Capítulo 4 Capítulo 4
Los días siguientes a la noche del compromiso fueron un torbellino calculado.
Amelia se instaló temporalmente en el apartamento de Camila. No porque tuviera otro lugar a donde ir —su padre había cumplido su amenaza y había ordenado que no se le permitiera regresar a la mansión Harper—, sino porque necesitaba un espacio donde pudiera respirar sin sentir que cada pared la estaba juzgando. Camila, como siempre, no hizo preguntas innecesarias. Simplemente le abrió la puerta, le empujó una taza de café a las manos y le dijo:
—Dime qué necesitas y lo hacemos.
Lo que Amelia necesitaba era control.
Y lo único que todavía podía controlar era la forma en que se casaría.
El problema era que Liam Sterling no parecía dispuesto a pelear por casi nada.
Cuando Amelia insistió en que la boda fuera lo antes posible —cuanto más rápido, menos tiempo tendría su padre para interferir—, Liam simplemente asintió. Cuando ella dijo que quería un vestido específico de un diseñador que cobraba fortunas por encargos de último minuto, él respondió con un “hazlo”. Cuando Camila sugirió un club privado exclusivo para la ceremonia, Liam hizo una llamada de menos de tres minutos y lo consiguió.
Era demasiado fácil.
Y esa facilidad empezaba a ponerla nerviosa.
—¿No vas a oponerte a nada? —le preguntó un día, mientras revisaban los últimos detalles en una sala privada del club. Estaban solos. Camila había salido a coordinar con el organizador.
Liam, sentado frente a ella con la camisa de vestir arremangada hasta los codos, levantó la vista de los documentos que tenía delante. Sus ojos grises la estudiaron con esa calma que ya le resultaba familiar… e inquietante.
—¿Quieres que me oponga?
—Quiero que tengas una opinión. Una sola. Cualquier cosa. El color de las flores. El tipo de champagne. Si prefieres que haya o no haya baile. Algo.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Prefiero que tú decidas. Esto es más tuyo que mío.
Amelia dejó el bolígrafo sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Eso no es cierto. Tú también te estás casando.
—Sí —admitió—. Pero yo ya conseguí lo que quería.
La forma en que lo dijo, sin énfasis, sin sonrisa, como si estuviera comentando el clima, le provocó un escalofrío que recorrió su espalda. Amelia abrió la boca para responder, pero en ese momento la puerta se abrió y entró una mujer que no conocía.
Era alta, delgada, de cabello castaño claro perfectamente peinado y un traje color crema que gritaba dinero discreto. Su sonrisa era educada. Sus ojos, no.
—Liam —dijo con voz suave—. No sabía que estabas aquí.
Liam se puso de pie de inmediato. No con nerviosismo. Con una tensión controlada que Amelia nunca le había visto.
—Lucía.
La mujer —Lucía— giró entonces la mirada hacia Amelia. La evaluó de arriba abajo en un segundo, con la precisión de alguien acostumbrado a medir a la competencia.
—Tú debes ser la futura señora Sterling —dijo. La sonrisa no llegó a los ojos—. Qué… inesperado.
Amelia se puso de pie también. No pensaba recibir a nadie sentada.
—Amelia Harper. Y tú eres…?
—Lucía. La hermana de Liam. Bueno —soltó una risa tierno que sonó perfectamente ensayada—, hermana adoptiva. La señora Sterling me acogió hace años. Somos casi familia.
Amelia sintió el familiar hormigueo de las garras saliendo. Conocía ese tono. El de las mujeres que se presentaban como dulces e inofensivas mientras calculaban exactamente dónde clavar el cuchillo.
—Qué hermoso —respondió con la misma falsa amabilidad—. Lástima que no hayas aparecido en la reunión donde nos comprometimos. Te habrías perdido un momento… memorable.
Lucía sostuvo su mirada un segundo más de lo educado. Luego volvió a sonreírle a Liam.
—Solo vine a recordar que tu madre —hizo una pausa deliberada— espera que la boda sea discreta. Después de todo, la familia todavía está procesando la… rapidez de todo esto. No querrás darle más motivos de preocupación, ¿verdad?
Liam no respondió de inmediato. Amelia notó cómo su mandíbula se tensaba apenas.
—La boda será como Amelia decida —dijo al fin. Su voz era baja, pero no admitía discusión—. Si mi madre tiene algo que decir, puede decírmelo a mí. Directamente.
Lucía parpadeó. Pareció sorprendida por la firmeza. Luego recuperó la compostura con una facilidad que hablaba de años de práctica.
—Por supuesto. Solo transmitía el mensaje. —Se giró hacia Amelia otra vez—. Bienvenida a la familia. De verdad. Espero que sepas lo que estás haciendo. Liam… puede ser más complicado de lo que parece.
Salió de la sala con el mismo paso elegante con el que había entrado. El silencio que dejó atrás fue denso.
Amelia se cruzó de brazos y miró a Liam.
—Así que esa es la famosa hermana.
—Adoptiva —corrigió él.
—Me da igual. No me gusta.
—Tampoco a mí.
La confesión lo sorprendió tanto a él como a ella. Liam desvió la mirada hacia los documentos, como si acabara de revelar más de lo que pretendía.
Amelia sintió una punzada de curiosidad. Y de algo más oscuro. Protección. Posesión.
—¿Va a ser un problema? —preguntó.
Liam levantó la vista. Esta vez no había calma en sus ojos. Había algo más afilado.
—No. Porque no voy a permitir que lo sea.
La forma en que lo dijo no admitía dudas. Amelia sintió otra vez ese peligroso calor en el pecho. El mismo que había sentido la noche en que lo eligió. El mismo que le advertía que este hombre no era en absoluto lo que parecía.
Pasaron el resto de la tarde cerrando detalles. Cada vez que Amelia proponía algo excesivo —un arreglo floral ridículamente caro, una marca de champagne que había que importar de emergencia, un fotógrafo que cobraba como si estuviera coronando a una reina—, Liam simplemente firmaba. Sin discutir. Sin siquiera levantar una ceja.
Al final del día, cuando ya estaban a punto de irse, Amelia no pudo contenerse.
—¿Por qué haces esto? —preguntó mientras se ponía el abrigo—. ¿Por qué me dejas decidir absolutamente todo? La mayoría de los hombres en tu posición al menos intentarían imponer algo.
Liam se detuvo junto a la puerta. La miró durante unos segundos largos. La luz del atardecer entraba por los ventanales y le dibujaba sombras en el rostro.
—Porque llevo mucho tiempo esperando poder darte exactamente lo que quieras —respondió con voz baja—. Y no pienso empezar nuestra vida juntos negándote nada.
Amelia se quedó sin palabras.
No había coquetería en su tono. No había intento de seducción barata. Solo una honestidad cruda que le resultó mucho más peligrosa que cualquier mentira.
Salió del club con el corazón latiéndole demasiado rápido y la certeza de que los preparativos de su boda se estaban convirtiendo en algo muy distinto a lo que había planeado.
Ya no era solo un acto de rebeldía contra su padre.
Se estaba convirtiendo en el primer movimiento de una guerra cuya naturaleza todavía no comprendía del todo.
Y Liam Sterling, el hombre que cedía en todo, el hombre que le permitía controlar cada detalle…
Era el único que parecía conocer las reglas del juego.
