Capítulo 5 5
—Si mañana voy a ser tu novia, necesito reglas.
Emilia seguía con una mano en mi cintura.
—Sabía que te gustaban los contratos.
—Me gustan los límites.
—Eso suena mucho menos divertido.
—Regla uno: no improvisas.
—Ya fallé.
—Todavía no empezamos.
—Entonces técnicamente estoy limpia.
La miré.
Estábamos solas en la taquería. Mateo había desaparecido al almacén y Lucía llevaba cinco minutos fuera, aunque su presencia seguía flotando como perfume caro después de una visita incómoda.
—Regla dos —continué—: nada de escenas.
—¿Escenas?
—Celos. Besos. Manos donde no corresponden.
Emilia bajó la vista a la mano que todavía tenía en mi cintura.
No la quitó.
—¿Aquí corresponde?
—Ahora mismo estás negociando de mala fe.
—Estoy preguntando.
—Quítala.
La apretó apenas.
—¿Segura?
Mi estómago decidió traicionarme.
—Emilia.
—Eso no sonó seguro.
Le aparté la mano.
—Regla tres: nada de besarme.
Su expresión cambió.
—Curioso.
—¿Qué?
—Que esa sea la única regla que dijiste mirando mi boca.
—Mañana te doy una guía impresa.
—Con dibujos, por favor.
—Eres insoportable.
—Y tú aceptaste ser mi novia.
—Falsa.
—Detalles.
La puerta de la cocina se abrió.
Mateo apareció con una caja de refrescos.
—¿Ya oficializaron?
—No —dije.
—Sí —respondió Emilia.
Mateo dejó la caja.
—Mamá va a llorar.
—Mamá no va a enterarse.
—Mamá sabe cosas antes que nosotros.
—Eso es porque ustedes hablan demasiado.
Él miró a Emilia.
—¿Vas a venir mañana por ella?
—Sí.
—No hace falta —dije.
—Sí hace.
—Tengo coche.
—Y yo tengo una madre capaz de preguntarte cuánto ganas antes del aperitivo. Necesito preparar el terreno.
Mateo soltó una risa.
—Me gusta.
—Tú cállate.
Emilia tomó la caja del vestido.
—Paso por ti a las siete.
—Siete y media.
—Siete.
—Siete quince.
—Trato.
Me ofreció la mano.
La estreché.
Sus dedos se quedaron un segundo más de lo necesario alrededor de los míos.
—Nada de improvisar —recordé.
—Claro, novia.
—Falsa.
—Sigue diciéndolo.
Se fue sonriendo.
Yo odié que mi cuerpo siguiera notando su mano después.
A la mañana siguiente trabajé nueve horas seguidas y fingí que la cena no me importaba.
Funcionó hasta las seis cuarenta, cuando mi madre entró en mi habitación con el vestido negro de Emilia colgado del brazo.
—¿Qué hace esto aquí?
—Mateo me contó.
—Voy a matarlo.
—Después. Primero póntelo.
—Dije que iría con mi ropa.
—Y vas con tu cuerpo, que es lo importante.
—Mamá.
—No voy a discutir. Esa mujer tiene buen gusto.
—Es rica.
—También tiene ojos.
La miré.
—¿De qué lado estás?
—Del lado del vestido.
Veinte minutos después estaba frente al espejo odiando a toda mi familia.
El vestido me quedaba perfecto.
No demasiado elegante. No demasiado ajustado.
Solo lo suficiente para hacerme sentir peligrosa.
Mi madre apareció detrás.
—Te ves preciosa.
—No llores.
—No estoy llorando.
—Tu cara dice otra cosa.
—Mi cara está orgullosa.
Eso me ablandó.
—Es una cita falsa.
—Yo no pregunté.
—Mamá.
—Renata, tengo cincuenta y ocho años. Sé reconocer cuando mi hija mira a alguien como si quisiera discutir y besar al mismo tiempo.
—Qué específica.
—Experiencia.
El timbre sonó.
Mi madre sonrió.
—Ve antes de que le cuente algo vergonzoso.
—Eso ya es amenaza.
Bajé.
Emilia esperaba junto a su coche.
Vestido verde oscuro. Cabello suelto. Aretes pequeños.
Me quedé quieta.
Ella también.
—No digas nada —advertí.
—No iba a decir nada.
—Tu cara sí.
—Ahora entiendo por qué te molesta tanto esa frase.
Se acercó.
Sus ojos recorrieron el vestido.
—Te queda mejor de lo que pensé.
—Qué humilde.
—Era un cumplido.
—Aceptado.
Abrió la puerta del coche.
—Princesa.
—No abuses.
—Hoy puedo.
Durante el camino repasamos las reglas.
—Nada de besos —dije.
—Ya escuché.
—Nada de contar cosas personales.
—¿Puedo decir que roncas?
—No ronco.
—No lo sabemos.
—Y nunca lo sabrás.
Emilia sonrió.
—Eso ha sonado a reto.
—Todo te suena a reto.
—Porque eres muy competitiva.
—Tú quisiste inventar esta relación.
—Porque Lucía estaba mirándote como si pudiera recuperarte con una sonrisa.
Me giré.
—Eso son celos.
—Eso es observación.
—Con vestido verde.
—Sigue soñando.
Llegamos a la casa de los Vergara.
No era casa.
Era una declaración fiscal con ventanas.
—Qué discreto —murmuré.
—No empieces.
—¿Tienen helipuerto?
—No.
—¿Caballos?
—Dos.
La miré.
—Era broma.
—Lo sé.
Un hombre abrió la puerta principal.
Emilia me tomó la mano.
—Desde aquí empezamos.
—¿Ya?
—Mi madre está viendo por la ventana.
—Eso es inquietante.
—Bienvenida a mi infancia.
Entramos.
Teresa Vergara estaba en el salón.
Elegante.
Perfecta.
Y junto a ella estaban Tomás y Lucía.
Me detuve.
—Me tendiste una emboscada.
Emilia apretó mi mano.
—No sabía que Lucía venía.
—¿Y Tomás?
—Sí.
—Eso cuenta como media emboscada.
Teresa se acercó.
—Emilia.
La besó en ambas mejillas.
Después me miró.
—Tú debes ser Renata.
—Sí.
—He oído mucho de ti.
—Espero que poco.
Su sonrisa fue educada.
—Emilia dijo que eres su acompañante.
Antes de responder, Tomás apareció.
—Pensé que era una broma.
Emilia se tensó.
Yo no.
—Qué pena decepcionarte.
Lucía nos observaba desde el sofá.
—Renata nunca fue buena fingiendo.
Emilia volvió hacia ella.
—Entonces tendremos que hacerlo fácil.
Su brazo rodeó mi cintura.
Sentí el calor de su palma en mi espalda.
—¿Fácil cómo? —preguntó Tomás.
Teresa nos condujo hacia el comedor.
—Espero que no te incomode una cena formal.
—Trabajo sirviendo comida. Mientras haya cubiertos, sobrevivo.
Emilia escondió una risa.
—Emilia me contó que tienes un negocio familiar —dijo Teresa.
—Con mi hermano.
—Debe ser complicado.
—A veces. Pero nadie me despide cuando discuto con el jefe.
—Porque eres el jefe —dijo Emilia.
Tomás tomó asiento frente a nosotras.
Lucía quedó a mi derecha.
—¿Sigues trabajando hasta medianoche? —preguntó Lucía.
—Cuando hace falta.
—Eso siempre hacía falta contigo.
Reconocí el golpe.
Emilia también.
Su rodilla rozó la mía debajo de la mesa.
No se movió.
—Renata trabaja mucho porque construyó algo suyo —dijo Emilia—. A mí me parece admirable.
Lucía levantó la copa.
—No dije que no lo fuera.
—Sonó parecido.
Toqué la pierna de Emilia con la mía.
—Regla dos —susurré.
—Ella empezó.
Teresa intervino.
—Tomás me contó que coincidieron ayer.
—Sí —respondió Emilia.
—Quizá esta noche puedan hablar.
—No tenemos nada que hablar.
Tomás sonrió.
—Eso lo decides rápido.
—Lo decidí hace meses.
—Las personas cambian.
—Algunas deberían aceptar un no.
El silencio fue inmediato.
Tomás me miró.
—Supongo que tú tendrás una opinión.
—Varias. Pero Emilia acaba de expresarse perfectamente sola.
Debajo de la mesa, su mano encontró la mía.
Esta vez no fingí que era accidente por completo.
Emilia me miró.
Su expresión cambió apenas.
Advertencia.
Pregunta.
Tentación.
Yo recordé la regla tres.
Nada de besos.
Entonces Lucía soltó:
—Porque si fueran pareja de verdad, Renata ya la habría besado.
Mal momento para conocerme.
Tomé a Emilia por el cuello.
Su respiración se cortó.
—Regla tres acaba de morir —murmuré.
Y la besé.
No fue un roce.
Fue peor.
Su boca se abrió bajo la mía y su mano apretó mi cintura. Olvidé la sala. Olvidé a Tomás. Olvidé a Lucía.
Cuando me aparté, Emilia seguía demasiado cerca.
Sus ojos estaban oscuros.
—Eso no estaba en el acuerdo.
Tragué saliva.
—Adaptación de emergencia.
Ella sonrió lentamente.
—Perfecto. Entonces después vamos a hablar de por qué me besaste como si nadie estuviera mirando.
