Capítulo 6 Poder
No podía apartar los ojos de él.
Nick permanecía de espaldas a mí, rodeado por aquella luz azul que parecía salir directamente de su cuerpo. Sus ojos, completamente negros, ya no tenían nada de humanos.
Las sombras que nos rodeaban retrocedieron.
Por primera vez desde que lo conocía, entendí por qué todos parecían tenerle miedo.
—Nick... —susurré.
Él giró ligeramente la cabeza.
—Quédate detrás de mí.
Su voz era diferente.
Más grave.
Más profunda.
No era la voz del chico que se burlaba de mí en clase.
Ni la del hombre que se apoyaba en la barra de PopCap para molestarme.
Era la voz de alguien mucho más antiguo.
Una de las criaturas que nos rodeaban dio un paso adelante.
—Has roto el pacto.
Nick apretó los puños.
—El pacto terminó.
—No te correspondía decidirlo.
—Ahora sí.
—La chica pertenece al otro lado.
Sentí que mi estómago se revolvía.
—Yo no pertenezco a nadie —dije.
Todas las criaturas me miraron.
Nick también.
—Gianna, cállate.
—No.
Di un paso hacia él.
—Estoy cansada de que todos hablen de mí como si no estuviera aquí.
Una de las sombras soltó una carcajada.
—Tiene carácter.
—Siempre lo ha tenido —respondió Nick.
Lo miré.
—¿Desde cuándo sabes cómo soy?
Una expresión extraña apareció en su rostro.
—Desde siempre.
Aquellas palabras me dolieron más de lo que esperaba.
Porque, a pesar de todo, había algo en su voz que parecía sincero.
—Entonces dime la verdad.
Nick no respondió.
La criatura que estaba frente a nosotros levantó una mano.
—Se acabó el tiempo.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Nick se lanzó hacia ellos.
Un estruendo atravesó el cementerio.
Las sombras se dispersaron.
Una de ellas golpeó a Nick y lo hizo caer sobre una lápida.
—¡Nick!
Corrí hacia él.
—¡No!
Se levantó de inmediato.
—¡Aléjate!
—¡No voy a dejarte!
—¡Gianna!
Otra sombra apareció detrás de mí.
Sentí un brazo rodeándome la cintura.
Grité.
Pero antes de que pudiera reaccionar, una luz blanca salió de mi cuerpo.
La criatura me soltó.
Nick la atravesó con una especie de ráfaga azul.
La sombra gritó.
Y desapareció.
Me quedé mirando mis manos.
—¿Qué estoy haciendo?
Nick respiraba con dificultad.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Nunca había visto que reaccionaras así.
—¡Tú dijiste que sabías todo sobre mí!
—No todo.
Una sombra volvió a aparecer.
Nick se giró.
—Corre.
—¿A dónde?
—A la iglesia.
—¿Y tú?
—Voy detrás de ti.
—No te creo.
Nick me miró fijamente.
—Entonces créeme por una vez.
Corrí.
Nunca había corrido tan rápido.
Las calles estaban prácticamente vacías.
Escuchaba pasos detrás de nosotros.
O quizá eran varios.
No quería mirar.
Solo seguía a Nick.
Hasta que una fuerza invisible golpeó mi espalda.
Caí al suelo.
—¡Gianna!
Nick se lanzó hacia mí.
Algo lo golpeó antes de llegar.
Vi cómo su cuerpo salió despedido.
—¡Nick!
Me levanté.
Una figura apareció delante de mí.
Era la mujer de ojos negros.
—No tienes que tener miedo.
—¡Aléjate!
—No quiero hacerte daño.
—Entonces déjame ir.
—No puedo.
—¿Por qué?
Ella se acercó.
—Porque no comprendes lo que eres.
—¡Entonces explícame!
—Tu madre no era humana.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Y tu padre tampoco.
Sentí que el mundo dejaba de girar.
—Mientes.
—Tu madre pertenecía a un linaje que desapareció hace siglos.
—No.
—Tu padre era humano.
—Entonces acabas de contradecirte.
La mujer sonrió.
—Tu padre sí era humano.
Miró hacia Nick.
—Pero alguien tuvo que proteger el secreto.
Nick se levantó lentamente.
—No la escuches.
—¿Por qué?
—Porque quiere confundirte.
—¿Es mentira?
Nick permaneció callado.
Miré a la mujer.
—¿Mi madre era un demonio?
—No.
Su sonrisa desapareció.
—Era algo peor.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
La mujer levantó la mirada hacia el cielo.
—Era una guardiana.
El término me resultó extraño.
—¿Guardiana de qué?
—De la puerta.
Nick se quedó completamente inmóvil.
La mujer continuó:
—Durante siglos, los guardianes mantuvieron cerrada la entrada al otro lado.
—¿Y mi madre?
—Fue la última.
Miré a Nick.
—¿Por qué nunca me dijiste eso?
—Porque no quería que descubrieras quién eres de esa manera.
—¿Y de qué manera querías que lo descubriera?
Nick no respondió.
La mujer sonrió.
—Él te ha estado protegiendo porque necesita que llegues viva a los diecinueve años.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Para qué?
—Para abrir la puerta.
Miré a Nick.
—¿Es verdad?
—Sí.
La respuesta fue tan tranquila que me dolió.
—Entonces ellos tienen razón.
—No.
—¿No?
—Que necesiten que llegues a los diecinueve no significa que quiera entregarte.
—Pero vas a hacerlo.
Nick cerró los ojos.
—No.
—Acabas de decir que no podías prometerme que no.
—Porque no sabía si podría cambiar las reglas.
—¿Y ahora?
Me miró.
—Ahora sí.
—¿Qué cambió?
Nick dio un paso hacia mí.
—Tú.
La mujer soltó una carcajada.
—Qué conmovedor.
Nick la ignoró.
—Corre.
—¿Qué?
—Yo me encargo de ellos.
—No voy a dejarte.
—Gianna, si te quedas, morirás.
—Entonces ven conmigo.
Nick se quedó mirándome.
—¿A dónde?
—No lo sé.
—Exactamente.
—Pues podemos descubrirlo.
Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
—Siempre fuiste así.
—¿Así cómo?
—Imposible.
—Y tú eres insoportable.
—Eso también lo sé.
Por un instante todo pareció normal.
Como si estuviéramos nuevamente en PopCap.
Pero entonces la mujer levantó una mano.
—Qué bonito.
El suelo comenzó a temblar.
Una grieta apareció entre nosotros.
Nick me tomó de la mano.
—¡Corre!
No sé cuánto tiempo corrimos.
Solo sé que terminamos frente a la iglesia.
Nick cerró la puerta detrás de nosotros.
—¿Estamos seguros aquí?
—Por ahora.
—¿Por qué?
—Porque esta iglesia fue construida sobre un sello.
—¿Un sello?
—Sí.
—¿Quién lo puso?
—Tu madre.
Me quedé inmóvil.
—¿Mi madre estuvo aquí?
—Sí.
Nick caminó hasta el altar.
Había un símbolo grabado en el suelo.
Nunca lo había visto antes.
Pero cuando lo miré, sentí que algo dentro de mí reaccionaba.
—Me resulta familiar.
—Porque lo llevas contigo.
—¿Dónde?
Nick señaló mi pecho.
—Dentro.
Apoyé una mano sobre mi corazón.
—¿La llave?
Asintió.
—La llave.
—¿Y cómo la saco?
Nick negó con la cabeza.
—No se puede.
—¿Entonces voy a vivir con esto para siempre?
—Si todo sale bien.
—¿Y si no?
—La puerta se abrirá.
—¿Y qué ocurrirá?
Nick se quedó callado.
—Dímelo.
—El otro lado entrará en este mundo.
Sentí frío.
—¿Demonios?
—No solo demonios.
—¿Qué más?
—Todo lo que existe allí.
Me senté en uno de los bancos.
—No quiero esto.
Nick se sentó a mi lado.
—Lo sé.
—Yo solo quería terminar la universidad.
—Lo sé.
—Conseguir un trabajo mejor.
—Lo sé.
—Vivir.
Nick bajó la mirada.
—Lo sé.
—¿Y ahora qué?
—Ahora intentamos impedir que todo esto ocurra.
Lo miré.
—¿Cómo?
—Encontrando a Aquiles.
Me quedé confundida.
—Pero dijiste que estaba muerto.
—Lo está.
—Entonces ¿cómo vamos a encontrarlo?
Nick sacó algo de su bolsillo.
Era una pequeña moneda antigua.
La colocó sobre mi mano.
—Esto era suyo.
La observé.
Tenía un símbolo idéntico al que estaba grabado en el suelo.
—¿Qué hace?
—Nos llevará hasta donde dejó las respuestas.
—¿Y dónde es?
—No lo sé.
—¿Entonces?
—Tú sí.
Fruncí el ceño.
—¿Yo?
—La llave responde a ti.
La moneda comenzó a calentarse.
La solté.
Cayó al suelo.
Un haz de luz salió de ella.
El símbolo del piso se iluminó.
Después apareció una imagen.
Una dirección.
La reconocí.
—Es...
—¿Qué?
—El hospital donde nací.
Nick se puso de pie.
—Entonces ahí empezaremos.
Regresamos a Portland al amanecer.
No dormimos.
No podíamos.
Nick consiguió un automóvil y condujo mientras yo permanecía mirando por la ventana.
Durante casi una hora no hablamos.
Finalmente, pregunté:
—¿Por qué nunca te acercaste antes?
—Lo hice.
—No te recuerdo.
—Eso es porque no debías.
—¿Cuándo?
—Cuando tenías ocho años.
Lo miré.
—¿Estuviste cerca de mí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Había alguien siguiéndote.
—¿Quién?
—Otro caído.
—¿Y qué pasó?
—Lo detuve.
—¿Lo mataste?
Nick no respondió.
—Sí.
—Sí.
Me estremecí.
—¿Cuántos has matado por mí?
—No los cuento.
—¿Y cuántos me han buscado?
—Demasiados.
—¿Por qué yo?
Nick mantuvo la vista en la carretera.
—Porque eres la última.
—¿La última qué?
—La última guardiana.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Y qué significa eso?
—Que puedes cerrar la puerta.
—Pero también abrirla.
—Sí.
—¿Y cuál de las dos cosas voy a hacer?
Nick me miró brevemente.
—Eso depende de ti.
Llegamos al hospital poco después de las seis.
El edificio había cambiado.
La parte antigua estaba cerrada.
Nick me llevó por una puerta lateral.
—¿Cómo sabes entrar?
—He estado aquí antes.
—Claro.
Caminamos por un pasillo oscuro.
Las luces parpadeaban.
Llegamos a una puerta metálica.
La moneda comenzó a brillar.
—Es aquí.
Nick abrió.
Era una habitación pequeña.
No había nada.
Solo una pared cubierta de fotografías antiguas.
Me acerqué.
Había fotografías de mi madre.
De mi padre.
De Aquiles.
Y de Nick.
Una foto me hizo detenerme.
Mi madre estaba sosteniéndome cuando era bebé.
Nick estaba a su lado.
Pero había alguien más.
Una mujer.
La misma de la iglesia.
La reconocí inmediatamente.
—Ella.
Nick se acercó.
—¿Qué?
—Estaba aquí.
Miró la fotografía.
Su expresión cambió.
—No.
—¿Qué pasa?
—Esto fue antes de que nacieras.
—Entonces ella conocía a mi madre.
—Sí.
—¿Quién es?
Nick tomó la fotografía.
Le dio la vuelta.
Había una frase escrita detrás.
La guardiana no debe confiar en el protector.
Sentí que el corazón me golpeaba.
—¿Qué significa?
Nick no respondió.
—Nick.
Él levantó la mirada.
—Significa que tu madre nunca confió en mí.
—¿Por qué?
—Porque sabía quién era.
—¿Quién eres?
Silencio.
Entonces Nick respiró profundamente.
—Soy un caído.
Sentí que todo se detenía.
—¿Un demonio?
—Sí.
Retrocedí.
—Entonces ella tenía razón.
—Gianna...
—¡Tú eres uno de ellos!
—Sí.
—¡Me has estado protegiendo durante dieciocho años!
—Sí.
—¡Pero también eres quien puede abrir la puerta!
—Sí.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—¿Y esperabas que confiara en ti?
Nick se acercó.
—No.
—¿Entonces qué querías?
—Que llegaras viva hasta hoy.
—¿Para entregarme?
—No.
—¿Para qué?
Nick me miró.
Su expresión era de dolor.
—Para tener una oportunidad de salvarte.
—¿De quién?
—De mí.
No entendí.
—¿Qué?
—Cuando cumplas diecinueve años, la llave despertará por completo.
—¿Y qué pasará contigo?
Nick cerró los ojos.
—Si la puerta se abre, yo seré quien la abra.
Sentí que la respiración se me cortaba.
—¿Y si la cierro?
—Moriré.
—¿Por qué?
—Porque estamos conectados.
—Entonces...
No pude terminar.
Nick asintió.
—Si quieres salvar al mundo, tendrás que matarme.
El silencio de la habitación fue absoluto.
Lo miré.
La persona que había estado a mi lado.
El chico que me molestaba.
El hombre que me había protegido.
El demonio que me había mentido.
Y ahora sabía la verdad.
Solo había una forma de cerrar la puerta.
Matar a Nick.
Pero entonces escuchamos un ruido detrás de nosotros.
Una voz susurró:
—Ahora lo sabes.
Nos giramos.
La mujer estaba en la entrada.
Y esta vez no estaba sola.
Detrás de ella había decenas de sombras.
Sonrió.
—Ahora veremos qué eliges, pequeña guardiana.
Nick se colocó frente a mí.
—No vas a tocarla.
La mujer levantó una mano.
—No necesito hacerlo.
Su mirada se clavó en mí.
—Ella misma abrirá la puerta.
Y en ese instante sentí algo dentro de mi pecho.
Una fuerza que jamás había sentido.
La llave estaba despertando.
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