Capítulo 5 Lluvia
No dije nada durante varios segundos.
La lluvia golpeaba mi rostro y se mezclaba con las lágrimas que no sabía cuándo habían empezado a caer.
Nick seguía frente a mí, observándome como si estuviera esperando que tomara alguna decisión.
Pero ¿qué decisión podía tomar?
Ni siquiera sabía qué era.
Toda mi vida había pensado que era una chica normal.
Había ido a la escuela, había hecho amigos, había discutido con profesores, me había enamorado alguna vez, había trabajado después de clases y había aprendido a sobrevivir sola después de perder a mis padres.
Normal.
Eso era lo que creía ser.
Ahora resulta que había una puerta dentro de mí.
Una llave.
Demonios.
Un hombre que llevaba dieciocho años protegiéndome.
Y un chico que parecía saber más sobre mi vida que yo misma.
—Quiero volver a mi residencia —dije finalmente.
Nick asintió.
—Está bien.
Empezamos a caminar.
Esta vez no dijo nada.
Yo tampoco.
Pero había una pregunta que no dejaba de rondarme la cabeza.
—Nick.
—¿Sí?
—¿Tú eres humano?
Se detuvo.
Lo miré.
La lluvia había oscurecido su cabello y algunas gotas descendían por su rostro.
—No.
Sentí un vacío en el estómago.
—Entonces ¿qué eres?
Nick miró hacia otro lado.
—Algo que no deberías conocer.
—Ya conozco demasiadas cosas que no debería.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
Continuó caminando.
—Algún día te lo contaré.
—¿Cuándo?
—Cuando sea necesario.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre ha sido así.
Me molesté.
—¡Deja de decidir por mí!
Nick se detuvo nuevamente.
—No estoy decidiendo por ti.
—Sí lo haces.
—Estoy intentando mantenerte viva.
—¿Y quién te pidió que lo hicieras?
Aquello pareció dolerle.
—Nadie.
—Entonces deja de hacerlo.
Nick me miró fijamente.
—No puedo.
—¿Por qué?
Su respuesta llegó en un susurro.
—Porque prometí hacerlo.
—¿A quién?
—A Aquiles.
Fruncí el ceño.
—¿Y por qué te importa tanto una promesa hecha hace dieciocho años?
Nick apartó la mirada.
—Porque las promesas hechas antes de morir son las más difíciles de romper.
No supe qué decir.
Cuando llegamos a la residencia, Olivia todavía no había regresado.
Encendí la luz.
Todo estaba exactamente como lo había dejado.
Mi bolso sobre la cama.
Los libros encima del escritorio.
La taza que había olvidado lavar.
Mi vida normal.
Me senté en la cama.
Nick permaneció de pie junto a la puerta.
—¿No vas a entrar?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero incomodarte.
Lo miré sorprendida.
Era la primera vez que decía algo así.
—Puedes quedarte.
Nick levantó una ceja.
—¿Segura?
—Sí.
Entró.
Se sentó en la silla frente a mi escritorio.
Durante unos minutos ninguno habló.
Finalmente, respiré profundamente.
—Cuéntame todo.
Nick negó con la cabeza.
—No puedo.
—Entonces cuéntame lo que puedas.
Me miró.
—¿Por dónde quieres empezar?
—Por mí.
—Está bien.
Se acomodó en la silla.
—Cuando naciste, Aquiles sabía que alguien intentaría encontrarte.
—¿Quién?
—Un grupo de caídos.
—¿Demonios?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tu madre había conseguido algo que ellos necesitaban.
—¿Qué?
Nick me observó.
—La llave.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Mi madre la tenía?
—No exactamente.
—Entonces ¿qué significa?
—La llave no es un objeto común.
—Pero la mujer dijo que estaba dentro de mí.
—Porque está dentro de ti.
Me quedé mirando mis manos.
—¿Cómo?
—Aquiles utilizó un ritual.
—¿Para ponerla dentro de mí?
—Sí.
—Eso es horrible.
—No había otra manera de esconderla.
—¿Por qué no destruirla?
Nick soltó una pequeña risa amarga.
—Porque no puede destruirse.
—¿Y qué abre?
Nick guardó silencio.
—Una puerta.
—Eso ya lo sé.
—No una puerta física.
—Entonces ¿qué?
—Un lugar.
Esperé.
—¿Qué lugar?
—El Infierno.
La palabra me hizo estremecer.
—¿Quieres decir...?
—Hay un lugar que separa nuestro mundo del suyo.
—¿Y yo puedo abrirlo?
—No tú sola.
—¿Quién más?
Nick bajó la mirada.
—Yo.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Tú?
—La llave necesita dos partes.
—¿Cuáles?
—La energía que llevas dentro...
Levantó la mirada.
—Y la mía.
Comprendí algo.
—Por eso estás conmigo.
—En parte.
—¿En parte?
Nick no respondió.
—¿Qué otra razón existe?
—Porque si alguien intenta quitarte la llave, morirás.
—¿Y tú?
—Yo también.
Me quedé callada.
—Entonces estamos conectados.
—Sí.
—¿Desde que nací?
—Desde esa noche.
Me levanté lentamente.
—¿Y nunca me dijiste nada?
—¿Qué habría cambiado?
—¡Todo!
—Tenías cinco años.
—Podrías haberme dicho cuando fui mayor.
—Tenías diez.
—¿Y a los quince?
—No estabas preparada.
—¿Y ahora sí?
Nick me sostuvo la mirada.
—Ahora ya no hay opción.
La puerta se abrió.
Olivia entró cargando varios libros.
—¿Gianna?
Se detuvo al ver a Nick.
—Oh.
Miró hacia mí.
Luego a él.
Después otra vez a mí.
—¿Interrumpo algo?
—No —respondí rápidamente.
Nick se levantó.
—Me voy.
—¿Ya?
No sé por qué lo pregunté.
Nick me miró.
—Nos vemos mañana.
Olivia levantó una ceja.
—¿Mañana?
Nick sonrió.
—Tenemos clase.
—Claro.
Salió.
Esperé a escuchar la puerta cerrarse.
Entonces Olivia dejó los libros sobre la mesa.
—¿Qué está pasando?
—Nada.
—Gianna.
—En serio.
—Hay un hombre misterioso en nuestra habitación a medianoche, tú tienes cara de haber visto un fantasma y él parece salido de una película de terror.
Me senté.
—No sé cómo explicarlo.
—Inténtalo.
La miré.
Quería contarle.
Quería decirle todo.
Pero una parte de mí sabía que no podía.
No todavía.
—Nick me está ayudando con algo.
Olivia frunció el ceño.
—¿Con qué?
—Con... cosas personales.
—¿Cosas personales?
—Sí.
—Eso sonó peor.
Me reí.
Por primera vez desde hacía horas.
—Olivia.
—Está bien.
Se sentó a mi lado.
—Pero si ese chico te hace daño, me lo dices.
—Lo haré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
No sabía que esa promesa sería tan difícil de cumplir.
Aquella noche soñé nuevamente con la caja.
Esta vez estaba abierta.
Dentro había una pequeña piedra negra.
Parecía un cristal, pero tenía una luz blanca en el centro.
La tomé.
Una voz susurró:
—Despierta.
Abrí los ojos.
Estaba sentada en mi cama.
No recordaba haberme levantado.
La habitación estaba oscura.
Olivia dormía profundamente.
Entonces escuché un ruido.
Tres golpes.
En la ventana.
Me quedé inmóvil.
Tres golpes más.
Me acerqué lentamente.
Aparté la cortina.
No había nadie.
Solo la lluvia.
Respiré aliviada.
Hasta que vi algo escrito en el cristal.
NO CONFÍES EN NICK.
Retrocedí.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
La escritura empezó a cambiar.
Las letras se borraron.
Apareció otra frase.
ÉL TE ENTREGARÁ.
Sentí frío.
No sabía qué pensar.
Una parte de mí quería creer que era una mentira.
Otra recordaba las palabras de Aquiles.
"Cuando llegue el momento tendrás que entregarla."
¿Y si Nick realmente tenía planeado entregarme?
¿Y si todo aquello de protegerme era simplemente parte del trato?
Me alejé de la ventana.
Entonces mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Te dije que no confiaras en él.
Escribí:
¿Quién eres?
La respuesta llegó inmediatamente.
Alguien que quiere salvarte.
¿De Nick?
Tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente:
De ti misma.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
El teléfono vibró nuevamente.
Mañana a las doce. Cementerio de Saint Luke. Ven sola.
Después llegó otro mensaje.
Si Nick te acompaña, morirás.
Al día siguiente no le conté nada a Nick.
No porque confiara en el desconocido.
Sino porque necesitaba respuestas.
Durante las clases apenas pude concentrarme.
Cada vez que miraba a Nick, recordaba las palabras de la noche anterior.
"Cuando llegue el momento tendrás que entregarla."
Quizá había sido Aquiles quien había dicho eso.
Pero Nick había aceptado.
Lo había prometido.
¿Entonces qué significaba todo aquello?
Al terminar la última clase, Nick se acercó.
—Estás rara.
—Estoy cansada.
—No dormiste bien.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque tienes ojeras.
—Gracias.
—No era un insulto.
—Lo sé.
Me miró durante varios segundos.
—¿Quieres que te lleve a casa?
—No.
—¿Por qué?
—Tengo cosas que hacer.
—¿Qué cosas?
—Personales.
Nick entrecerró los ojos.
—¿Dónde?
—No es asunto tuyo.
—Gianna.
—Nos vemos después.
Me alejé antes de que pudiera responder.
A las once y cuarenta y cinco llegué al cementerio.
No sabía si estaba cometiendo la estupidez más grande de mi vida.
Probablemente sí.
Pero necesitaba saber la verdad.
El lugar estaba vacío.
Las lápidas se extendían entre los árboles.
El viento movía las ramas.
Miré el reloj.
11:57.
Esperé.
11:59.
12:00.
—Viniste.
Me giré.
Era la mujer de la iglesia.
La misma.
Sus ojos seguían siendo completamente negros.
Retrocedí.
—Tú.
—Sí.
—¿Por qué me trajiste aquí?
—Porque necesitabas saber la verdad.
—¿Qué verdad?
Ella caminó hacia mí.
—Nick no te protege porque quiera hacerlo.
—Eso ya lo sé.
—No.
Sonrió.
—No lo sabes.
Sacó algo del bolsillo.
Era una fotografía.
Me la entregó.
La tomé.
Era una foto antigua.
Una mujer.
Aquiles.
Y un hombre joven.
Nick.
Sentí que el mundo se detenía.
—Esto fue tomada la noche de tu nacimiento.
Miré la fotografía.
Nick estaba sosteniendo a un bebé.
A mí.
—¿Por qué tiene esa foto?
—Porque fue él quien te sacó del hospital.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—Tus padres estaban muertos.
—No.
—Y los demonios habían llegado.
—No.
—Aquiles ordenó a Nick que te llevara lejos.
—¡No!
La mujer se acercó.
—Pero hay algo que no te contó.
—¿Qué?
Sonrió.
—Nick no era tu protector.
—¿Entonces qué era?
La respuesta me golpeó antes de que la pronunciara.
—Tu carcelero.
Sentí que se me helaba la sangre.
—Mientes.
—Pregúntale.
La mujer desapareció.
Me quedé sola.
Miré nuevamente la fotografía.
Nick.
Mucho más joven.
Sosteniéndome en sus brazos.
Y entonces escuché una voz detrás de mí.
—Gianna.
Me giré.
Nick.
Su rostro estaba pálido.
—¿Qué haces aquí?
No respondí.
Le mostré la fotografía.
Su expresión cambió.
—¿Quién te dio eso?
—¿Es verdad?
—Gianna...
—¡¿Es verdad?!
Nick cerró los ojos.
—Sí.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Me mentiste.
—Intentaba protegerte.
—¡Me mentiste durante toda mi vida!
—No toda tu vida.
—¡Dieciocho años!
Nick dio un paso hacia mí.
—Escúchame.
Retrocedí.
—No me toques.
Se detuvo.
—No quería que lo descubrieras así.
—Entonces ¿cómo querías que lo descubriera?
No respondió.
—¿Soy tu prisionera?
—No.
—¿Me entregaste?
—No.
—¿Lo harás?
Su silencio fue suficiente.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Dime que no.
Nick apretó los puños.
—No puedo.
Lo miré horrorizada.
—Entonces todo esto fue mentira.
—No.
—¡Sí!
—Al principio era una misión.
Mi corazón se rompió.
—¿Y ahora?
Nick me miró.
Durante varios segundos no dijo nada.
Finalmente respondió:
—Ahora eres lo único que me importa.
No pude soportarlo.
Me di la vuelta.
—Gianna...
—No me sigas.
—No puedo dejarte sola.
—¡Entonces aprende!
Comencé a caminar.
Pero apenas había dado unos pasos cuando una sombra apareció entre los árboles.
Después otra.
Y otra.
Nick levantó la mirada.
—No...
—¿Qué ocurre?
Las sombras comenzaron a rodearnos.
Nick se colocó frente a mí.
—Vinieron por ti.
—¿Cuántos son?
Miró alrededor.
—Demasiados.
Una voz profunda surgió desde la oscuridad.
—Entréganos a la llave.
Nick apretó los dientes.
—Nunca.
La voz volvió a escucharse.
—Sabes cuál es el precio.
Nick me miró.
Y comprendí que aquel era el momento que había estado evitando durante dieciocho años.
El momento en que tendría que elegir.
Entre la promesa de Aquiles...
Y yo.
Nick dio un paso hacia las sombras.
—La promesa terminó.
Una luz azul comenzó a rodear su cuerpo.
—¿Nick?
No respondió.
Sus ojos se volvieron completamente negros.
Y las sombras retrocedieron.
Por primera vez, fui yo quien sintió miedo de él.
Porque comprendí que la persona que había estado protegiéndome todos estos años...
también era una de las criaturas que había venido a buscarme.
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