Capítulo 4 4

—Dime que Victoria no está sentada en tu lugar.

Adrián cerró la puerta del coche y miró hacia la casa iluminada frente a nosotros.

—Está sentada junto a mi madre.

—Eso no responde.

—Mi lugar está libre.

—Qué alivio. Por un momento pensé que debía disputarlo en combate.

Adrián soltó una risa baja.

Yo no estaba tan tranquila como sonaba.

La casa de los Varela tenía tres pisos, ventanales enormes y un jardín tan cuidado que probablemente hasta las hojas caían con permiso. Había pasado la tarde intentando convencerme de que podía entrar allí, fingir ser novia de Adrián y no convertirme en una masa de inseguridad con vestido prestado.

Vera me había obligado a usar uno negro que, según ella, decía “no tengo dinero, pero sí sentido del peligro”.

No pregunté qué significaba.

Adrián me observó.

—Estás nerviosa.

—Estoy evaluando rutas de escape.

—La ventana del comedor abre hacia el jardín.

—Gracias. Eso sí es apoyo emocional.

Me ofreció la mano.

La miré.

—¿Desde aquí?

—Desde aquí.

—Tu madre todavía no puede vernos.

—Yo sí.

Eso me desarmó más de lo debido.

Puse mi mano en la suya.

Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.

—Recuerda las reglas —dije.

—Nada de sexo, nada de celos, nada de improvisar.

—Y los besos solo cuando sean necesarios.

Adrián sonrió.

—Esa regla envejeció fatal esta mañana.

—Fue una emergencia.

—Tu boca pareció muy comprometida con la emergencia.

—Entra antes de que cambie de opinión.

Caminamos hacia la puerta.

Una mujer elegante nos recibió antes de que pudiéramos tocar.

Helena Varela.

Cabello oscuro perfectamente peinado, vestido gris y una mirada capaz de revisar antecedentes sin computadora.

—Adrián.

Lo besó en la mejilla.

Luego me miró.

—Tú debes ser Irene.

—Sí. Mucho gusto.

—He visto el video.

Perfecto.

—Entonces ya nos ahorramos la presentación audiovisual.

Adrián tosió.

Helena no sonrió.

—Pasa.

Entramos.

El salón olía a flores y comida cara.

Tomás apareció desde un pasillo sosteniendo una copa.

—Así que tú eres Irene.

—Depende de lo que te haya contado.

—Todo lo divertido.

—Entonces mintió.

Tomás abrazó a Adrián y susurró algo que no alcancé a escuchar.

Adrián le dio un codazo.

Me cayó bien inmediatamente.

Y entonces la vi.

Victoria León estaba junto a la chimenea.

Era incluso más bonita en persona.

Cabello cobrizo recogido en una cola baja, vestido azul, postura impecable.

No parecía una ex.

Parecía la respuesta correcta en un examen que yo no había estudiado.

Victoria caminó hacia nosotros.

—Adrián.

Lo abrazó.

Demasiado tiempo.

No eran celos.

Era observación científica.

Cuando se separó, Victoria me miró.

—Hola. Irene, ¿verdad?

—Sí.

—Encantada.

Su sonrisa parecía genuina.

Eso fue peor.

Prefería que fuera insoportable. Era más fácil odiar a gente desagradable.

—Igualmente.

Adrián apoyó una mano en mi espalda.

Mi cuerpo reaccionó inmediatamente.

Victoria lo notó.

Yo noté que lo notaba.

De pronto aquella cena se convirtió en una competencia que nadie había anunciado.

—Mamá —dijo Adrián—, Irene y yo estamos juntos desde hace unas semanas.

Lo miré.

Semanas.

Eso no estaba acordado.

—¿Semanas? —preguntó Helena.

—Sí.

—Curioso. El domingo todavía me dijiste que no estabas viendo a nadie.

Adrián ni pestañeó.

—Quería mantenerlo privado.

Helena me estudió.

—¿Y hoy ya no?

Sonreí.

—El campus nos quitó esa opción.

Tomás se rio.

Helena no.

—Cenemos.

Nos sentamos.

Adrián a mi izquierda.

Victoria enfrente.

Helena presidía la mesa como si esperara confesiones.

Durante diez minutos hablamos de la universidad.

Luego llegó el interrogatorio.

—¿Qué estudias, Irene?

—Comunicación audiovisual.

—¿Tu familia vive aquí?

—No. Mi madre vive en Puebla.

—¿Y tu padre?

—No forma parte de mi vida.

Helena asintió sin comentar.

—Adrián dice que tienes beca.

Giré hacia él.

—¿Dijiste eso?

—Mi madre preguntó.

—Es una beca académica —respondí.

—Debe ser exigente mantenerla —dijo Helena.

—Lo es.

Victoria intervino.

—Yo también tuve una beca parcial durante el primer año.

Helena sonrió.

—Victoria siempre fue brillante.

Ahí estaba.

Pequeño.

Elegante.

La comparación.

Tomé agua.

—Entonces tenemos algo en común.

Victoria me sonrió.

—Parece que sí.

Adrián deslizó la mano debajo de la mesa y tocó mi rodilla.

Lo miré.

—¿Qué haces? —susurré.

—Pareces a punto de atacar el postre.

—Todavía no llega.

—Exactamente.

Su mano permaneció allí.

Caliente.

Demasiado cerca del borde de mi vestido.

Mi respiración cambió.

Adrián levantó una ceja.

Lo odié.

Entonces movió el pulgar.

Una vez.

Pequeño roce.

Mi muslo se tensó.

—Estás abusando de la actuación —murmuré.

—Te estoy calmando.

—No funciona.

—Tu pulso opina distinto.

—No puedes sentir mi pulso en la rodilla.

—Puedo imaginarlo.

Maldito.

Helena dijo algo sobre arquitectura.

No escuché.

La mano de Adrián seguía sobre mi piel.

Yo debería haberla apartado.

En cambio, crucé la pierna y lo obligué a moverla un poco más arriba.

Su mirada cayó hacia mí.

Ahora no sonreía.

Punto para mí.

—¿Todo bien? —preguntó Victoria.

—Perfecto —respondí.

Adrián retiró la mano.

Cobarde.

Después de la cena, Tomás arrastró a Helena a la cocina con la excusa del café.

Victoria se quedó con nosotros.

—¿Puedo hablar contigo un minuto? —le preguntó a Adrián.

Yo miré hacia la ventana.

—Claro. Voy a respirar aire que no cueste una fortuna.

Adrián me agarró la mano.

—No necesitas irte.

Victoria lo observó.

—Es sobre nosotros.

Ah.

Genial.

—Adrián.

—No hay “nosotros” —respondió él.

Victoria bajó la mirada.

—No vine a pedirte que volvamos.

—Entonces dilo aquí.

Me quedé incómoda.

—Puedo darles espacio.

—No.

Su mano seguía agarrando la mía.

Victoria respiró hondo.

—Tu madre me invitó porque cree que todavía no sabes lo que pasó realmente entre Álex y yo.

Silencio.

Adrián se quedó inmóvil.

—Victoria.

—Ella merece saberlo si vas a meterla en esto.

Mi estómago se cerró.

—¿Meterme en qué?

Adrián soltó mi mano.

Eso me asustó más que cualquier respuesta.

—No es el momento.

—Ahora sí lo es.

Victoria me miró.

—Hace dos años, Álex no dejó de ser amigo de Adrián por una pelea.

Miré a Adrián.

—Entonces, ¿por qué?

Su mandíbula se tensó.

Victoria respondió por él.

—Porque Álex se acostó conmigo cuando yo todavía era novia de Adrián.

Durante un segundo pensé que había escuchado mal.

Miré a Victoria.

Luego a Adrián.

Él no negó nada.

La habitación se volvió demasiado silenciosa.

—¿Álex estuvo contigo mientras salías con Adrián?

Victoria asintió.

—Una vez. Fue suficiente para destruirlo todo.

Adrián pasó una mano por su nuca.

—No necesitabas contarle esto.

—Sí necesitaba —respondió ella—. Porque ese hombre ya la humilló y ahora ella cree que usarte para provocarlo es una buena idea.

Sentí que me faltaba aire.

Adrián levantó la mirada hacia Victoria.

—Basta.

—¿Ella sabe que Álex disfruta quitarte todo lo que considera tuyo?

—No soy de Adrián —dije.

Victoria me miró.

—Precisamente. Pero Álex no piensa así.

Me giré hacia Adrián.

—¿Por eso aceptaste?

—No.

—¿Por qué entonces?

—Ya te lo dije.

—No. Me dijiste medias verdades.

Adrián avanzó hacia mí.

—Acepté porque quería ayudarte.

—¿Solo eso?

Su silencio respondió demasiado.

Victoria recogió su bolso.

—Creo que esto ya no me corresponde.

Se marchó.

Yo seguí mirando a Adrián.

—Dime la verdad ahora.

Él se acercó.

—¿Cuál?

—¿Cuándo empezaste a sentir algo por mí?

Adrián sostuvo mi mirada.

—Dos años antes de que tú decidieras usarme para vengarte. Y nunca conseguí dejar de hacerlo.

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