miré.

—Eso estuvo sensato.

—Gracias. Lo guardaré como recuerdo porque seguramente no volverá a pasar.

—No te emociones. Sigo pensando que tus zapatos son una irresponsabilidad civil.

Caminamos hacia el jardín.

Cinco minutos después, uno de sus tacones se hundió en el césped.

Me detuve.

Emilia cerró los ojos.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara está viviendo un momento precioso.

Intentó sacar el tacón.

No pudo.

Me acerqué.

—Dame la mano.

—Puedo sola.

—Claro. También podías con la salsa.

Me fulminó.

—Renata.

—Emilia.

Me dio la mano.

Tiré suavemente.

Su zapato salió del césped, pero ella perdió el equilibrio.

Terminó contra mí.

Una mano en mi hombro.

La otra todavía agarrada a la mía.

Mi brazo rodeó su cintura por reflejo.

Demasiado cerca.

Su perfume me llegó antes que cualquier pensamiento sensato.

Algo cítrico.

Limpio.

Ridículamente caro, seguro.

Emilia levantó la mirada.

—No te rías.

—Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano.

—Te odio.

—Eso dijiste ayer.

—Sigue vigente.

No se apartó.

Yo tampoco.

Su mano bajó lentamente de mi hombro hasta mi brazo.

Fue un roce mínimo.

Suficiente.

Mi respiración cambió.

La de ella también.

Entonces el coordinador carraspeó detrás de nosotras.

—¿Continuamos?

Emilia se separó tan rápido que casi vuelve a caer.

La sostuve otra vez.

—Voy a cobrarte por cada rescate.

—Ponlo en la factura.

—Con gusto.

Seguimos caminando.

El jardín daba a una terraza con vista a una pequeña laguna.

Sofía quería la ceremonia allí.

Lo entendí.

Era bonito.

Incluso yo, que desconfiaba de cualquier lugar con demasiadas flores blancas, tuve que admitirlo.

Emilia se quedó mirando el agua.

—A Nicolás le va a gustar.

—¿No ha venido?

—Tenía trabajo.

—Sofía también.

—Por eso nos mandaron a nosotras.

—Crueldad premeditada.

Emilia sonrió.

Después se quedó callada.

La observé de perfil.

Sin las gafas parecía menos inaccesible.

Más cansada.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Tú me miraste la boca ayer.

Giró hacia mí.

—¿Perdón?

—En la mesa.

—No.

—Sí.

—Estaba viendo si tenías salsa.

—La tenía en el plato.

—Entonces quizá miraba tu plato.

—Mi plato no estaba en mi cara.

Una mancha rosada subió por su cuello.

Interesante.

—Te estás poniendo roja.

—Hace calor.

—Hay sombra.

—Eres insoportable.

—Eso ya está establecido.

Emilia cruzó los brazos.

—¿Siempre coqueteas así?

La pregunta me tomó desprevenida.

—¿Así cómo?

—Insultando.

—No estoy coqueteando.

—Qué alivio.

No sonó aliviada.

Eso fue todavía más interesante.

—¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo qué?

—¿Siempre te pones nerviosa cuando una mujer te mira demasiado?

La expresión de Emilia cambió.

Solo un segundo.

—No me pongo nerviosa.

—Entonces mírame.

Lo hizo.

Directamente.

Sin sonreír.

El aire entre nosotras se volvió pesado.

No tenía nada que ver con la boda.

Ni con Sofía.

Ni con el maldito jardín.

Emilia dio un paso hacia mí.

—¿Así?

—Más o menos.

—Pareces menos valiente de cerca.

—Y tú más bonita cuando te callas.

Sus labios se separaron.

Mi estómago dio un giro estúpido.

Estábamos demasiado cerca otra vez.

Esto ya empezaba a parecer un patrón.

—Renata.

—¿Sí?

—Si vuelves a mirar mi boca, voy a asumir que te interesa.

—Y si te interesa que me interese, tenemos un problema más grande.

Una voz masculina llegó desde la entrada del jardín.

—Emilia.

Ella se tensó.

Un hombre alto, camisa azul, sonrisa demasiado segura, venía hacia nosotras.

Emilia retrocedió.

Su cara se cerró por completo.

—¿Quién es? —pregunté.

—Nadie.

El hombre llegó y la besó en la mejilla sin pedir permiso.

—No sabía que estarías aquí.

Emilia no respondió al beso.

—Ahora lo sabes.

Él me miró.

—¿Y tú eres?

—Renata.

—Tomás Cárdenas.

Esperó que el apellido significara algo.

No significó nada.

—Felicidades.

Emilia soltó una risa ahogada.

Tomás la miró.

—Podríamos hablar.

—No.

—Solo cinco minutos.

—Dije que no.

Algo en su voz me quitó las ganas de bromear.

Tomás tomó su muñeca.

—Emilia.

Me acerqué.

—La soltaste.

Él me miró como si acabara de descubrir una silla opinando.

—Esto no es contigo.

—Ahora sí.

Emilia tiró de su brazo.

Tomás la soltó.

—No sabía que necesitabas guardaespaldas.

—No necesita —dije—. Pero yo tenía ganas de interrumpir.

Tomás sonrió sin humor.

—Nos veremos en la boda.

Emilia perdió color.

—¿Quién te invitó?

—Nicolás.

Se marchó.

Emilia se quedó inmóvil.

—¿Ex? —pregunté.

—Algo peor.

—¿Qué es peor que un ex?

Me miró.

Por primera vez no había ironía.

—El hombre con el que mi madre todavía cree que debería casarme.

La respuesta me apagó cualquier broma.

Miré hacia donde Tomás había desaparecido.

—¿Tu madre invita candidatos matrimoniales a bodas ajenas?

—Mi madre considera que la persistencia es una virtud cuando coincide con sus planes.

—Eso suena agotador.

Emilia se encogió de hombros, pero el gesto no tenía nada de despreocupado.

—Estoy acostumbrada.

No me gustó cómo dijo eso.

—¿Te hizo algo?

Sus ojos volvieron a los míos.

—No exactamente.

—Esa respuesta suele significar sí.

—Significa que no quiero hablarlo aquí.

Asentí.

Podía respetar eso.

El coordinador nos llamó desde la terraza.

—Gracias por intervenir.

—No te emociones. Solo me molestó su cara.

—¿Qué tenía?

—Parecía convencido de que podía tocarte porque sí.

Emilia me sostuvo la mirada.

—¿Y a ti por qué te molesta tanto quién me toca?

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