Capítulo 7 Capítulo 7

Habían pasado cuatro días desde la boda y Amelia todavía no lograba acostumbrarse al silencio de la mansión Sterling.

No era un silencio vacío. Era un silencio vigilado. Cada mañana desayunaba con Liam, quien leía en su tablet o respondía correos con esa concentración tranquila que empezaba a irritarla más de lo que admitía. Cada tarde ella salía a gastar, a pasear, a sentirse dueña de algo, y cada noche regresaba para encontrarlo esperándola, ya fuera en el comedor, en el estudio o simplemente de pie en el vestíbulo, como si hubiera calculado el momento exacto de su llegada.

No le pedía explicaciones. No le reclamaba las horas fuera. No le preguntaba en qué se había gastado el dinero. Y esa falta de conflicto la estaba volviendo loca.

La mañana del quinto día, Amelia bajó dispuesta a romper esa calma de una vez por todas. Llevaba un vestido rojo corto que había comprado el día anterior, tacones altos y una expresión de desafío ya preparada. Quería provocarlo. Quería ver si detrás de esa serenidad infinita había algo que pudiera romperse.

Pero no fue Liam quien la esperaba en el comedor.

Era Lucía.

Estaba sentada en el lugar que Amelia había ocupado desde el primer desayuno, con una taza de té entre las manos y una sonrisa suave, casi tímida, que no llegaba del todo a los ojos. Llevaba un vestido blanco de corte sencillo, el cabello recogido en una coleta baja y un aire de fragilidad calculada que a Amelia le resultó inmediatamente ofensivo.

—Amelia —saludó Lucía con voz dulce—. Qué sorpresa. No sabía que bajarías tan temprano. Liam me dijo que solías dormir hasta más tarde.

Amelia se detuvo en el umbral. El mayordomo, Hernán, apareció de inmediato para servirle café, pero ella ni siquiera lo miró. Toda su atención estaba fija en la mujer que ocupaba su sitio.

—Qué coincidencia —respondió con una sonrisa cortante—. Yo tampoco sabía que tú desayunaras aquí.

Lucía bajó la mirada con fingida modestia.

—Vine a ver cómo estaba Liam. Después de la boda… bueno, la familia está un poco preocupada. Quise asegurarme de que todo estuviera bien. Él ha estado tan callado estos días.

Amelia caminó despacio hasta la mesa y se sentó frente a ella, no a su lado. El mensaje era claro.

—Liam está perfectamente capaz de cuidarse solo. Y de decirte si necesita visitas.

—Oh, no lo dudo —Lucía soltó una risita suave—. Pero a veces los hombres no saben pedir ayuda. Especialmente Liam. Siempre ha sido… sensible. Desde que éramos más jóvenes.

La forma en que dijo “sensible” hizo que a Amelia se le tensara la mandíbula. Conocía ese tono. Era el mismo que usaban las mujeres que se presentaban como protectoras mientras clavaban agujas con cada palabra.

—Qué noble de tu parte preocuparte tanto por mi esposo —dijo Amelia, enfatizando deliberadamente las dos últimas palabras—. Aunque, si no me equivoco, ya no vives aquí. ¿O sí?

Lucía parpadeó, sorprendida por la directividad.

—La señora Sterling me pidió que viniera de vez en cuando. Para no dejarlo solo. Después de todo, todavía somos casi familia.

—Casi —repitió Amelia—. Qué conveniente.

El silencio que siguió fue denso. Hernán, inteligente como siempre, desapareció sin hacer ruido. Amelia bebió un sorbo de café sin quitarle los ojos de encima a Lucía. La otra mujer sostenía la taza con ambas manos, como si necesitara el calor, y evitaba el contacto visual directo. Todo en ella gritaba vulnerabilidad. Todo en ella olía a actuación.

—Escucha —dijo Amelia al fin, bajando la voz pero no la dureza—. No sé qué tipo de relación tenías con Liam antes de que yo llegara, y honestamente me importa muy poco. Pero ahora soy su esposa. Esta es mi casa. Y no me gusta encontrar a otras mujeres sentadas en mi lugar a las ocho de la mañana.

Lucía levantó la vista. Por un segundo, algo frío y afilado cruzó su expresión antes de que la máscara de dulzura volviera a colocarse.

—No pretendía ofenderte, Amelia. De verdad. Solo… me preocupa. Liam nunca había hecho algo tan impulsivo como casarse de un día para otro. Y contigo… bueno, ustedes se conocieron esa misma noche, ¿verdad? Es normal que la familia esté un poco inquieta.

Amelia sonrió. Esa sonrisa que usaba cuando estaba a punto de ser cruel.

—La familia puede estar tan inquieta como quiera. Yo no me voy a ninguna parte. Y si Liam necesita consuelo, ya tiene quien se lo dé.

En ese momento se escucharon pasos en el pasillo. Liam entró al comedor con el cabello todavía húmedo de la ducha y una camisa oscura sin abrochar del todo. Al ver a las dos mujeres sentadas una frente a la otra, su expresión cambió apenas. Un destello de tensión pasó por sus ojos grises.

—Lucía —dijo con voz neutra—. No sabía que vendrías hoy.

—Quería ver cómo estabas —respondió ella, poniéndose de pie de inmediato y acercándose a él con esa familiaridad que a Amelia le erizó la piel—. Te ves cansado. ¿Has estado durmiendo bien?

Liam no respondió de inmediato. Su mirada se desvió hacia Amelia, como buscando algo en su rostro. Luego, con deliberada lentitud, se acercó a la mesa y se detuvo junto a la silla de su esposa. Una de sus manos se posó en el respaldo, cerca del hombro de Amelia, un gesto posesivo disimulado.

—Estoy bien —dijo al fin—. No hacía falta que vinieras.

Lucía pareció dudarlo un segundo. Luego sonrió con suavidad.

—Siempre haré falta si se trata de ti. Ya sabes cómo es la señora Sterling. Se preocupa. Y yo también.

Amelia dejó la taza sobre el plato con un sonido más fuerte de lo necesario.

—Qué conmovedor. ¿Planeas quedarte a almorzar también o solo viniste a revisar que tu “hermano” no se hubiera escapado?

El veneno en su voz fue imposible de ignorar. Lucía abrió ligeramente los ojos, como si estuviera herida, y miró a Liam en busca de apoyo. Él, sin embargo, no se movió de junto a Amelia.

—Creo que ya es suficiente por hoy, Lucía —dijo con suavidad, pero con un filo que no admitía discusión—. Gracias por venir. Hernán puede acompañarte a la salida.

Hubo un instante de silencio tenso. Lucía miró de uno a otro, y por primera vez la máscara se resquebrajó lo suficiente para que Amelia viera algo parecido a resentimiento real. Luego volvió a componerse.

—Por supuesto. No quería interrumpir. —Se acercó a Liam y le tocó el brazo con familiaridad—. Cuídate. Y… si necesitas hablar, ya sabes dónde encontrarme.

Salió del comedor con la espalda recta y el paso elegante. Solo cuando el sonido de sus tacones se perdió en el vestíbulo, Amelia soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Liam retiró la mano del respaldo de la silla y se sentó frente a ella. No dijo nada. Simplemente la observó mientras Hernán reaparecía para servirle café.

—No me gusta —dijo Amelia al fin, sin rodeos—. No me gusta cómo te mira. No me gusta cómo habla de ti. Y no me gusta que entre a esta casa como si todavía viviera aquí.

Liam giró la taza entre las manos, contemplando el líquido oscuro.

—Lucía fue acogida por mi madre cuando tenía quince años. Se crio aquí. Para ella, esta casa sigue siendo suya de alguna forma.

—Pues ya no lo es.

—Lo sé.

Amelia lo miró con intensidad.

—¿Vas a hacer algo al respecto o vas a seguir permitiendo que venga cuando se le dé la gana?

Liam levantó la vista. Había algo oscuro y contenido en sus ojos, algo que no había dejado ver hasta ese momento.

—Voy a ocuparme.

—¿Eso qué significa exactamente?

—Significa que no voy a permitir que nadie te haga sentir incómoda en tu propia casa. Incluyéndola a ella.

La forma en que lo dijo, baja y firme, provocó un calor inesperado en el pecho de Amelia. No era la reacción explosiva que había buscado. Era algo más peligroso: una promesa tranquila. Una posesión disfrazada de protección.

Se quedó callada un momento, girando la cuchara dentro de la taza ya fría.

—No necesito que me protejas de ella —murmuró al fin—. Puedo defenderme sola.

—Lo sé —respondió Liam—. Pero eso no significa que vaya a quedarme de brazos cruzados mientras alguien intenta hacerte daño. Aunque sea con sonrisas.

Amelia sintió que el aire se volvía más denso entre los dos. Había una tensión distinta ahora. No era solo irritación. Era algo más profundo, más físico. La forma en que Liam la miraba, sin parpadear, como si estuviera memorizando cada microexpresión de su rostro, le provocó un escalofrío que no tuvo nada que ver con el frío del comedor.

—Eres demasiado intenso a veces —dijo en voz baja.

—Solo contigo.

La confesión fue simple. Directa. Y le removió algo en el estómago.

Amelia apartó la vista hacia la ventana, molesta por la forma en que su cuerpo reaccionaba. Había bajado esa mañana dispuesta a pelear, a provocar, a recuperar la sensación de control que se le escapaba entre los dedos. En cambio, se había encontrado con Lucía ocupando su espacio, con Liam defendiéndola en silencio, y con la molesta certeza de que cada vez le costaba más mantener la distancia emocional que se había propuesto.

—Voy a salir —anunció de pronto, poniéndose de pie—. Necesito aire.

Liam no intentó detenerla. Solo asintió una vez.

—El auto está listo cuando quieras. Y Amelia…

Ella se detuvo en el umbral, sin girarse del todo.

—¿Sí?

—Si Lucía vuelve a aparecer sin avisar, dímelo. No tienes que enfrentarlo sola.

Amelia cerró los ojos un segundo. Odiaba lo mucho que esas palabras le afectaban. Odiaba lo fácil que era para él desarmarla sin ni siquiera alzar la voz.

—No soy una damisela en apuros, Liam.

—Nunca dije que lo fueras. —Su voz llegó suave, pero firme—. Dije que eres mía. Y yo cuido lo que es mío.

El escalofrío esta vez fue imposible de ignorar. Amelia salió del comedor sin responder, el corazón golpeándole las costillas con demasiada fuerza, y la molesta certeza de que la guerra que había creído controlar

se estaba volviendo cada día más complicada.

Y lo peor de todo era que una parte traicionera de ella… empezaba a no querer ganar del todo.

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