Capítulo 2 2
—No voy a ayudarte a arruinarle la vida a Álex.
Adrián lo dijo con tanta calma que me dieron ganas de empujarlo contra una máquina expendedora.
—Ni siquiera sabes qué quiero hacer.
—Acabas de usar la frase “arruinarle la vida”. No hace falta una maestría en interpretación.
—Qué útil eres.
—Intento.
Caminó hacia la salida del edificio.
Lo seguí.
—Podrías fingir un poco de entusiasmo.
—Podrías fingir sentido común.
—Eso me queda peor.
Adrián soltó una risa.
Odié que me gustara.
—¿Qué planeas?
—Necesito que vengas conmigo a la fiesta del aniversario.
—Eso no suena como destrucción.
—Todavía no termino.
—Eso sí suena preocupante.
Me puse delante de él.
Adrián frenó a centímetros de mí.
De cerca era todavía más irritante.
Camisa azul oscuro.
Mangas remangadas.
Reloj caro.
Ojos que parecían encontrar gracioso cualquier intento mío de intimidarlo.
—Quiero entrar contigo.
—Puedes entrar sola.
—Quiero que Álex nos vea juntos.
Su expresión cambió apenas.
—Ah.
—No digas “ah”.
—¿Qué prefieres? ¿“Excelente plan adolescente”?
—Tengo veintidós.
—Eso no mejora la idea.
Crucé los brazos.
—Le molesta que tú estés cerca.
—Le molesta respirar el mismo aire que yo.
—Perfecto.
—No.
—¿Por qué?
—Porque usar a otra persona para provocar celos es una pésima forma de demostrar que alguien ya no te importa.
Eso dolió porque tenía razón.
Lo odié por eso también.
—No necesito terapia.
—Menos mal. Cobro caro.
—Solo acompáñame.
—No.
—Te invito la cena.
—Sigo sin estar en venta.
—Todos tienen precio.
Adrián arqueó una ceja.
—Esa frase sonaría mejor si no tuvieras doce pesos en la cuenta después de pagar la residencia.
Abrí la boca.
—¿Cómo sabes cuánto tengo?
—No lo sé. Fue un número.
—Demasiado preciso.
—Entonces estoy preocupado por tus finanzas.
—Varela.
Sonrió.
Quise borrarle esa sonrisa.
Preferiblemente con mi boca.
No.
Qué horror.
Mi cerebro claramente había sufrido daños por humillación pública.
—Dime qué quieres —insistí.
—Nada.
—Todo el mundo quiere algo.
—Tú quieres venganza.
—Exactamente. Estamos avanzando.
Él me observó durante unos segundos.
—¿De verdad crees que vernos juntos va a afectarlo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque te odia.
—Eso no significa que le importe con quién sales.
—No dije salir.
—¿Entonces qué exactamente quieres que parezca?
Silencio.
Ahí estaba el problema.
Caminar juntos no bastaba.
Álex podía asumir que Adrián simplemente estaba ayudándome después de la foto.
Necesitaba algo convincente.
Algo que llegara al grupo entero antes de que terminara la noche.
Adrián me estudió.
—Tu cara acaba de tener una idea peor.
—Tal vez.
—No quiero escucharla.
—Podríamos besarnos.
Se quedó inmóvil.
Yo también.
Había dicho aquello demasiado rápido.
Pero retirarlo ahora sería cobarde.
Adrián bajó la mirada a mi boca.
Solo un instante.
Mi estómago reaccionó como si acabara de perder un escalón.
—No.
—¿Otra vez no?
—Especialmente no.
—¿Tanto te disgusto?
—No es el problema.
—Entonces no entiendo.
—Lo sé.
Caminó alrededor de mí.
Lo alcancé otra vez.
—¿Tienes novia?
—No.
—¿Novio?
—Tampoco.
—¿Voto religioso?
—Estoy empezando a considerarlo.
Me reí a pesar de mí misma.
Él sonrió también.
Durante un segundo olvidé la fotografía.
El grupo.
Álex.
Después mi teléfono vibró.
Abrí la pantalla.
Un nuevo mensaje anónimo.
Otra captura de la foto.
“Hay becas que se pagan de formas creativas.”
La garganta se me cerró.
Adrián dejó de sonreír.
—Dámelo.
—No.
—Irene.
—Puedo leer sola.
—No dije que no.
Guardé el teléfono.
—Por esto necesito hacerlo.
—No. Por esto necesitas denunciarlo.
—Ya mandé el reporte.
—Entonces espera.
—¿A qué? ¿A que el comité universitario tarde tres semanas en enviar un correo diciendo que lamenta profundamente la situación?
—A no hacer algo que luego lamentes.
—Ya tengo suficiente de eso.
La frase salió más débil de lo que quería.
Adrián me miró.
No con lástima.
Eso ayudó.
—Anoche no pasó nada —dije.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque Álex presume de todo. Si hubiera pasado algo, habría contado una versión mucho peor.
—Qué encantador.
—Nunca dije que lo fuera.
—Fuiste su mejor amigo.
—Énfasis en “fui”.
—¿Qué pasó entre ustedes?
Su expresión se cerró.
—No importa.
—Parece importar bastante.
—No para esto.
—Entonces ayúdame.
Adrián se pasó una mano por la nuca.
—Si acepto, no vas a hacer publicaciones, indirectas ni escenas.
—Eso suena a sí.
—Suena a condiciones hipotéticas.
—Mi tipo favorito de condiciones.
—No lo dudo.
Caminamos hasta un banco bajo los árboles.
Me senté.
Él permaneció de pie.
—¿Por qué ibas a aceptar? —pregunté.
—No dije que aceptara.
—Estás negociando.
—Error táctico.
—Enorme.
Adrián suspiró y se sentó a mi lado.
Nuestros hombros se rozaron.
Mi cuerpo lo notó demasiado.
—Tengo una cena familiar el domingo.
—Qué emocionante.
—Mi madre invitó a Victoria.
—Tu ex.
—Sabes quién es.
—La universidad entera sabe quién es. Ustedes parecían anuncio de perfume caro.
—Qué descripción tan romántica.
—¿Todavía quiere que vuelvan?
—Mi madre sí.
—¿Y tú?
—No.
La respuesta fue inmediata.
Algo en mí se relajó sin permiso.
Ridículo.
Había visto fotografías de Victoria León. Era de esas mujeres capaces de entrar a un salón y hacer que el resto pareciera haber elegido ropa con los ojos cerrados. Inteligente, impecable y heredera de una cadena de clínicas privadas. El tipo de novia que una madre como Helena Varela probablemente colocaría junto a la vajilla buena.
No tenía ningún motivo para sentirme incómoda pensando en ella.
Adrián y yo apenas tolerábamos cinco minutos sin discutir.
Sin embargo, imaginarlo sentado junto a Victoria me produjo una molestia pequeña y bastante localizada debajo de las costillas.
La ignoré.
Yo estaba allí por Álex.
Por mi foto.
Por recuperar algo de orgullo.
No porque Adrián tuviera una ex perfecta.
—¿Por qué terminaron? —pregunté.
—Eso no entra en el acuerdo.
—Todavía no tenemos acuerdo.
—Entonces tampoco tienes derecho a interrogatorio.
—Qué misterioso.
—Qué entrometida.
—Entonces llévame.
Adrián giró hacia mí.
—¿Qué?
—Yo voy a tu cena. Tú vienes conmigo a la fiesta.
—Eso sería aumentar el desastre.
—Eso sería intercambio de servicios.
—¿Y qué le diría a mi familia?
—Que salimos.
Él me miró durante tanto tiempo que empecé a arrepentirme.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez esa cara.
—Estoy calculando cuánto tardarías en incendiar mi casa.
—Depende de tu madre.
—Quince minutos.
—Qué poca fe.
—Te conozco.
—No tanto.
Su mirada bajó de nuevo a mi boca.
Esta vez no fue accidental.
Me quedé quieta.
—Entonces hagamos que parezca real —murmuré.
Adrián se inclinó apenas.
No lo suficiente para tocarme.
Sí para que el aire entre nosotros cambiara.
—Ese es el problema.
—¿Cuál?
—Que tú quieres usarme para darle celos a Álex.
—Y tú quieres usarme para alejar a Victoria.
—No es lo mismo.
—Se parece bastante.
—No.
Su voz bajó.
Mi respiración también.
—¿Por qué no?
Adrián sostuvo mi mirada.
—Porque tú estás fingiendo que podrías quererme.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Y tú?
Sonrió, pero no había humor.
—Yo tendría que fingir exactamente lo contrario.
Me quedé en silencio.
—Adrián…
—Si hacemos esto, habrá reglas.
—Bien.
—Nada de improvisar.
—Acepto.
—Nada de usar lo que pase entre nosotros para herir al otro.
—Acepto.
—Y si me besas delante de Álex…
Se inclinó hasta que su boca quedó muy cerca de la mía.
Demasiado.
Mi pulso se descontroló.
—¿Qué?
Sus ojos bajaron a mis labios.
—No esperes que me detenga solo porque él deje de mirar.
