Capítulo 1 1

—¿Quieres saber por qué todos te están mirando o prefieres seguir fingiendo que no pasa nada?

Vera dejó su teléfono sobre la mesa.

Yo seguí sosteniendo mi café.

No porque estuviera tranquila.

Porque si soltaba el vaso, quizá terminaba estampándolo contra alguien.

En la pantalla había una fotografía mía saliendo de la residencia de Álex Santoro a las siete de la mañana, con su camisa negra encima de mi vestido arruinado y el cabello recogido de cualquier manera.

La imagen tenía un texto arriba.

“Parece que alguien consiguió invitación VIP.”

Debajo, ciento treinta y cuatro reacciones.

Y seguían aumentando.

—¿Quién la publicó?

Vera apretó los labios.

—No importa quién la subió al grupo general.

—No pregunté eso.

—Irene...

—¿Quién tomó la foto?

Ella bajó la mirada.

Eso fue suficiente.

—Álex.

—La compartió primero en el chat del equipo.

Sentí algo frío en el estómago.

Anoche yo había ido a una fiesta con él.

Habíamos coqueteado durante semanas.

Habíamos bebido.

Mi vestido terminó cubierto de vino cuando una chica chocó conmigo y Álex me prestó una camisa para que pudiera regresar al edificio sin enseñar media espalda.

Dormí en el sofá de su sala porque perdí las llaves del apartamento y Vera tenía el teléfono apagado.

Eso era todo.

Ni beso.

Ni cama.

Ni una historia secreta.

Solo una fotografía cuidadosamente recortada para que pareciera otra cosa.

—¿Qué dijo él?

—Nada.

—¿Nada?

—En el grupo alguien preguntó si habías pasado la noche con él y puso un emoji riéndose.

Me levanté.

Vera agarró mi muñeca.

—No.

—Suéltame.

—Estás furiosa.

—Excelente observación.

—Y cuando estás furiosa haces cosas que luego conviertes en anécdotas que me obligas a encubrir.

—Eso se llama amistad.

—Eso se llama responsabilidad penal compartida.

Casi me reí.

Casi.

Después miré otra vez la foto.

Mi cara ni siquiera se veía bien.

Solo mis piernas, la camisa de Álex y la puerta detrás.

Era suficiente para que todo el campus inventara el resto.

—Voy a hablar con él.

—Hablar.

—Sí.

—No golpear.

—Depende de su vocabulario.

Salí de la cafetería antes de que pudiera detenerme.

La Universidad Altavista era enorme, bonita y cara de una forma que conseguía recordarte constantemente cuánto pagaban los demás por estar allí.

Yo estaba becada.

Eso nunca me había avergonzado.

Hasta que dos chicos junto a las escaleras me miraron, cuchichearon y uno sonrió.

Seguí caminando.

Una chica pasó junto a mí.

—Bonita camisa.

Las risas llegaron después.

Me detuve.

Me giré.

—Gracias. Si quieres, puedo prestártela cuando termines de usar mi vida como entretenimiento.

La sonrisa se le borró.

Eso ayudó.

Un poco.

Encontré a Álex cerca de la piscina universitaria.

Por supuesto.

Estaba rodeado de tres compañeros del equipo, con el cabello húmedo y una camiseta blanca pegada al pecho.

En otro momento quizá habría apreciado la vista.

Hoy quería enterrarlo bajo las gradas.

—Álex.

Él giró.

Su sonrisa tardó medio segundo en aparecer.

—Hola.

—Borra la foto.

Los amigos se quedaron callados.

Álex miró alrededor.

—¿Cuál foto?

Lo odié inmediatamente.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

Saqué mi teléfono y le mostré la pantalla.

Uno de sus amigos desvió la mirada.

Otro se mordió la boca para no reírse.

—Esa.

Álex se pasó una mano por el cabello.

—Yo no la publiqué ahí.

—La compartiste primero.

—En un grupo privado.

—Qué tranquilizador.

—Era una broma.

La palabra me golpeó más de lo que debería.

—Una broma.

—Sí.

—Entonces explícame la parte graciosa.

Silencio.

Álex suspiró.

—Estás exagerando.

—Hay gente diciendo que me acosté contigo para entrar a tus fiestas.

—La gente habla.

—Y tú les diste material.

—No puse eso.

—Pero tampoco lo desmentiste.

Se encogió de hombros.

Ese gesto.

Ese maldito gesto.

Como si mi humillación fuera algo que podía sacudirse de encima.

—No puedo controlar lo que piense todo el mundo.

—Puedes decir la verdad.

—¿Y hacer un comunicado oficial porque dormiste en mi residencia?

Uno de sus amigos soltó una risa.

Lo miré.

Se calló.

Álex bajó la voz.

—Irene, relájate.

—No me digas que me relaje.

—Solo intento decir que en dos días nadie se va a acordar.

—Tú sí te vas a acordar.

Su expresión cambió.

—¿Eso es una amenaza?

—No.

Sonreí.

—Es una promesa.

Me giré.

Y choqué contra un pecho.

Literalmente.

Dos manos me sujetaron por los brazos antes de que cayera.

—Siempre tan elegante —dijo una voz masculina.

Adrián Varela.

Perfecto.

La única persona que podía empeorar mi mañana sin siquiera intentarlo.

Adrián era el último hombre al que debía pedirle ayuda. Alto, demasiado tranquilo, siempre vestido como si acabara de salir de una presentación importante y con esa costumbre irritante de observarme hasta que yo empezaba a sentir que había olvidado cómo funcionaban mis manos. Nunca habíamos sido amigos. Tampoco enemigos exactamente. Éramos algo peor: dos personas que disfrutaban discutir demasiado. Y, aunque no pensaba admitirlo ni bajo amenaza, cuando me sujetó unos segundos antes había sentido una corriente absurda recorrerme los brazos. Definitivamente, mi día necesitaba menos problemas, no uno nuevo con ojos oscuros.

Levanté la cabeza.

—Suéltame.

—Primero deja de intentar atravesarme.

—No era personal.

—Qué decepción.

Sus manos seguían en mis brazos.

Calientes.

Firmes.

Demasiado cerca de mi piel para un hombre que normalmente me irritaba desde tres metros de distancia.

—Varela —dijo Álex detrás de mí.

Adrián miró por encima de mi hombro.

La tensión cambió de inmediato.

No sabía toda la historia entre ellos.

Solo que habían sido mejores amigos y ahora se trataban como si cada encuentro pudiera terminar con una silla volando.

Adrián me soltó despacio.

—Santoro.

—Esto no es asunto tuyo.

—No había preguntado.

—Entonces sigue caminando.

Adrián miró mi teléfono.

La foto seguía abierta.

Su expresión dejó de ser divertida.

—¿La compartiste tú?

Álex rodó los ojos.

—No empieces.

—Te hice una pregunta.

—Fue una broma.

Adrián soltó una risa sin humor.

—Claro.

Álex dio un paso hacia él.

—No necesitas jugar al héroe.

—No estoy jugando a nada.

—Siempre haces eso.

—¿Hacer qué?

—Esperar que yo me equivoque para aparecer como el tipo correcto.

Adrián sonrió.

—No necesito esperar mucho.

—Basta —dije.

Ambos me miraron.

—No necesito que nadie me defienda.

Adrián levantó las manos.

—Entendido.

Álex cruzó los brazos.

—Entonces ya terminamos.

Lo miré.

Pensé en todas las semanas en que me había sonreído desde la otra punta de la biblioteca.

En los mensajes.

En las invitaciones.

En cómo me hizo sentir que yo era distinta de las demás.

Qué estúpida.

—Sí —respondí—. Terminamos.

Me fui.

Adrián me alcanzó antes de doblar el pasillo.

—Irene.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir.

—Probablemente algo insoportablemente sensato.

—Que te advertí sobre él.

Me detuve.

—Eso es peor.

—También es verdad.

—¿Me seguiste para presumir?

—No.

—¿Entonces?

Adrián metió las manos en los bolsillos.

—Para preguntarte qué piensas hacer.

—Nada.

—Mientes fatal.

—Y tú tienes demasiado tiempo libre.

Su mirada bajó un instante a mi boca.

Pequeño.

Rápido.

Suficiente para que lo notara.

—No hagas ninguna estupidez —dijo.

—Qué curioso.

—¿Qué?

Me acerqué un paso.

—Acabo de decidir exactamente cuál voy a hacer.

Adrián frunció el ceño.

—Eso no suena bien.

Sonreí por primera vez en toda la mañana.

—Perfecto, porque voy a necesitarte para arruinarle la vida a tu peor enemigo.

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