Capítulo 8 Capítulo 8
La invitación llegó dos días después del enfrentamiento con Lucía.
No era una invitación propiamente dicha. Era un mensaje breve y frío enviado al teléfono de Liam desde el número de la señora Sterling:
Cena familiar. Viernes. 20:00. Asistencia esperada.
Liam se lo mostró a Amelia mientras desayunaban. Ella leyó el mensaje dos veces, sintiendo cómo la irritación le subía por la garganta como ácido.
—¿Asistencia esperada? —repitió con tono burlón—. Qué amable. Casi parece que nos están haciendo un favor al recibirnos.
—Es la forma en que mi madre se comunica —respondió Liam con calma—. No espera negativa.
—Pues va a tener que acostumbrarse a las sorpresas. Porque yo no pienso ir a que me examinen como si fuera una yegua de subasta.
Liam dejó la tablet a un lado y la miró con esa intensidad tranquila que ya le resultaba demasiado familiar.
—Si no quieres ir, no vamos.
Amelia lo observó, buscando la trampa. No había ninguna. Solo esa cesión constante que cada día le resultaba más desconcertante… y más adictiva.
—Claro que vamos a ir —dijo al fin, con una sonrisa afilada—. No pienso darles el gusto de pensar que me escondo. Pero no esperes que me comporte como la nuera perfecta.
—Nunca lo esperé.
El viernes por la noche, Amelia eligió su armadura con cuidado. Un vestido negro de corte estructurado, escote profundo, hombros descubiertos y una falda que se movía como humo con cada paso. Joyas minimalistas pero carísimas. Tacones que la hacían casi tan alta como Liam. El cabello suelto, ondulado, cayéndole por la espalda. Se miró en el espejo y sonrió con frialdad. Si iban a juzgarla, que lo hicieran mientras ella se veía imponente.
Liam la esperaba en el vestíbulo. Llevaba un traje oscuro impecable y una expresión imposible de leer. Cuando la vio bajar las escaleras, sus ojos recorrieron su cuerpo con una lentitud deliberada que le provocó un calor traicionero en la piel.
—Estás hermosa —dijo simplemente.
—Lo sé —respondió ella—. Esa es la idea.
La casa de la señora Sterling era aún más fría y ostentosa que la mansión de Liam. Todo mármol blanco, cristales y un silencio que parecía juzgar a quien lo rompía. Los recibieron en un salón amplio donde ya estaban reunidos varios miembros de la familia. Amelia reconoció a dos de los medio hermanos de Liam que lo habían humillado la noche del compromiso. También estaba Lucía, sentada junto a una mujer mayor de cabello plateado y mirada cortante: la señora Sterling.
La tensión fue inmediata.
—Liam —saludó la mujer mayor con voz educada y distante—. Qué… puntual.
—Madre —respondió él inclinando ligeramente la cabeza—. Esta es Amelia.
Amelia no sonrió. Se limitó a sostener la mirada de la mujer con la misma frialdad que recibía.
—Un placer —dijo sin que sonara a placer en absoluto.
La señora Sterling la evaluó de arriba abajo con la precisión de quien ha pasado la vida midiendo el valor de las personas.
—Así que tú eres la joven que convenció a mi hijo de casarse en menos de una semana. Qué… precipitada.
—Prefiero el término “decidida” —respondió Amelia con dulzura venenosa—. Pero cada quien interpreta las cosas a su manera.
Uno de los medio hermanos soltó una risa baja. Lucía bajó la mirada fingiendo incomodidad, pero Amelia captó el leve brillo de satisfacción en sus ojos.
La cena fue un ejercicio de crueldad educada.
Cada comentario estaba diseñado para herir sin parecerlo. Hablaron de lo inusual que resultaba un matrimonio tan rápido. De lo poco que se sabía sobre el pasado de Amelia. De lo “generoso” que había sido Liam al aceptarla a pesar de su reputación de gastadora y conflictiva. Uno de los hermanos mencionó, como quien no quiere la cosa, que las familias serias preferían esposas que aportaran estabilidad, no escándalos.
Amelia bebió vino en silencio durante los primeros veinte minutos, dejando que las palabras se acumularan. Liam, a su lado, estaba tenso. Cada vez que alguien lanzaba una indirecta, su mano se cerraba un poco más alrededor de la copa. Pero no intervenía. Todavía.
Hasta que Lucía, con su voz suave y preocupada, decidió clavar el cuchillo más profundo.
—Solo esperamos que Amelia entienda lo importante que es la discreción en esta familia —dijo, mirando a la señora Sterling como buscando aprobación—. Liam ha tenido que lidiar con suficientes… complicaciones en su vida. Sería una lástima que ahora tuviera que cargar también con una esposa que no sabe comportarse.
El silencio que siguió fue absoluto.
Amelia dejó la copa sobre la mesa con deliberada lentitud. Luego sonrió. Esa sonrisa peligrosa que anunciaba que el espectáculo estaba a punto de comenzar.
—Qué interesante —dijo en voz clara, lo suficientemente alta para que todos la escucharan—. Resulta que la única que no sabe comportarse en esta mesa eres tú, Lucía. Entrar a mi casa sin invitación, sentarte en mi lugar y ahora intentar darme lecciones de discreción delante de toda esta gente tan elegante. Qué… atrevido de tu parte.
Lucía abrió los ojos, fingiendo sorpresa herida.
—Yo solo…
—Tú solo lo que —la interrumpió Amelia, inclinándose ligeramente hacia adelante—. ¿Solo te preocupas? Qué noble. Lástima que tu preocupación huela tanto a envidia. Dime, ¿te molesta tanto que Liam me haya elegido a mí y no a la niñita buena que su madre recogió por lástima?
El golpe dio de lleno. Lucía palideció. Uno de los hermanos soltó un silbido bajo. La señora Sterling apretó los labios hasta convertirlos en una línea fina.
—Señorita Harper —dijo la mujer mayor con voz glacial—. Está usted en mi casa.
—Señora Sterling —respondió Amelia sin bajar la mirada—. Estoy aquí porque su hijo me eligió. No porque ustedes me hayan invitado con gusto. Y si pensaban que iba a sentarme callada mientras me despedazaban con sonrisas falsas, se equivocaron de mujer.
Liam se puso de pie en ese momento. El movimiento fue lento, controlado, pero la tensión que emanaba de él hizo que varios de los presentes se removieran incómodos en sus asientos.
—Suficiente —dijo con voz baja y peligrosa—. Amelia es mi esposa. Cualquier comentario sobre ella es un comentario sobre mí. Y no voy a tolerar que se la irrespete en esta mesa… ni en ninguna otra.
La señora Sterling lo miró con una mezcla de sorpresa y decepción.
—Liam, no seas dramático. Solo estábamos…
—Ya oyeron —cortó él—. Terminamos de cenar. Nos vamos.
Amelia se levantó con elegancia, recogió su clutch y miró a cada uno de los presentes con desprecio abierto. Cuando sus ojos se encontraron con los de Lucía, sonrió de lado.
—La próxima vez que quieras hablar de mí, hazlo a la cara. Y con mejor material. Esto fue patético.
Salió del salón sin esperar a nadie. Liam la siguió de cerca. Solo cuando estuvieron dentro del auto y las puertas se cerraron, Amelia permitió que el temblor de adrenalina le recorriera las manos.
—Podrías haber dejado que terminara de destruirlos —dijo, mirando por la ventana mientras el auto se alejaba de la casa.
—Lo sé —respondió Liam—. Pero no iba a quedarme sentado mientras te atacaban. Nunca más.
Ella giró la cabeza hacia él. La luz de los faroles de la calle dibujaba sombras afiladas en su rostro. Había una furia contenida en sus ojos grises, una posesión oscura que le provocó un escalofrío distinto al de la rabia.
—Eres demasiado intenso —susurró.
—Solo cuando se trata de ti.
El resto del trayecto transcurrió en silencio. Pero ya no era el silencio incómodo de los primeros días. Era un silencio cargado, eléctrico, lleno de todo lo que no se habían dicho todavía.
Cuando llegaron a la mansión, Amelia bajó del auto antes de que el chofer pudiera abrir la puerta. Liam la alcanzó en los escalones de entrada. Sin decir palabra, tomó su muñeca y la detuvo.
—Amelia.
Ella se giró. Estaban demasiado cerca. El aire de la noche era frío, pero el calor que emanaba de él era imposible de ignorar.
—Gracias —dijo ella de pronto, sorprendiéndose a sí misma—. Por defenderme. Aunque no lo necesitaba.
Liam sostuvo su mirada durante unos segundos largos. Luego, con una lentitud deliberada, levantó la mano y le apartó un mechón de cabello del rostro. Sus dedos rozaron su mejilla apenas un instante, pero fue suficiente para que el cuerpo de Amelia reaccionara con un escalofrío traicionero.
—Siempre —prometió en voz baja—. Aunque no lo necesites. Aunque digas que puedes sola. Siempre.
Amelia tragó saliva. El orgullo le pedía a gritos que se apartara, que recuperara el control, que no dejara que esas palabras la afectaran. Pero una parte más profunda, más hambrienta, quería quedarse exactamente donde estaba.
Al final, fue ella quien dio un paso atrás.
—Buena noche, Liam.
—Buena noche, Amelia.
Subió las escaleras sintiendo su mirada clavada en su espalda cada escalón del camino. Y por primera vez desde que se casaron, la idea de dormir en habitaciones separadas le resultó… insufrible.
