Capítulo 3 3
—¿Y a ti por qué te molesta tanto quién me toca?
La pregunta me cayó encima con la precisión de un vaso mal colocado.
Emilia seguía frente a mí, brazos cruzados, ojos clavados en los míos.
Yo tenía respuestas.
Ninguna me convenía.
—Porque ese hombre tiene cara de pedir el vino más caro y luego tratar mal al mesero.
—Renata.
—También porque te agarró después de que dijiste que no.
Su expresión cambió.
Menos desafío.
Más atención.
—Eso no explica por qué parecías a punto de morderlo.
—Tengo una presencia intensa.
—Tienes celos.
Me reí.
Demasiado fuerte.
—Claro. Llevo dos días conociéndote y ya estoy escribiendo nuestros votos.
—No dije que quisieras casarte conmigo.
—Menos mal. Yo no uso beige.
Emilia bajó la mirada hacia su vestido.
—Esto es crema.
—Eso dicen todas las ricas.
Su sonrisa apareció, pero no duró.
El coordinador volvió a llamarnos desde la terraza.
—Tenemos que terminar esto —dijo.
—Podemos irnos si quieres.
—No.
—Emilia.
—No voy a permitir que Tomás arruine otra cosa.
Otra.
La palabra quedó ahí.
No pregunté.
Por una vez mi lengua entendió que no era momento de jugar.
Caminamos hasta la terraza.
El coordinador nos mostró opciones de montaje, horarios, accesos para proveedores y una lista de restricciones que hizo que mi ojo izquierdo empezara a temblar.
—No permiten cocina abierta después de las diez —dije.
—Por el ruido —explicó.
—Una boda mexicana termina antes si se corta la música, no si se acaba la comida.
Emilia soltó una risa.
—Tiene razón.
—Gracias por apoyar a la clase trabajadora.
—No exageres.
—Necesito ese momento por escrito.
El coordinador prometió negociar una excepción.
Seguimos recorriendo el lugar.
Emilia caminaba a mi lado con los zapatos en la mano.
Descalza.
Eso sí no lo esperaba.
—Mira nada más —dije—. La princesa descubrió los pies.
—La princesa descubrió que el césped cuesta menos que un tobillo roto.
—Estoy emocionada por tu crecimiento personal.
—Te estás ganando que te empuje a la laguna.
—Si me empujas, vienes conmigo.
—Eso ha sonado a amenaza.
—Depende de cómo caigas encima.
Emilia giró.
Yo también.
Maldita boca mía.
La mirada que me lanzó bajó por mi cara, llegó a mis labios y volvió a subir.
—¿Siempre hablas así?
—Solo cuando alguien me da material.
—Yo no te he dado nada.
—Tus ojos opinan distinto.
Se detuvo.
—¿Qué hacen mis ojos?
Me acerqué un poco.
No porque fuera buena idea.
Precisamente porque no lo era.
—Se distraen.
—¿Con qué?
—Con mi boca.
Emilia sostuvo mi mirada.
—Tal vez estoy verificando si dices tantas tonterías porque tienes algún defecto visible.
—¿Encontraste alguno?
—Varios.
—Pero sigues mirando.
Su respiración cambió.
La mía también.
Por un segundo, el jardín desapareció.
No literalmente.
Seguían los árboles, la laguna y un señor colocando sillas veinte metros más allá.
Pero yo solo veía a Emilia.
Sin tacones.
Con una ligera mancha de tierra en el tobillo.
Menos perfecta.
Mucho más peligrosa.
—Renata.
—¿Sí?
—Estás demasiado cerca.
—Puedes retroceder.
No lo hizo.
Yo tampoco.
Entonces sonó su teléfono.
Emilia cerró los ojos.
—Voy a asesinar a alguien.
—Si es Tomás, necesito coartada.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—Mi madre.
—Peor.
Respondió.
—Hola.
La voz de una mujer se escuchó desde donde estaba.
No distinguí todas las palabras, solo el tono.
Frío.
Perfectamente educado.
Emilia se puso recta.
Era impresionante.
En menos de tres segundos dejó de ser la mujer descalza que casi me estaba coqueteando y volvió a convertirse en Emilia Vergara.
—Sí, mamá. Lo vi.
Pausa.
—No, no hablamos.
Otra pausa.
—No importa lo que Tomás te haya dicho.
Su mano libre se cerró.
—No voy a cenar con él.
La respuesta del otro lado fue larga.
Emilia miró hacia la laguna.
—No estoy haciendo una escena.
No me gustó eso.
Ni siquiera sabía qué había dicho su madre, pero reconocí la postura de alguien intentando hacerse pequeña sin que nadie lo notara.
—Tengo que colgar.
Pausa.
—No. No voy a reconsiderarlo.
Otra.
—Adiós, mamá.
Terminó la llamada.
Guardó el teléfono.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Perfecto.
—Eso fue tan convincente como mi declaración de impuestos.
—No quiero hablar del tema.
—Está bien.
Me miró, sorprendida.
—¿No vas a insistir?
—Puedo ser adulta unas seis veces al año.
—Qué honor.
—No lo desperdicies.
Volvimos hacia la entrada.
Emilia seguía callada.
Yo también.
Duré un minuto y medio.
Récord personal.
—¿Tomás te trató mal?
Se detuvo.
—Dijiste que no insistirías.
—Pregunté una vez. Técnicamente no he insistido.
—Eres imposible.
—Eso tampoco responde.
Emilia se puso las gafas.
—Salimos durante casi tres años.
—Mucho.
—Sí.
—¿Y?
—Y mi madre lo adoraba.
—Sigue adorándolo, por lo visto.
—Porque para ella él encaja.
—¿Encaja dónde?
Emilia soltó una risa amarga.
—En la fotografía.
No necesité explicación.
Apellido correcto.
Familia correcta.
Dinero correcto.
La pareja que se ve bien en una mesa de beneficencia.
—¿Y contigo?
—¿Qué?
—¿Encajaba contigo?
Emilia tardó.
—No.
—Entonces fin de la historia.
—No funciona así.
—Claro que sí.
—En tu mundo quizá.
La frase me golpeó.
No porque fuera cruel.
Porque sonó cansada.
—Mi mundo tampoco es sencillo.
—No dije eso.
—Sonó así.
—Lo siento.
La disculpa salió rápida.
Sin orgullo.
Eso me desarmó.
—Aceptada.
Emilia me miró.
—¿Así de fácil?
—No cobro por todo.
—Podrías haberme engañado.
Sonreí.
Me apoyé contra el coche y la observé un momento. Emilia podía parecer insoportable, pero empezaba a notar las costuras de esa seguridad. Cada vez que aparecía su madre, ella cambiaba. Y no me gustaba descubrir que quería saber quién era cuando nadie le exigía nada.
Llegamos al estacionamiento.
Su coche estaba junto al mío.
Emilia abrió la puerta, pero no entró.
—Gracias por lo de Tomás.
—Ya dijiste gracias.
—Lo repito.
—Eso empieza a parecer afecto.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Se rio.
Luego bajó la mirada hacia mis labios.
Otra vez.
Esta vez la descubrí sin esfuerzo.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La distracción.
Emilia se acercó.
Un paso.
Yo no respiré.
—Tal vez solo quiero comprobar algo.
—¿Qué cosa?
Su mano subió hasta mi camiseta.
Enganchó un dedo en el cuello y tiró apenas de mí.
Mi cuerpo entendió antes que mi cabeza.
—Emilia.
—¿Ahora quién parece menos valiente de cerca?
—Si vas a besarme, deja de hablar.
Sus ojos se oscurecieron.
Su boca quedó a centímetros de la mía.
Entonces sonrió.
Y me soltó.
—No pienso darte el gusto.
Abrí la boca.
Indignada.
Caliente.
Furiosa conmigo misma.
Emilia entró al coche.
Bajó la ventana.
—Mañana tenemos prueba de menú a las seis.
—Te odio.
—Eso también dijiste ayer.
Arrancó.
Yo levanté el dedo medio.
Ella rio desde el coche.
Di dos pasos hacia el mío cuando mi teléfono vibró.
Sofía.
Abrí el mensaje.
“Cambio de planes. Mañana no será prueba de menú. Mamá de Nico quiere cena formal con ambas familias. Y Emilia debe ir con acompañante.”
Levanté la vista.
El coche de Emilia todavía estaba detenido en la salida.
Otro mensaje llegó.
“Por favor, no te enojes. Emilia acaba de decir que su acompañante eres tú.”
Me quedé inmóvil.
A lo lejos, Emilia miró el teléfono.
Luego a mí.
Sonrió.
Y llamó.
Respondí.
—Estás muerta.
Su voz llegó divertida.
—Entonces ponte bonita, Renata. Mañana vas a cenar con mi madre como mi cita.
