Capítulo 4 Puerta

La primera puerta acababa de abrirse.

No entendía qué significaba aquello.

Pero por la expresión de Nick sabía que no era nada bueno.

La campana continuó sonando a lo lejos.

Cuatro veces.

Cinco.

Cada sonido parecía atravesar las paredes de la habitación.

—¿Qué es esa campana? —pregunté.

Nick no respondió.

Seguía mirando hacia la ventana.

La palabra DIECINUEVE permanecía escrita sobre el cristal, formada por una capa de hielo que parecía extenderse lentamente.

—Nick.

—No te acerques a la ventana.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Se acercó y cerró las cortinas de golpe.

—Tenemos que salir de aquí.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Adónde?

—No lo sé todavía.

—¡¿Cómo que no lo sabes?!

Nick abrió la puerta.

—Hay demasiadas cosas que no te he contado.

—Eso ya lo sé.

—Y algunas tendrás que descubrirlas poco a poco.

—Pues empieza por algo.

Me miró.

—¿Recuerdas tu sueño?

Fruncí el ceño.

—¿Cuál?

—La caja negra.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo sabes que soñé con eso?

Nick se quedó inmóvil.

—Porque yo también lo vi.

—¿En un sueño?

—No.

—Entonces ¿cómo?

No respondió.

—Nick.

—La caja existe.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—Pero acabas de decir...

—Sé que existe. No sé dónde está ahora.

Salí detrás de él.

—¿Y qué tiene dentro?

Nick cerró la puerta de la residencia.

—La respuesta a todo esto.

El campus estaba prácticamente vacío.

La mayoría de los estudiantes habían regresado a sus dormitorios.

El viento soplaba con fuerza y las hojas secas cubrían los caminos.

Caminábamos uno al lado del otro.

Yo abrazaba mi abrigo contra mi cuerpo.

—¿A dónde vamos?

—A una iglesia.

Lo miré.

—¿Una iglesia?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque allí no pueden entrar.

—¿Quiénes?

Nick soltó un suspiro.

—Demonios.

Me detuve.

—No puedes estar hablando en serio.

Él siguió caminando.

—¿Crees que estoy bromeando?

—No sé qué creer.

—Entonces empieza por creerme a mí.

—Eso es lo que más me cuesta.

Nick sonrió ligeramente.

—Lo sé.

Seguimos caminando.

Después de unos minutos, llegamos a una pequeña iglesia que parecía abandonada.

Las puertas estaban cerradas.

Nick sacó una llave.

—¿También tienes llaves de iglesias abandonadas?

—Esta no está abandonada.

Abrió la puerta.

Entramos.

El interior estaba oscuro.

Había bancos cubiertos de polvo, velas apagadas y un enorme crucifijo sobre el altar.

Sentí una extraña presión en el pecho.

—¿Por qué siento esto?

Nick me miró.

—¿Qué sientes?

—Como si conociera este lugar.

—Es posible.

—Nunca he estado aquí.

—No conscientemente.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué significa eso?

Nick caminó hasta el altar.

—Que quizá ya habías estado aquí antes.

—¿Cuándo?

—Cuando eras pequeña.

—¿Me trajiste?

—No.

—Entonces ¿quién?

Nick no contestó.

—Aquiles.

El nombre volvió a provocarme aquella sensación extraña.

—¿Quién es Aquiles?

—La persona que empezó todo.

—Quiero conocerlo.

Nick se quedó callado.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque está muerto.

El silencio cayó entre nosotros.

—¿Cuándo murió?

—Hace años.

—¿Y tú cómo sabes todo esto?

Nick se volvió hacia mí.

—Porque estuve allí.

—¿Cuándo?

—La noche en que naciste.

Sentí que se me aceleraba el corazón.

—Tú estabas allí.

—Sí.

—¿Me viste?

—Sí.

—¿Qué pasó?

Nick bajó la mirada.

—Naciste a las tres y diecisiete de la madrugada.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo sabes la hora exacta?

—Porque nunca la olvidé.

Se acercó lentamente.

—Había demasiadas personas buscando entrar al hospital.

—¿Personas?

—No eran personas.

—Entonces, ¿qué eran?

—Demonios.

Me abracé a mí misma.

—Esto es una locura.

—Lo sé.

—¿Y mis padres?

Nick no respondió inmediatamente.

Aquello me hizo sentir miedo.

—Nick.

—Tu madre sabía que algo iba a suceder.

—¿Qué?

—Aquiles se lo había advertido.

—¿Mi madre conocía a Aquiles?

—Sí.

Sentí un nudo en la garganta.

Toda mi vida había creído conocer a mis padres.

Habían muerto cuando yo era pequeña.

Eso era lo único que recordaba.

—¿Mi madre sabía lo que llevaba dentro?

Nick asintió.

—Sí.

—Entonces ¿por qué nunca me dijeron nada?

—Porque no tuvieron oportunidad.

Lo miré.

—¿Qué significa eso?

Nick apretó la mandíbula.

—Murieron intentando protegerte.

No pude respirar durante unos segundos.

—¿Murieron... por mí?

—Sí.

Una lágrima escapó de mis ojos.

No quería llorar.

No delante de él.

Pero era demasiado.

Nick se acercó.

—Gianna...

—No.

Me limpié la mejilla.

—No me tengas lástima.

—No lo hago.

—Entonces no me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si fuera una niña.

Nick se quedó frente a mí.

—Nunca te he visto como una niña.

—¿Entonces cómo?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Como alguien que ha sobrevivido demasiado sin siquiera saberlo.

No supe qué responder.

Durante unos segundos solo nos miramos.

Y entonces escuchamos un golpe.

Ambos nos giramos.

Una de las puertas de la iglesia se cerró violentamente.

Nick se puso delante de mí.

—Quédate detrás.

—¿Otra vez?

—Esta vez sí.

Las velas del altar comenzaron a encenderse una por una.

Una figura apareció al fondo.

No podía verle el rostro.

—¿Quién eres? —pregunté.

Nick dio un paso adelante.

—No deberías estar aquí.

La figura soltó una risa.

—Tú tampoco.

La voz me resultaba familiar.

Muy familiar.

Nick se tensó.

—No.

La figura avanzó.

La luz de las velas iluminó su rostro.

Era una mujer.

Cabello largo.

Piel extremadamente pálida.

Ojos completamente negros.

Sentí que mi cuerpo se congelaba.

—¿Qué... qué es eso?

Nick no apartó la mirada.

—Un demonio.

La mujer sonrió.

—Hola, Gianna.

Retrocedí.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Te conozco desde antes de que nacieras.

Nick levantó una mano.

—No la toques.

La mujer soltó una carcajada.

—Sigues creyendo que puedes protegerla.

—Puedo.

—No para siempre.

—No necesito hacerlo para siempre.

La mujer ladeó la cabeza.

—Entonces sabes lo que ocurrirá cuando cumpla diecinueve.

Nick no respondió.

Ella sonrió.

—La puerta se abrirá completamente.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué puerta?

La mujer me miró.

—La que llevas dentro.

No entendía nada.

—¿Qué quieren de mí?

—No queremos nada de ti.

Su sonrisa se volvió más amplia.

—Queremos lo que está dentro de ti.

Nick se lanzó hacia ella.

La mujer desapareció.

Apareció detrás de nosotros.

—¡Nick!

Él se giró.

La mujer extendió la mano.

Una fuerza invisible golpeó a Nick y lo lanzó contra uno de los bancos.

—¡Nick!

Corrí hacia él.

—No —gruñó.

Me detuve.

La mujer caminó hacia mí.

—No tengas miedo.

—¡Aléjate!

Levanté las manos.

La misma luz blanca apareció.

La mujer se detuvo.

Por primera vez pareció preocupada.

—Ya despertó.

Nick se levantó lentamente.

—Te dije que no la tocaras.

—No necesito tocarla.

La mujer desapareció.

Y apareció justo frente a mí.

Sentí una mano helada sobre mi frente.

Entonces todo se volvió negro.

Abrí los ojos.

Estaba en una habitación que no reconocía.

Las paredes eran blancas.

La misma habitación de mi sueño.

La caja negra estaba frente a mí.

Sobre una mesa.

—No...

Me acerqué.

No quería hacerlo.

Pero mis piernas se movieron por voluntad propia.

Extendí la mano.

Toqué la caja.

Esta vez no escuché la voz.

Vi algo.

Un hospital.

Una mujer acostada en una cama.

Mi madre.

La reconocí inmediatamente.

Aunque era mucho más joven de lo que recordaba.

Estaba llorando.

Aquiles permanecía a su lado.

—No puedo hacerlo —decía mi madre.

—Debes hacerlo.

—Es mi hija.

—Precisamente por eso.

—¿Y si falla?

Aquiles la miró con tristeza.

—Entonces el mundo caerá con ella.

La imagen cambió.

Vi una puerta.

Era enorme.

Negra.

Había símbolos extraños tallados en ella.

Y frente a la puerta estaba Nick.

Pero no parecía el Nick que conocía.

Su cabello era más largo.

Su ropa era diferente.

Y sus ojos...

Sus ojos eran completamente negros.

—No —susurré.

La visión volvió a cambiar.

Ahora veía a una pequeña niña.

Yo.

Estaba en una habitación.

Tenía aproximadamente un año.

Nick estaba sentado a varios metros de distancia.

Me observaba.

Pero no se acercaba.

Aquiles estaba junto a él.

—No puedes encariñarte —le decía.

Nick no respondió.

—Nick.

—Lo sé.

—Ella no te pertenece.

—Lo sé.

—Cuando llegue el momento tendrás que entregarla.

Nick miró a la niña.

—Lo sé.

Pero en su expresión había algo diferente.

Algo que no parecía obediencia.

Parecía dolor.

La visión desapareció.

Abrí los ojos.

Estaba nuevamente en la iglesia.

Nick estaba arrodillado frente a mí.

—Gianna.

Lo miré.

—¿Cuánto tiempo?

—Unos segundos.

—Yo vi...

No pude terminar.

—Lo sé.

—Vi mi nacimiento.

Nick no dijo nada.

—Te vi cuando era bebé.

Silencio.

—Tú estabas allí.

—Sí.

—¿Por qué?

Nick bajó la mirada.

—Porque tenía que protegerte.

—¿Desde siempre?

—Sí.

—¿Y nunca te cansaste?

Una sonrisa triste apareció en su rostro.

—Muchas veces.

—Entonces ¿por qué nunca te fuiste?

Nick me miró.

Y esta vez no hubo arrogancia.

No hubo sarcasmo.

Solo una sinceridad que me dejó sin palabras.

—Porque cada vez que pensaba en irme, algo me decía que debía quedarme.

—¿Qué cosa?

—Tú.

Mi corazón dio un vuelco.

Aparté la mirada.

No sabía qué sentir.

Miedo.

Confusión.

Rabia.

Pero también algo más.

Algo que no quería reconocer.

Nick se puso de pie.

—Tenemos que irnos.

—¿Por qué?

—Porque ella volverá.

—¿La demonio?

—Sí.

—¿Y qué hacemos?

Nick me ofreció la mano.

La miré.

Después la tomé.

Su mano estaba fría.

Pero, de alguna manera, me hizo sentir segura.

Salimos de la iglesia.

La lluvia había comenzado nuevamente.

Caminamos unos metros.

Entonces me detuve.

—Nick.

Él se giró.

—¿Qué?

—¿Qué pasará cuando cumpla diecinueve?

Su rostro se volvió serio.

—La puerta se abrirá.

—¿Y después?

—Después...

Se quedó callado.

—Dímelo.

Nick sostuvo mi mirada.

—Tendrás que elegir.

—¿Elegir qué?

—Si quieres vivir como humana...

Hizo una pausa.

—O descubrir qué eres realmente.

Sentí un escalofrío.

—¿Y tú qué elegirías?

Nick no respondió.

Solo me miró.

Y por primera vez comprendí algo.

Nick no tenía miedo de los demonios.

No tenía miedo de la puerta.

Ni siquiera parecía tener miedo de lo que yo llevaba dentro.

Tenía miedo de perderme.

Y eso fue lo que más me asustó.

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