Capítulo 1 Capítulo 1
El salón olía a whisky de doce años, colonia cara y decepción acumulada durante décadas.
Amelia Harper lo percibió en cuanto las puertas dobles se cerraron a su espalda. Era el mismo aroma de todas las reuniones importantes de su padre: una mezcla densa de poder, dinero viejo y la certeza silenciosa de que ella sobraba. El cristal de las lámparas de araña reflejaba la luz dorada sobre las paredes de madera oscura. Meseros enguantados se movían entre los invitados con bandejas de champagne y canapés que nadie realmente comía. Todo era perfecto. Impecable. Asfixiante.
Llevaba un vestido negro que había costado una fortuna. El escote bajaba lo suficiente para ser provocador sin cruzar la línea de lo vulgar, la espalda estaba casi completamente descubierta y el tejido se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Los tacones le añadían casi diez centímetros y hacían que su caminar sonara firme, seguro, como si mereciera estar allí. El cabello castaño oscuro caía en ondas calculadas sobre sus hombros. Se había preparado con esmero.
No porque quisiera impresionar a ninguno de los herederos que su padre había reunido esa noche.
Sino porque, aunque lo odiaba con cada fibra de su ser, todavía existía una parte pequeña y patética de ella que esperaba que Roberto Harper la mirara con algo que no fuera desaprobación.
—Sonríe —le ordenó su padre en cuanto estuvo lo suficientemente cerca. La voz era baja, cortante, diseñada para que solo ella la escuchara—. Y no montes ninguno de tus espectáculos esta noche, Amelia. Hoy eliges esposo. O lo elijo yo por ti. No voy a seguir manteniendo a una hija que solo sabe gastar.
Ella giró ligeramente la cabeza y le dedicó la sonrisa perfecta. La misma que había ensayado frente al espejo desde los quince años. La que no llegaba a los ojos.
—Claro, padre.
Roberto no le sostuvo la mirada. Ya estaba extendiendo la mano hacia un hombre de traje gris perla que olía a cigarrros cubanos y dinero heredado. Amelia sintió el familiar nudo de humillación en el estómago, pero lo tragaó como había hecho cientos de veces. Tomó una copa de champagne de la bandeja de un mesero que pasó junto a ella y comenzó a caminar entre los invitados con la cabeza en alto.
Los conocía a casi todos. Hijos de familias que su padre consideraba “adecuadas” para diluir la vergüenza que ella representaba. Hombres de mandíbulas cuadradas y sonrisas practicadas que la miraban de arriba abajo con una mezcla transparente de lujuria y cálculo. Algunos incluso se atrevían a inclinarse hacia ella y susurrarle piropos baratos sobre lo hermosa que se veía esa noche, como si eso pudiera borrar el hecho de que la estaban evaluando como una posible inversión.
Amelia los ignoró a todos.
Había pasado los últimos diez años gastando el dinero de su padre como si fuera papel de regalo precisamente por esto. Porque cada vez que una tarjeta era rechazada en una boutique de lujo, o cuando llegaba una factura astronómica de una fiesta que había organizado sin permiso, Roberto al menos la llamaba. Le gritaba. Le decía que era una irresponsable, una vergüenza, una carga. Pero la llamaba. Durante unos minutos, existía para él.
Era lo más cercano al cariño que había conseguido en toda su vida.
Hasta esta noche.
Esta noche el juego se había terminado.
Amelia dio un sorbo al champagne y sintió las burbujas pincharle la lengua. Estaba a punto de inventar una excusa para desaparecer en el baño cuando algo al fondo del salón captó su atención.
Detrás de una de las columnas de mármol blanco, casi escondido de la luz principal, un hombre de traje oscuro era empujado con disimulo pero con clara intención por dos herederos de la familia Ramírez. Uno de ellos, el más alto, le había arrancado la corbata y la tenía enrollada en la mano como un trofeo barato. El otro se había acercado demasiado, hablándole al oído con una sonrisa que no intentaba disimular la crueldad.
El hombre no se defendía.
Era notablemente alto, más que la mayoría de los presentes, pero se encorvaba ligeramente hacia adelante, como si quisiera reducir su presencia, hacerse más pequeño, desaparecer. El cabello negro le caía desordenado sobre la frente. La piel era pálida, casi enfermiza bajo la luz dorada del salón. Y cuando levantó un poco la vista, Amelia alcanzó a ver unos ojos grises claros que miraban al suelo con una expresión que ella reconoció demasiado bien.
Humillación contenida.
Fragilidad.
Heridas que no eran solo físicas.
Exactamente el tipo de hombre que despertaba en ella ese instinto peligroso que llevaba años intentando mantener dormido.
Ese que la hacía querer interponerse. Proteger. Y, en el fondo más oscuro de su carácter, poseer.
Amelia dejó la copa sobre una mesa auxiliar sin molestarse en mirar dónde la ponía y cambió de dirección. Sus tacones sonaron firmes y decididos contra el mármol mientras se abría paso entre los grupos de conversación. Varias personas se apartaron al verla llegar. Los dos Ramírez notaron su presencia primero. El más alto soltó una risa baja y desagradable.
—Mira quién decidió aparecer. La princesa Harper en persona. ¿Viniste a unirte a la diversión, Amelia? Todavía estamos educando al bastardo.
Ella no le dirigió la palabra. Se detuvo frente al hombre de ojos grises y lo observó con calma, de arriba abajo, evaluándolo de la misma forma en que los demás la habían evaluado a ella toda la noche. Luego preguntó, con una voz dulce que contrastaba peligrosamente con la dureza de su mirada:
—¿Qué está pasando aquí?
El segundo Ramírez fue quien contestó, todavía con la mano demasiado cerca del hombro del otro hombre:
—Nada que deba importarte. Solo le estamos recordando al hijo ilegítimo de los Sterling cuál es su lugar en el mundo. A veces los bastardos necesitan que se lo recuerden con claridad.
Sterling.
Amelia archivó el apellido sin cambiar de expresión. Volvió a mirar al hombre. Liam Sterling, según parecía. Él levantó la vista por primera vez de verdad y sus ojos se encontraron con los de ella. Fue solo un segundo. Un instante. Pero en ese instante Amelia vio algo que no esperaba. No era solo vergüenza. Había algo más oscuro, más contenido, algo que se apagó tan rápido que casi pudo haberlo imaginado.
Sonrió de lado, lenta, deliberada.
—Pues a mí sí me importa.
Se colocó directamente frente a él, dándoles la espalda a los dos Ramírez, y bajó la voz lo suficiente para que solo Liam pudiera escucharla con claridad:
—¿Quieres que los haga callar… o prefieres que te defienda yo?
Él parpadeó. La sorpresa fue genuina, casi infantil durante una fracción de segundo. Luego, muy despacio, asintió una sola vez. Un movimiento mínimo. Casi invisible.
Amelia giró sobre sus tacones con una elegancia que había perfeccionado en años de fingir que nada la afectaba.
—Caballeros —dijo en un tono aburrido, como si estuviera comentando el clima—. Si van a pelearse por un hombre, al menos háganlo con algo de estilo. Esto que están haciendo es patético. Da vergüenza ajena. De verdad.
El Ramírez más alto se puso rojo hasta las orejas.
—¿Quién te crees tú para venir a—?
—La futura esposa de Liam Sterling —lo interrumpió Amelia con total calma, sin levantar la voz—. Así que les sugiero que se alejen de mi prometido antes de que decida que me ofendieron personalmente. Y créanme… no les va a gustar nada cuando eso ocurra.
El silencio que se extendió a su alrededor fue denso y delicioso.
Al otro lado del salón, la voz de Roberto Harper estalló como un latigazo:
—¡Amelia!
Ella no se giró.
Simplemente extendió la mano hacia Liam, con la palma hacia arriba, el gesto claro, deliberado, como quien ofrece un contrato no escrito.
—Ven —susurró, mirándolo directamente a los ojos—. Yo te protejo. A cambio… me obedeces.
Liam bajó la mirada hacia su mano abierta.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Cuatro.
Luego la tomó.
Sus dedos estaban fríos. La presión de su agarre fue firme, mucho más firme de lo que Amelia esperaba de alguien que acababa de ser públicamente humillado. No era la mano temblorosa de una víctima. Era la mano de alguien que acababa de tomar una decisión.
Amelia entrelazó sus dedos con los de él y lo guió lejos de los Ramírez sin mirar atrás. Sentía las miradas de casi todo el salón clavadas en su espalda como dagas. Sentía la furia de su padre avanzando hacia ellos como una tormenta a punto de romper. Y, por primera vez en mucho tiempo, no le importó en absoluto.
Porque el hombre que caminaba a su lado, el supuesto bastardo frágil de los Sterling, le había apretado la mano como si acabara de firmar algo mucho más peligroso que un simple compromiso.
Y Amelia Harper, con el corazón latiéndole demasiado rápido y una sonrisa de victoria to
rcida en los labios, todavía no tenía idea de que acababa de elegir al hombre más peligroso de toda la habitación.
