Capítulo 3 Capítulo 3
Amelia no fue a la mansión Sterling esa noche.
En cuanto el auto se detuvo frente a las rejas, miró la propiedad iluminada a lo lejos y sintió que el pecho se le cerraba. Demasiado rápido. Demasiado real. Acababa de desafiar a su padre, de quemar el único puente que le quedaba y de comprometerse con un hombre al que conocía desde hacía menos de una hora. La victoria que había sentido en el salón se estaba transformando en algo mucho más pesado.
—No quiero entrar todavía —dijo.
Liam, que ya había apagado el motor, giró ligeramente la cabeza hacia ella. La luz del tablero le dibujaba el perfil. No preguntó por qué. Tampoco insistió.
—¿A dónde entonces?
—A casa de mi amiga.
Le dio la dirección de Camila sin mirarlo. Liam asintió una vez, encendió de nuevo el auto y dio la vuelta. El trayecto fue en silencio. Amelia miró por la ventana las luces de la ciudad pasando como rayas borrosas y trató de ordenar el caos dentro de su cabeza. Cada pocos minutos sentía la presencia de Liam a su lado como una sombra silenciosa. No era incómoda. Era… intensa. Como si el aire entre los dos estuviera cargado de algo que todavía no tenía nombre.
Cuando llegaron al edificio de Camila, Amelia abrió la puerta antes de que él pudiera bajar a abrirla por ella.
—Gracias por traerme —dijo, ya con un pie fuera.
Liam la miró por encima del asiento del copiloto. Sus ojos grises brillaron un segundo bajo la luz de la calle.
—Avísame cuando quieras que te recoja.
No era una pregunta. Era una afirmación. Amelia sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con el frío de la noche. Asintió sin responder y cerró la puerta. Escuchó el auto alejarse solo cuando ya estaba dentro del edificio.
Camila abrió la puerta del apartamento en pijama, con el cabello recogido en un moño deshecho y una expresión que pasó de sorpresa a alarma en menos de un segundo.
—¿Qué hiciste?
Amelia entró, se quitó los tacones y los dejó caer al suelo con un ruido sordo. El vestido negro de pronto le pesaba como una armadura.
—Elegí esposo.
Camila cerró la puerta, se cruzó de brazos y la miró de arriba abajo.
—Necesito contexto. Y alcohol. En ese orden.
Diez minutos después estaban sentadas en el sofá grande de la sala. Camila había sacado una botella de vino tinto caro que guardaba para emergencias y dos copas. Amelia se había cambiado a una de las camisetas holgadas de su amiga y un pantalón de pijama. El maquillaje seguía en su rostro, pero ya no lucía impecable. Había rastros de cansancio bajo los ojos.
—Empieza desde el principio —ordenó Camila, llenando las copas—. Y no te atrevas a dejarme detalles fuera.
Amelia bebió un trago largo antes de hablar. El vino le quemó la garganta de una forma que resultó reconfortante.
—Mi padre reunió a todos los herederos “adecuados”. Me dijo que hoy elegía o él elegía por mí. Estaba decidida a montar un escándalo, a rechazarlos a todos, a hacerle pasar la peor noche de su vida… y entonces lo vi.
—¿A quién?
—A Liam Sterling. El hijo ilegítimo. Estaba en una esquina, casi escondido. Dos idiotas de los Ramírez lo estaban humillando. Le habían arrancado la corbata. Le hablaban al oído. Él no se defendía. Solo… estaba allí. Encorvado. Pequeño. Aunque es alto. Muy alto.
Camila arqueó una ceja.
—Déjame adivinar. Se veía frágil. Herido. Exactamente tu tipo peligroso.
Amelia no negó. Nunca había podido mentirle a Camila.
—Sí. Se veía como alguien que necesitaba que lo protegieran. Y yo… yo quise ser esa persona. Me puse enfrente. Los confronté. Y entonces le tendí la mano y le dije que yo lo protegía a cambio de que me obedeciera.
Camila se quedó en silencio varios segundos. Luego soltó una risa corta, incrédula.
—Dios, Amelia. En serio lo hiciste.
—Lo hice. Y él aceptó. Delante de todo el mundo. Delante de mi padre. Roberto casi pierde la cabeza. Me dijo que si seguía adelante no esperara nada de él. Ni dinero, ni casa, ni apellido. Que me quedaría sola.
—¿Y tú?
—Le dije que entonces más me valía acostumbrarme rápido.
Camila dejó la copa sobre la mesa y se pasó una mano por la cara.
—Necesito que me expliques algo. Tú, la misma persona que monta escándalos cuando le niegan una tarjeta de crédito, acabas de casarte —o casi— con un hombre que acabas de conocer porque se veía vulnerable. ¿Qué se supone que haga yo con esa información?
Amelia apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá y cerró los ojos un momento. Las luces de la ciudad se filtraban por las cortinas entreabiertas. El apartamento de Camila olía a café de la mañana y a la vela de vainilla que siempre tenía en la mesa. Era el único lugar del mundo donde no tenía que fingir.
—No lo sé —admitió en voz baja—. En ese momento se sintió… correcto. Como si por una vez estuviera eligiendo algo que realmente quería y no solo reaccionando a lo que mi padre esperaba de mí. Él me miró. Cuando le tendí la mano, me miró de verdad. Y cuando aceptó, no dudó. Ni un segundo.
—Eso no te asusta —preguntó Camila suavemente.
Amelia abrió los ojos.
—Un poco. Sí. Porque no se comportó como esperaba. Pensé que estaría agradecido. Que se sentiría en deuda. Que sería fácil de manejar. Pero en el auto… no dijo casi nada. Y cuando hablaba, era como si ya hubiera tomado una decisión hace mucho tiempo. Como si yo fuera la que acababa de llegar tarde a algo.
Camila la observó en silencio. Conocía demasiado bien esa expresión en el rostro de su amiga. La mezcla de desafío y miedo. La necesidad de controlar una situación que ya se le había escapado de las manos.
—¿Y ahora qué? —preguntó al fin—. ¿Vas a casarte de verdad con él?
—Sí.
La respuesta salió más rápida de lo que Amelia había planeado. Se sorprendió a sí misma.
—Mi padre ya me cerró la puerta. Si me echo atrás ahora, pierdo el poco orgullo que me queda. Además… —se mordió el labio inferior—. Quiero ver qué pasa. Quiero ver hasta dónde puedo llegar con alguien que me mira así.
Camila suspiró y volvió a llenar ambas copas.
—Está bien. Te apoyo. Siempre te apoyo. Pero necesito que me prometas algo.
—¿Qué?
—Que no vas a intentar manejarlo como has manejado a todos los demás. Los hombres que se ven frágiles no siempre lo son, Amelia. A veces son los que más profundo muerden cuando finalmente deciden abrir la boca. Y tú tienes una debilidad peligrosa por ese tipo exacto.
Amelia bebió otro trago. El vino ya no quemaba. Solo calentaba.
—Lo sé —susurró—. Por eso me da miedo. Y por eso no puedo apartar la mirada.
Camila se acercó y apoyó la cabeza en su hombro, como habían hecho tantas veces desde que eran adolescentes.
—Entonces vamos a hacer esto juntas. Si ese Liam Sterling resulta ser un problema, lo enfrentamos. Si tu padre intenta destruirte, también. Pero por favor, por una vez en tu vida, intenta no incendiarlo todo solo porque tienes miedo de que te dejen primero.
Amelia soltó una risa suave, cansada. Apoyó la mejilla contra el cabello de su amiga.
—No hago promesas que no pueda cumplir.
—Lo sé —respondió Camila—. Por eso te quiero de todas formas.
Se quedaron en silencio un rato, bebiendo vino y mirando las luces de la ciudad a través de la ventana. Amelia sentía el peso del vestido negro todavía colgado en la silla, como un recordatorio de la noche que acababa de cambiarlo todo. En algún lugar de la ciudad, Liam Sterling probablemente estaba en esa mansión enorme, solo, con la promesa de un matrimonio que ninguno de los dos había planeado realmente.
O al menos, eso quería creer ella.
Porque una parte pequeña e inquieta de su mente no podía olvidar la forma en que él había tomado su mano. La firmeza. La falta de duda. La sensación de que, de los dos, quizás no era ella quien había estado eligiendo.
Amelia cerró los ojos y dejó que el cansancio la arrastrara un poco.
Mañana tendría que enfrentar las consecuencias. Las llamadas. Los chismes. La realidad de un compromiso que había aceptado en un impulso de orgullo y deseo de protección.
Pero esa noche, en el sofá de Camila, con el único ser humano que la conocía de verdad, permitió que el miedo y la emoción se mezclaran sin intentar separarlos.
Porque por primera vez en mucho tiempo, había tomado una decisión que no tenía nada que ver con llamar la atención de su padre.
Y esa verdad, más que cualquier otra cosa, era lo que más le aterraba.
