Capítulo 2 Capítulo 2
Roberto Harper llegó hasta ellos como una tormenta contenida.
Amelia sintió su presencia antes de verlo. El aire a su alrededor pareció enfriarse. Las conversaciones cercanas se apagaron de golpe. Hasta los meseros detuvieron el paso. Su padre no necesitaba gritar para imponer silencio; su furia tenía un peso propio, una densidad que hacía que la gente apartara la mirada por instinto.
—Suelta su mano —ordenó en voz baja, demasiado baja.
Amelia no lo hizo.
Apretó más los dedos de Liam entre los suyos y levantó la barbilla con esa arrogancia que tanto irritaba a su padre.
—No.
La palabra salió clara, firme, sin temblor. Durante un segundo vio el asombro cruzar el rostro de Roberto. Nunca le había dicho que no en público. Nunca había desafiado una orden directa delante de tanta gente importante. Esa pequeña victoria le recorrió la espalda como un escalofrío dulce.
—Amelia —repitió Roberto, y esta vez su voz tuvo un filo peligroso—. Estás haciendo el ridículo. Suelta a ese… individuo y vuelve a comportarte como la hija de un Harper.
Liam no se movió. No intentó retirar la mano. Tampoco bajó la cabeza. Simplemente permaneció de pie a su lado, alto, silencioso, con esa calma extraña que empezaba a resultarle inquietante a Amelia. Sus ojos grises observaban a Roberto con una frialdad que no coincidía en absoluto con el hombre encorvado y humillado de minutos atrás.
—Ese “individuo” —dijo Amelia con lentitud deliberada— es mi prometido. Acabo de elegirlo. Y no pienso cambiar de opinión.
Un murmullo recorrió el salón. Alguien soltó una risa incrédula. Otro susurró el apellido Sterling con desprecio. Amelia los ignoró a todos. Solo le importaba la expresión de su padre.
Roberto dio un paso más cerca. El olor a su colonia cara y al whisky que había estado bebiendo la envolvió.
—¿Tú crees que esto es un juego? —escupió entre dientes—. ¿Crees que puedes venir aquí, humillarme delante de todas estas familias y escoger al bastardo de los Sterling como si estuvieras eligiendo un bolso nuevo? Ese hombre no tiene nombre limpio. No tiene futuro. No tiene nada que ofrecerte excepto vergüenza.
Amelia sonrió. Esa sonrisa afilada que usaba cuando quería herir.
—Exactamente igual que yo, entonces. Perfecta pareja.
El golpe dio en el blanco. Vio cómo la mandíbula de su padre se tensaba. Durante años había sido su arma favorita: recordarle que ella era su mayor decepción. Esta vez, sin embargo, la frase le dejó un regusto amargo en la lengua. No quería pensarlo demasiado.
—Eres una niña malcriada y estúpida —dijo Roberto con voz helada—. Si insistes en esta locura, no esperes que te respalde. Ni con dinero, ni con el apellido, ni con nada. Te quedarás sola.
Amelia sintió el viejo miedo removerse en el pecho. Ese miedo de niña que todavía esperaba, en el fondo más ridículo de su ser, que su padre algún día la eligiera a ella. Lo aplastó con fuerza.
—Entonces será mejor que me acostumbre rápido —respondió—. Porque ya elegí.
Se giró hacia Liam. Todavía le sostenía la mano. La presión de sus dedos seguía siendo firme, constante, como si no tuviera ninguna intención de soltarla aunque el mundo se estuviera cayendo a pedazos a su alrededor.
—¿Aceptas? —le preguntó en voz alta, lo suficientemente alta para que medio salón lo escuchara—. ¿Aceptas casarte conmigo, Liam Sterling?
Por primera vez desde que había intervenido, Liam habló.
Su voz fue baja, ronca, extrañamente serena.
—Sí.
Una sola palabra. Sin dudar. Sin preguntar condiciones. Sin siquiera mirar a Roberto Harper.
Amelia parpadeó. Había esperado resistencia. O al menos sorpresa. Una pregunta. Un “¿estás segura?”. Cualquier cosa. En cambio, Liam la miraba con esos ojos grises como si acabara de aceptar algo que ya había decidido hacía mucho tiempo.
La sensación de victoria se mezcló con un destello de desconcierto.
Roberto soltó una risa corta, amarga.
—Muy bien —dijo—. Muy bien, Amelia. Como quieras. Pero no vuelvas llorando cuando este hombre te deje en la calle. Y no esperes que las puertas de esta casa se abran para ti otra vez.
Se dio media vuelta y se alejó entre los invitados sin mirar atrás. La gente se apartó a su paso como si el aire a su alrededor quemara. Amelia se quedó quieta, todavía aferrada a la mano de Liam, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas con demasiada fuerza.
Había ganado.
Había desafiado a su padre delante de todos. Había elegido al hombre que nadie quería. Había convertido la noche en un escándalo del que se hablaría durante meses.
Entonces ¿por qué el triunfo sabía a ceniza?
Liam fue quien rompió el silencio.
—Deberíamos irnos —dijo en voz baja.
Amelia levantó la vista hacia él. De cerca, era todavía más alto de lo que había parecido. La diferencia de altura la obligaba a alzar un poco la barbilla. Su rostro seguía siendo pálido, pero ya no había rastro de la humillación anterior. Solo esa calma inquietante y una intensidad en la mirada que le provocó un escalofrío inesperado.
—¿Tienes auto? —preguntó ella, más por decir algo que por verdadera curiosidad.
—Sí.
—Entonces llévame a casa. A tu casa. No pienso quedarme aquí ni un minuto más.
Liam asintió una vez. Sin soltarle la mano, comenzó a guiarla hacia la salida del salón. La gente se apartaba a su paso. Algunos susurraban. Otros la miraban con una mezcla de lástima y burla. Amelia mantuvo la cabeza alta y la sonrisa de desprecio perfectamente colocada. No iba a darles el gusto de verla dudar.
Solo cuando estuvieron fuera, bajo el aire frío de la noche, y el valet se acercó corriendo con las llaves de un auto negro elegante, Amelia permitió que la máscara se resquebrajara un poco.
—¿Por qué aceptaste? —preguntó de pronto, mientras Liam abría la puerta del copiloto para ella.
Él se detuvo. La miró por encima del marco de la puerta. La luz de los faroles del jardín le dibujaba sombras afiladas en el rostro.
—Porque me lo pediste —respondió simplemente.
—Eso no es una respuesta.
Liam sostuvo su mirada durante unos segundos que se sintieron demasiado largos.
—Es la única que tengo por ahora.
Amelia sintió otra vez ese destello de desconcierto. Había esperado a alguien más fácil de manejar. Alguien agradecido. Alguien que se sintiera en deuda con ella por haberlo salvado de la humillación. En cambio, este hombre la miraba como si fuera él quien hubiera estado esperando ese momento.
Subió al auto sin decir nada más. Liam cerró la puerta con suavidad, rodeó el vehículo y se sentó al volante. El motor ronroneó al encenderse. Mientras salían de la propiedad Harper, Amelia miró por la ventana las luces de la mansión alejándose.
Había quemado el único puente que le quedaba.
Y el hombre sentado a su lado, el mismo que minutos atrás parecía a punto de desaparecer bajo las burlas de otros, ahora conducía con una mano relajada sobre el volante y la otra apoyada cerca de la palanca de cambios, demasiado cerca de su pierna.
Amelia apartó la vista hacia la oscuridad de la carretera.
Por primera vez desde que tenía memoria, no tenía un plan.
Solo tenía un prometido silencioso, una furia contenida contra su padre y la extraña certeza de que acababa de meterse en algo mucho más profundo de lo que había calculado.
Liam no dijo nada durante el trayecto.
Tampoco hizo falta.
El silencio entre ellos era denso, cargado, y de alguna forma más elocuente que cualquier conversación.
Cuando el auto finalmente se detuvo frente a las rejas de una propiedad imponente en las afueras de la ciudad, Amelia comprendió que la noche todavía no había terminado.
Y que su nueva vida, la que había elegido en un impulso de rebeldía y orgullo, acababa de empezar de la forma más peligrosa posible.
