Capítulo 6 Capítulo 6

La mañana siguiente a la boda, Amelia despertó sola en la cama enorme.

El lado derecho estaba perfectamente tendido, como si nadie hubiera dormido allí. Por un segundo pensó que Liam había preferido otra habitación, pero el leve aroma a su colonia todavía flotaba en el aire y la puerta del baño estaba entreabierta. Se incorporó despacio. El vestido de novia yacía cuidadosamente doblado sobre una silla, algo que ella no había hecho. Alguien lo había recogido mientras dormía.

Se levantó, se puso una bata de seda que encontró en el armario —claramente nueva, claramente comprada para ella— y salió al pasillo. La mansión Sterling de día era todavía más imponente. Techos altos, suelos de mármol oscuro, cuadros antiguos que parecían observar a quien pasaba. No se sentía como un hogar. Se sentía como un museo donde alguien había decidido que ella era la nueva pieza de exhibición.

Bajó las escaleras guiada por el olor a café. En el comedor principal, Liam ya estaba sentado en la cabecera de la larga mesa de madera oscura. Llevaba una camisa negra arremangada y leía algo en una tablet. Al verla, levantó la vista de inmediato.

—Buenos días —dijo con esa voz baja y serena que empezaba a resultarle demasiado familiar.

—Buenos días.

Amelia se sentó frente a él. Un mayordomo apareció como por arte de magia y le sirvió café, jugo y un desayuno que parecía sacado de un restaurante de cinco estrellas. Ella no tocó casi nada. Solo sostuvo la taza entre las manos y lo observó.

—¿Dormiste aquí? —preguntó.

—Sí. Me levanté temprano. Tenía trabajo.

—¿Y no pensaste en despertarme?

Liam dejó la tablet a un lado. Sus ojos grises la estudiaron con calma.

—Parecías cansada. Preferí no hacerlo.

Otra vez esa cesión fácil. Amelia apretó la taza con un poco más de fuerza de la necesaria. Había esperado una pelea por el espacio en la cama, una discusión sobre límites, cualquier cosa que le diera la sensación de que estaba luchando por territorio. En cambio, él simplemente… le dejaba ganar.

—Voy a necesitar una tarjeta —dijo de pronto, decidiendo atacar por otro flanco—. De las que no tienen límite. Y acceso a las cuentas que me correspondan como tu esposa.

Liam no parpadeó.

—Ya está lista. Hernán te la entregará después del desayuno. También tienes una cuenta separada a tu nombre con un fondo inicial. Si necesitas más, solo tienes que pedirla.

Amelia sintió un destello de irritación mezclado con algo más peligroso. ¿Era tan simple? ¿Tan fácil?

—No pienso pedir permiso cada vez que quiera gastar —advirtió.

—No tienes que hacerlo.

Se quedaron mirándose. El silencio no era incómodo. Era cargado. Amelia fue la primera en apartar la vista. Bebió un sorbo de café y cambió de tema.

—¿Tu familia va a aparecer en algún momento o planean seguir ignorándome?

La mandíbula de Liam se tensó apenas, un movimiento mínimo que ella no habría notado si no lo estuviera observando con tanto cuidado.

—Mi madre está de viaje. Lucía… probablemente aparecerá pronto. No le hagas mucho caso.

—Ya la conocí. No me cayó bien.

—Lo sé.

Otra respuesta corta. Otra cesión. Amelia empezaba a odiar lo fácil que lo estaba haciendo todo.

Después del desayuno, Hernán le entregó una tarjeta negra elegante y un teléfono nuevo ya configurado con sus datos. Amelia no esperó más. Pidió que le prepararan el auto y salió de la mansión sin avisar a Liam. Necesitaba aire. Necesitaba sentir que todavía controlaba algo.

Pasó la mañana entera en las boutiques más caras de la ciudad. Compró vestidos que no necesitaba, zapatos que ya tenía en versiones casi idénticas, joyas que brillaban demasiado y una cartera que costaba más de lo que la mayoría de la gente ganaba en medio año. Cada vez que la tarjeta era aceptada sin el menor problema, sentía una mezcla extraña de triunfo y vacío. No era lo mismo que gastar el dinero de su padre. Con Roberto, cada compra era un grito. Con Liam, era… silencio.

Cuando regresó a la mansión por la tarde, cargada de bolsas, Liam estaba en el vestíbulo hablando en voz baja con Hernán. Al verla, despidió al mayordomo con un gesto y se acercó.

—¿Disfrutaste?

—Mucho —respondió ella, dejando las bolsas en el suelo con deliberada indiferencia—. Espero que no te importe. Compré bastante.

—No me importa.

Amelia lo miró fijamente, buscando cualquier signo de molestia, de juicio, de esa expresión que su padre siempre había tenido cuando veía las facturas. No había nada. Solo esa calma inquietante y una leve curva en la comisura de sus labios que podría haber sido casi una sonrisa.

—Eres imposible —murmuró.

—Lo sé.

Esa noche cenaron juntos en el comedor formal. Amelia había elegido uno de los vestidos nuevos, negro, ajustado, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Liam la miró al entrar, y por primera vez desde la boda vio algo distinto en sus ojos. No era sorpresa. Era hambre contenida. Un destello oscuro que desapareció tan rápido que podría haberlo imaginado.

Durante la cena habló poco. Amelia, decidida a provocar alguna reacción, comenzó a contar con detalle todo lo que había comprado, los precios, las miradas de las vendedoras. Liam escuchaba en silencio, comiendo con movimientos precisos, sin interrumpir.

Al final, cuando los platos fueron retirados, Amelia se recostó en la silla y lo desafió con la mirada.

—¿De verdad no vas a decir nada? ¿Ni una sola queja? ¿Ni una advertencia de que debería moderarme?

Liam dejó la servilleta sobre la mesa y la miró directamente.

—Amelia. Puedes vaciar cada cuenta que tengo si eso te hace feliz. No estoy casado contigo para controlarte. Estoy casado contigo porque te quiero aquí. Conmigo. El resto… es secundario.

La honestidad cruda de esas palabras la desarmó más que cualquier discusión. Sintió el calor subir por su cuello. Apartó la vista hacia la ventana, molesta consigo misma por la reacción.

—Eso no es normal —dijo en voz baja.

—Nunca he pretendido serlo.

Se levantó entonces, rodeó la mesa y se detuvo junto a su silla. Amelia tuvo que alzar la cabeza para mirarlo. Desde esa distancia podía ver con claridad la intensidad en sus ojos grises, la forma en que su mandíbula se tensaba ligeramente, como si estuviera conteniendo algo mucho más grande de lo que dejaba ver.

—Voy a trabajar un rato en el estudio —dijo—. Si necesitas algo, llama a Hernán. O ven a buscarme.

Se inclinó y rozó con los labios la comisura de su boca. Fue un gesto breve, casi casto, pero la forma en que su mano se posó un segundo en su hombro, el calor de sus dedos a través de la tela del vestido, fue cualquier cosa menos inocente. Luego se alejó sin esperar respuesta.

Amelia se quedó sentada en el comedor vacío, el corazón latiéndole con demasiada fuerza, las bolsas de compras todavía en el vestíbulo como un recordatorio absurdo de su intento de recuperar el control.

Había gastado una fortuna esa mañana. Había esperado una pelea. Había buscado el conflicto que le resultaba familiar.

Y Liam simplemente le había dado exactamente lo que pedía… mientras la miraba como si ya la hubiera reclamado de una forma mucho más profunda que cualquier anillo.

Por primera vez desde que lo eligió, Amelia se preguntó con seriedad si de verdad estaba ganando esta guerra.

O si simplemente estaba jugando exactamente el papel que alguien más había escrito para ella hacía mucho, mucho tiempo.

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