Capítulo 3 3
—¿Acabas de amenazarme con besarme de más?
Adrián siguió tan cerca que podía contarle las pestañas.
—Lo llamaría advertencia.
—Suena peor.
—Entonces funcionó.
Retrocedí primero.
No porque quisiera.
Porque mi cerebro empezaba a comportarse como si estar a diez centímetros de Adrián Varela fuera una actividad académica válida.
—Necesitamos reglas mejores.
—Estoy de acuerdo.
—Nada de besos innecesarios.
—Define innecesario.
—Cuando no haya público.
—Eso elimina oportunidades interesantes.
—No estamos haciendo esto para divertirnos.
—Habla por ti.
Lo miré.
Él sonrió.
Quise recordarme que ese hombre era una herramienta de venganza.
Mi cuerpo opinaba que era una herramienta demasiado bien diseñada.
—Regla cuatro —dije—. Nada de comentarios así.
—No.
—¿No?
—Si vamos a fingir que salimos, tienes que acostumbrarte a que coquetee contigo.
—Puedo fingir.
—Ahora mismo te pusiste roja.
—Hace calor.
Adrián miró los árboles moviéndose con el viento.
—Estamos a diecinueve grados.
—Te odio.
—Eso sí puedes decirlo en público. Las parejas convincentes se odian a ratos.
Me levanté del banco.
—Entonces empezamos con ventaja.
Caminamos hacia la cafetería central para escribir las reglas antes de que alguno cambiara de opinión.
Vera estaba allí.
Nos vio entrar juntos.
Después vio que Adrián llevaba mi mochila porque yo se la había lanzado mientras buscaba el teléfono.
Sus ojos se agrandaron.
—No.
—Hola a ti también —dije.
—¿Qué hiciste?
—Todavía nada ilegal.
Vera miró a Adrián.
—¿Tú sabes en qué te estás metiendo?
—No completamente.
—Corre.
—Qué amiga tan leal.
Nos sentamos.
Adrián dejó la mochila sobre la mesa.
—Vamos a fingir que salimos.
Vera cerró los ojos.
—Necesito alcohol.
—Son las once.
—Necesito alcohol académico.
—Eso no existe.
—Después de conocerte, debería.
Adrián tomó una servilleta y un bolígrafo.
—Reglas.
—Esto me gusta cada vez menos —dijo Vera.
—A mí cada vez más —respondió él.
Le arrebaté el bolígrafo.
—Uno. Nada de sexo.
Vera tosió.
Adrián ni pestañeó.
—Ambicioso empezar por ahí.
—Preventivo.
—¿Esperas perder el control?
—Espero que tú entiendas límites.
—Los entiendo muy bien.
Su mirada bajó a mi boca.
Otra vez.
Maldito.
Escribí más fuerte.
—Dos. Nada de celos.
—Eso será fácil para mí.
—Perfecto.
—No dije para ti.
Le lancé el bolígrafo.
Lo atrapó.
Vera apoyó la frente en la mesa.
—Esto va a terminar fatal.
—Tres —continuó Adrián—. Si alguno quiere terminar el acuerdo, termina.
Eso me gustó.
—Bien.
—Cuatro. Nada de mentir sobre cosas importantes.
—Estamos construyendo una relación falsa basada en honestidad.
—Ironías modernas.
—Cinco —añadí—. Los besos solo cuando sean necesarios.
Adrián escribió algo.
Le quité la servilleta.
Había puesto: “Necesario queda a criterio del mejor besador”.
—Eres imbécil.
—No sabemos quién es todavía.
Vera levantó la cabeza.
—Por favor, no conviertan esto en competencia.
Adrián y yo hablamos al mismo tiempo.
—No lo haremos.
Nos miramos.
—Definitivamente lo harán —dijo ella.
El primer ensayo ocurrió veinte minutos después.
No era mi idea.
Tampoco la suya.
Vera insistió en que caminar agarrados de la mano como dos desconocidos esposados iba a arruinar la mentira.
—Tóquenme natural —ordenó.
—Esa frase necesita contexto —dijo Adrián.
—A Irene. No a mí.
—Gracias por aclararlo.
Adrián puso una mano en mi cintura.
Mi espalda se tensó.
—Relájate.
—No me des órdenes.
—Estoy intentando evitar que parezca que te secuestro.
—Tu mano está demasiado abajo.
La subió.
—¿Mejor?
—Demasiado arriba.
—Tienes una zona de tolerancia minúscula.
—Tengo columna vertebral completa.
—Eso explica muchas cosas.
Vera nos observaba como directora de teatro cansada.
—Adrián, acércala.
Él tiró suavemente de mí.
Choqué contra su pecho.
Odié lo bien que encajé.
—Ahora mírense.
—Esto es ridículo —murmuré.
—Muchísimo.
Sus ojos no se apartaron.
Mi mano quedó apoyada en su pecho.
Sentí el latido bajo la camisa.
Rápido.
Interesante.
—Tu corazón va deprisa.
—Subí escaleras.
—Hay ascensor.
—Entonces será miedo.
—A mí.
—Devastador.
Sonreí.
Él también.
Por un segundo dejamos de practicar.
Vera chasqueó los dedos.
—Eso. Exactamente eso.
Nos separamos.
Demasiado rápido.
—¿Qué? —pregunté.
—Parecían personas que quieren besarse y están intentando no hacerlo.
Adrián tomó su café.
—Gran actuación.
No le creí.
Porque seguía evitando mirarme.
La noticia del acuerdo todavía no existía públicamente, así que teníamos un día para preparar la fiesta.
Eso pensé.
Hasta que salimos de la cafetería.
Álex estaba junto a las escaleras.
Solo.
Nos vio.
Primero a mí.
Después a Adrián.
Luego nuestras manos, porque Adrián acababa de tomar la mía sin avisarme.
—¿Qué haces? —susurré.
—Ensayo general.
Álex se acercó.
—¿En serio?
Su voz llevaba esa mezcla de incredulidad y fastidio que me produjo una satisfacción vergonzosa.
—¿Qué cosa? —pregunté.
—Esto.
Señaló nuestras manos.
Adrián entrelazó los dedos con los míos.
—Muy preciso, Santoro.
Álex lo ignoró.
—Ayer estabas gritándome y hoy estás con él.
—Qué rápido funciona el calendario.
—No hagas esto por despecho.
La frase me encendió.
—No todo gira alrededor de ti.
—Esto sí.
Adrián apretó suavemente mi mano.
No para detenerme.
Para recordarme que estaba ahí.
Álex dio un paso hacia mí.
—¿De verdad sales con Varela?
Abrí la boca.
Adrián se adelantó medio paso.
—Sí.
Álex soltó una risa.
—No te pregunté a ti.
—Y ella no te debe explicaciones.
—Tú cállate.
—No.
La tensión entre ellos se volvió pesada.
Yo podía haberme ido.
Debía haberme ido.
En vez de eso, recordé la foto.
Las risas.
“Fue una broma.”
Y tomé una decisión.
Me giré hacia Adrián.
Él me miró.
Entendió antes de que hablara.
—¿Seguro? —murmuró.
—Regla cinco.
Su mano subió a mi nuca.
—Entonces intenta no arrepentirte.
Lo besé.
No fue elegante.
Ni planeado.
Su boca chocó con la mía y durante un segundo olvidé por completo que Álex estaba mirando.
Adrián me sujetó por la cintura.
Yo agarré su camisa.
Él profundizó el beso.
Sin prisa.
Sin fingir demasiado.
Cuando me aparté, respiraba peor que antes.
Álex ya no sonreía.
—Perfecto —dije.
Adrián seguía mirándome la boca.
—No, Irene.
—¿Qué?
Su pulgar rozó mi labio inferior.
—Ahora todo el campus va a creer que eres mi novia.
Adrián no respondió enseguida.
Un silbido sonó detrás.
Giré.
Tres estudiantes estaban mirando. Una chica sostenía el teléfono levantado.
—No puede ser.
Vera salió de la cafetería.
—Dime que nadie grabó eso.
Mi móvil vibró.
Luego el de Adrián.
Abrí la notificación.
La cuenta anónima más seguida del campus acababa de publicar un video de nuestro beso.
“Parece que Irene Luján cambió de nadador por arquitecto. Y eligió precisamente al enemigo número uno de Santoro.”
Cerré los ojos.
—Quiero morir.
—No —dijo Vera—. Primero quiero matarte yo.
Adrián tomó mi teléfono y miró el video.
—Buen ángulo.
—¿Eso te preocupa?
—También salgo bien.
Le golpeé el brazo.
Álex seguía delante de nosotros.
Su cara había perdido cualquier resto de indiferencia.
—Así que esto era para mí.
Guardé el teléfono.
—Sigue creyéndote importante si te hace feliz.
—Lo vas a lamentar.
Adrián se colocó a mi lado.
—Ya escuchaste.
Álex lo miró.
—Tú sabes exactamente por qué esto es una pésima idea.
Algo pasó entre ellos.
Adrián dejó de sonreír.
—Vete, Álex.
Él se marchó.
Me volví hacia Adrián.
—¿Qué quiso decir?
—Nada que importe ahora.
Su teléfono vibró.
Leyó la pantalla y palideció.
—¿Qué pasó?
Adrián levantó la vista.
—Mi madre vio el video. La cena familiar acaba de adelantarse para esta noche. Victoria también estará allí.
