Capítulo 5 Capítulo 5

El día de la boda amaneció cubierto de nubes bajas y un viento frío que movía las hojas de los árboles como si la ciudad misma estuviera inquieta.

Amelia se miró en el espejo de cuerpo completo de la suite del hotel donde se había refugiado los últimos días. El vestido era un sueño blanco roto, de líneas limpias y escote en V que bajaba lo suficiente para ser atrevido sin caer en lo vulgar. La falda caía en pliegues suaves hasta el suelo. El cabello lo llevaba recogido en un moño bajo y elegante, con algunos mechones sueltos que le acariciaban el cuello. El maquillaje era impecable, diseñado para durar horas y para ocultar cualquier rastro de duda.

Camila, vestida de verde esmeralda, se acercó por detrás y le ajustó una horquilla que se había desplazado.

—Todavía estás a tiempo de salir corriendo —dijo en voz baja, casi un susurro—. Agarramos las maletas, pedimos un auto y desaparecemos. Nadie tiene por qué saberlo.

Amelia sostuvo su propia mirada en el espejo. Los ojos que le devolvían la imagen estaban más duros de lo que recordaba.

—No.

—Amelia…

—Si me echo atrás ahora, mi padre gana. Y yo no pienso darle esa victoria. Además —se tocó el anillo de compromiso que Liam le había enviado dos días antes, una pieza sencilla de oro blanco—, ya firmé. Él también. Esto es real.

Camila suspiró y le apretó los hombros con cariño.

—Entonces vamos a hacerlo bien. Aunque sea la boda más tensa que esta ciudad haya visto.

La ceremonia se celebró en una de las salas privadas más exclusivas de un club al que solo se accedía con nombre y mucho dinero. Había pocas personas. Algunos socios de Roberto que asistían por obligación. Nadie de la familia Sterling había aparecido. Ni la madrastra. Ni Lucía. Amelia no preguntó. No quería saber todavía qué significaba esa ausencia.

Cuando entró sola —había rechazado rotundamente que alguien la entregara—, el silencio fue casi total. Liam la esperaba al final del corto pasillo de mármol. Vestía un traje negro perfecto, camisa blanca sin corbata, el cabello ligeramente ordenado. Seguía siendo pálido. Seguía siendo demasiado alto. Pero ya no se encorvaba. Su postura era recta, contenida, y sus ojos grises no se apartaron de ella ni un segundo mientras avanzaba.

Amelia sintió el corazón golpearle el pecho con una fuerza que la irritó. Había esperado ver nerviosismo en él. O al menos esa fragilidad que tanto la había atraído la noche del compromiso. En cambio, Liam la miraba con una solemnidad profunda, casi devota, como si hubiera ensayado ese momento mentalmente cientos de veces.

Las palabras del juez fueron rápidas y sin adornos. Cuando llegó el momento de los votos, Amelia habló con voz clara, sin un solo temblor. Liam respondió con un “sí” bajo y firme que pareció llenar toda la sala vacía.

El anillo que le colocó en el dedo era el mismo de oro blanco. Simple. Perfecto. Le quedó como si hubiera sido hecho a su medida.

Cuando el juez los declaró marido y mujer, no hubo aplausos. Solo el sonido de alguien moviendo una silla y un tosido educado al fondo. Liam se inclinó hacia ella. Amelia esperaba un beso protocolario, un roce rápido en la comisura de los labios. En cambio, sus labios tocaron los de ella con una lentitud deliberada, apenas presión, pero lo suficientemente intensa como para que un escalofrío le recorriera la espalda entera. No fue un beso de compromiso. Fue un sello.

Cuando se separaron, Liam le susurró tan bajo que solo ella pudo oírlo:

—Ahora eres mía.

La frase, dicha con esa voz ronca y serena, le provocó algo mucho más peligroso que molestia. Le provocó calor.

La recepción fue breve, tensa y llena de sonrisas falsas. Roberto no se acercó. Se limitó a levantar la copa desde la distancia en un gesto que cualquiera habría interpretado como cortesía y que Amelia leyó como despedida definitiva. Bebió dos copas de champagne demasiado rápido y sonrió a las personas correctas con la práctica de quien lleva años fingiendo que nada la atraviesa.

Liam no se apartó de su lado. No hablaba mucho. Pero cada vez que alguien se acercaba demasiado, su mano encontraba la parte baja de su espalda o el codo. Un contacto ligero, posesivo, inequívoco. Amelia lo notaba. Y no lo rechazaba.

Cuando por fin pudieron marcharse, el auto negro ya los esperaba en la entrada. El trayecto hasta la propiedad Sterling se hizo en un silencio cargado. Amelia miraba el anillo nuevo en su dedo como si todavía no terminara de creerlo. Liam conducía con una mano, la otra apoyada cerca de su muslo, demasiado cerca.

La mansión era todavía más imponente de noche. Luces cálidas en las ventanas altas. Jardines perfectamente iluminados. Un mayordomo de edad madura abrió la puerta principal y los recibió con una inclinación respetuosa.

—La habitación principal está lista, señor.

Liam asintió.

—Gracias, Hernán. Puedes retirarte. No necesitaremos nada más esta noche.

Cuando se quedaron solos en el amplio vestíbulo de mármol oscuro, Amelia se giró hacia él. El cansancio del día se mezclaba con una determinación feroz. Había aceptado este matrimonio. Había quemado sus últimos puentes. Ahora pensaba dejar claras las reglas desde el primer momento.

—Necesitamos hablar —dijo.

Liam la observó en silencio. Luego extendió una mano hacia la escalera principal.

—Arriba.

La habitación principal era enorme. Paredes en tonos oscuros, madera noble, una cama king size con sábanas grises de un hilo que se adivinaba carísimo. Amelia entró primero, se quitó los zapatos y los dejó a un lado. Escuchó la puerta cerrarse suavemente a su espalda.

Se giró.

Liam estaba de pie junto a la puerta, todavía con el traje, la chaqueta ya desabrochada. La luz tenue de las lámparas de mesa le suavizaba los rasgos, pero no eliminaba esa intensidad que parecía haberla seguido desde el instante en que lo eligió.

—Voy a ser muy clara —empezó Amelia, cruzándose de brazos—. Este matrimonio no cambia quién soy. Sigo siendo yo. Voy a gastar. Voy a hacer lo que me dé la gana. Y no pienso convertirme en la esposa sumisa que tu familia probablemente espera. Si no te gusta, es tu problema.

Liam inclinó ligeramente la cabeza. Un gesto casi deferente.

—Está bien.

Amelia parpadeó, desconcertada.

—¿Solo… está bien?

—Sí.

Se acercó unos pasos. No lo suficiente para invadir completamente su espacio, pero sí lo bastante para que ella tuviera que alzar la mirada.

—Puedes gastar lo que quieras. Puedes hacer lo que quieras. Puedes montar todos los escándalos que necesites. No voy a intentar cambiarte, Amelia.

La forma en que pronunció su nombre le provocó otro escalofrío.

—¿Y a cambio? —preguntó ella, porque siempre había un a cambio. Siempre.

Liam sostuvo su mirada durante unos segundos que se sintieron eternos.

—A cambio… quédate.

La simpleza de la respuesta la desarmó más de lo que cualquier lista de exigencias habría logrado. Había esperado una lucha de poder. Límites. Condiciones. En cambio, él le estaba ofreciendo exactamente lo que ella siempre había exigido de los demás: espacio y libertad. Y una sola condición que sonaba peligrosamente cercana a una súplica.

Amelia sintió que el control que había planeado ejercer se le resbalaba entre los dedos.

—Eres extraño —murmuró.

—Lo sé.

Se quedaron mirándose. El aire entre ellos se volvió más denso, cargado. Amelia era consciente de cada detalle: el sonido lejano de la casa, el leve aroma a madera y algo más oscuro que parecía venir de él, el hecho de que seguían completamente vestidos y sin embargo la tensión ya estaba allí, sutil pero innegable.

Finalmente, ella fue quien dio un paso atrás.

—Voy a ducharme. Y voy a dormir. Del lado izquierdo de la cama.

Liam asintió una sola vez.

—Como quieras.

Mientras Amelia entraba al baño y cerraba la puerta tras de sí, apoyó la frente contra la madera fría y cerró los ojos. El corazón le latía demasiado rápido. Había intentado establecer el dominio desde el primer momento. Había hablado con firmeza. Había puesto sus condiciones en la mesa.

Y Liam simplemente había cedido.

Demasiado fácil.

Demasiado rápido.

Como si llevara años esperando exactamente ese instante.

Amelia abrió los ojos y se miró en el espejo del baño. La mujer que le devolvía la mirada ya no era solo la heredera caprichosa que había entrado en aquel salón a elegir un marido por despecho.

Era la esposa de un hombre que la miraba como si acabara de ganar algo que había perseguido durante mucho, mucho tiempo.

Y esa verdad, más que cualquier otra, fue lo que más la inquietó aquella primera noche.

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