Capítulo 7 Palabra
La llave estaba despertando.
Lo supe antes de que Nick dijera una sola palabra.
Una presión insoportable comenzó a crecer dentro de mi pecho. Era como si mi corazón hubiera dejado de ser mío y alguien estuviera apretándolo desde el interior.
Me llevé ambas manos al pecho.
—Nick...
Él se giró hacia mí.
—¿Qué sientes?
—No puedo...
Me doblé ligeramente.
—No puedo respirar.
Nick corrió hacia mí.
—Mírame.
Lo hice.
Sus ojos habían vuelto a ser azules.
—Respira conmigo.
—No puedo.
—Sí puedes.
Me tomó de las manos.
—Mírame, Gianna.
Intenté seguir su respiración.
Una vez.
Dos.
Tres.
La presión disminuyó ligeramente.
Pero las sombras seguían detrás de aquella mujer.
Eran demasiadas.
—¿Qué me está pasando?
Nick apretó mis manos.
—La llave está reaccionando a ellos.
—¿Por qué?
—Porque saben que estás aquí.
La mujer sonrió.
—No solo por eso.
Nick levantó la mirada.
—Cállate.
—Ella ya comenzó a recordar.
Sentí un escalofrío.
—¿Recordar qué?
La mujer dio un paso adelante.
—Su verdadera vida.
—No tengo otra vida —dije.
—Eso es lo que te hicieron creer.
Nick se colocó frente a mí.
—No la escuches.
—¿Por qué tienes tanto miedo de que lo haga?
—Porque está intentando manipularte.
La mujer rió.
—¿Manipularla?
Su mirada se clavó en mí.
—Pregúntale dónde estuvieron tus padres la última noche de sus vidas.
Me quedé inmóvil.
Miré a Nick.
—¿Dónde?
Él no respondió.
—Nick.
Silencio.
—¿Dónde estaban?
—En este hospital.
—¿Y qué ocurrió?
—Intentaron sacarte de aquí.
—¿Lo consiguieron?
Nick bajó la mirada.
—Sí.
—Entonces ¿cómo murieron?
No respondió.
La mujer sonrió.
—Él lo sabe.
Me giré hacia Nick.
—¿Cómo murieron?
—Gianna...
—¡Dímelo!
Su mandíbula se tensó.
—Los mataron.
—¿Quién?
—Los caídos.
—¿Tú estabas allí?
Nick cerró los ojos.
—Sí.
El silencio me atravesó.
—¿Los viste morir?
—Sí.
—¿Y no hiciste nada?
—Intenté salvarlos.
—¿Lo intentaste?
Mi voz se quebró.
—¿O tenías otras órdenes?
Nick me miró con una expresión de dolor.
—Tenía órdenes de protegerte a ti.
—Entonces los dejaste morir.
—No.
—¡Los dejaste morir!
Las lágrimas comenzaron a caer.
—¡Eran mis padres!
Nick no se movió.
—Lo sé.
—¡No sabes nada!
—Sé más de ellos de lo que imaginas.
—Entonces habla.
Nick respiró profundamente.
—Tu padre estaba herido. Tu madre sabía que no podían escapar los tres. Me pidió que te sacara del hospital.
—¿Y tú?
—Obedecí.
—¿Y ellos?
—Se quedaron atrás.
Me tapé la boca.
No quería llorar.
Pero ya era imposible detenerlo.
La mujer observaba la escena con satisfacción.
—¿Ves?
Nick la miró.
—No vuelvas a utilizar su dolor.
—No necesito hacerlo. Ella está empezando a recordar sola.
Entonces la presión en mi pecho aumentó otra vez.
Caí de rodillas.
—¡Gianna!
Nick se arrodilló conmigo.
—¡Mírame!
Pero ya no podía.
La habitación comenzó a desaparecer.
Estaba en otro lugar.
Una casa.
No sabía dónde.
Había una niña pequeña corriendo por un pasillo.
Yo.
Pero esta vez era diferente.
No tenía más de seis años.
Una mujer me seguía.
Mi madre.
—Gianna, espera.
La niña se detuvo.
—¿Mamá?
Mi madre se arrodilló frente a mí.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Quiero que recuerdes algo.
—¿Qué?
—Nunca tengas miedo de lo que llevas dentro.
—¿Qué llevo?
Mi madre sonrió tristemente.
—Una parte de nosotros.
—¿De papá?
—De mí.
Me tocó el pecho.
—Y algún día tendrás que decidir qué hacer con ella.
—¿Qué?
—Cuando llegue el momento, habrá alguien que te diga que eres un monstruo.
La niña negó con la cabeza.
—Yo no soy un monstruo.
—Lo sé.
Mi madre la abrazó.
—Nunca lo has sido.
La escena cambió.
Ahora tenía nueve años.
Estaba en una escuela.
Un niño me empujó.
Caí al suelo.
—¡Rara!
Todos comenzaron a reír.
Yo lloraba.
Entonces una sombra apareció detrás del niño.
No la vi.
Pero algo ocurrió.
El niño salió despedido.
Todos gritaron.
Yo también.
La escena volvió a cambiar.
Tenía doce años.
Estaba sola en una habitación.
Había una fotografía sobre la mesa.
Mi madre.
La tomé.
Y entonces escuché una voz.
—No estás sola.
Me giré.
Nick.
Mucho más joven.
Estaba parado junto a la puerta.
—¿Quién eres?
—Alguien que te protege.
—¿De quién?
—De ellos.
—¿Quiénes son ellos?
Nick sonrió.
—Algún día lo sabrás.
La escena cambió nuevamente.
Quince años.
Yo estaba llorando en una cama.
Había perdido a alguien.
No sabía quién.
Nick estaba sentado en el suelo junto a la puerta.
—¿Por qué siempre estás ahí?
—Porque te prometí que estaría.
—¿Quién te hizo prometerlo?
—Tu madre.
—¿La conociste?
Nick asintió.
—La quería mucho.
La visión se desvaneció.
Y entonces apareció una última imagen.
Yo.
Dieciocho años.
Caminando por una calle.
Nick observándome desde lejos.
Siempre había estado allí.
Siempre.
Abrí los ojos.
Estaba nuevamente en el hospital.
Nick estaba frente a mí.
—¿Lo viste? —preguntó.
No pude responder.
Lo había visto todo.
No absolutamente todo.
Pero suficiente.
—Tú...
Mi voz salió apenas como un susurro.
—Tú realmente estuviste conmigo.
Nick asintió.
—Sí.
—Incluso cuando yo no podía verte.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque era mi trabajo.
Lo miré.
—No.
Nick frunció el ceño.
—¿Qué?
—No era solo eso.
Él guardó silencio.
—En mis recuerdos...
Me acerqué.
—Tú estabas preocupado.
—Sí.
—No parecías estar cumpliendo una misión.
Nick bajó la mirada.
—Porque con el tiempo dejó de ser una misión.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—¿Por qué?
—Porque empezaste a importarme.
La mujer soltó una carcajada.
—Qué adorable.
Nick se giró hacia ella.
—Te dije que no la tocaras.
—No necesito tocarla.
La mujer levantó ambas manos.
Las sombras comenzaron a avanzar.
Nick se puso de pie.
—Gianna, quédate detrás de mí.
—No.
—¿Qué?
Me levanté.
—No voy a esconderme otra vez.
Nick me miró.
—No sabes controlar lo que tienes dentro.
—Entonces aprenderé.
Una sombra se lanzó hacia nosotros.
Levanté la mano.
La luz blanca apareció.
La criatura se detuvo.
Grité.
La energía salió disparada.
La sombra atravesó una pared.
Todos quedaron inmóviles.
Nick me observó sorprendido.
—Lo hiciste.
Miré mis manos.
—No sé cómo.
—No importa.
Otra sombra se acercó.
Esta vez no esperé.
Levanté ambas manos.
La luz apareció nuevamente.
Pero fue diferente.
Más intensa.
Más poderosa.
Las sombras comenzaron a retroceder.
La mujer dejó de sonreír.
—No.
Nick la miró.
—¿Qué sucede?
—Ella no debería tener ese poder.
—¿Qué poder?
La mujer me miró con auténtico miedo.
—El poder de la primera guardiana.
Sentí algo recorrer mi cuerpo.
—¿Quién era la primera guardiana?
La mujer retrocedió.
—Tu madre.
Nick la miró.
—Eso es imposible.
—No.
La mujer negó con la cabeza.
—Ella no te contó la verdad.
—¿Qué verdad?
La mujer sonrió.
—La llave no es una llave.
Sentí que el suelo parecía desaparecer bajo mis pies.
—¿Entonces qué es?
—Es un fragmento.
—¿De qué?
—Del primer ser que existió al otro lado.
Nick se quedó inmóvil.
—No...
—Tu madre no encerró una llave dentro de ti.
La mujer me señaló.
—Te convirtió en el sello.
Mi corazón se detuvo.
—¿Yo?
—Sí.
—Entonces...
La mujer sonrió.
—Mientras vivas, la puerta permanecerá cerrada.
Miré a Nick.
—¿Y cuando cumpla diecinueve?
La mujer respondió:
—El sello se debilitará.
Nick apretó los puños.
—No tiene por qué abrirse.
—Claro que sí.
—No.
—Tú conoces la profecía.
Nick no contestó.
—Dile —insistió la mujer—. Dile lo que ocurrirá.
Lo miré.
—Nick.
Él tragó saliva.
—La profecía dice que cuando la guardiana cumpla diecinueve años, tendrá que elegir entre tres caminos.
—¿Cuáles?
—Abrir la puerta.
—¿El segundo?
—Mantenerla cerrada.
—¿Y el tercero?
Nick me miró directamente.
—Destruirla.
—¿La puerta?
—No.
Su voz se quebró.
—El sello.
Entendí.
—Yo.
Nick asintió.
—Tendrías que morir.
El silencio fue absoluto.
La mujer sonrió.
—Y ahora entiendes por qué él está tan desesperado por protegerte.
Miré a Nick.
—¿Sabías esto?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que naciste.
—¿Y nunca pensabas decírmelo?
—Quería encontrar otra solución.
—¿La encontraste?
Nick no respondió.
—¡¿La encontraste?!
—No.
Mi pecho dolió.
—Entonces ¿qué vas a hacer cuando cumpla diecinueve?
Nick me miró.
Sus ojos se llenaron de algo que jamás había visto en ellos.
Miedo.
—Encontraré una cuarta opción.
La mujer se rio.
—No existe.
—Entonces la crearé.
Nick extendió las manos.
La energía azul apareció nuevamente.
La mujer retrocedió.
—No puedes desafiar las leyes.
—Ya lo hice.
—Si rompes el pacto, morirás.
—Entonces moriré.
Mi corazón dio un vuelco.
—Nick...
Él no apartó la mirada de la mujer.
—Pero ella vivirá.
La mujer lanzó un grito.
Las sombras se abalanzaron.
Nick levantó ambas manos.
Una explosión de energía recorrió la habitación.
Las criaturas desaparecieron.
La mujer también.
El hospital quedó completamente silencioso.
Nick cayó de rodillas.
—¡Nick!
Corrí hacia él.
Estaba pálido.
Había sangre en la comisura de sus labios.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Estoy acostumbrado.
—¿A qué?
—A esto.
Me arrodillé frente a él.
—¿Qué te hicieron?
—Nada.
—No me mientas.
Nick sonrió débilmente.
—Te estás volviendo muy buena descubriendo mis mentiras.
—Porque ya me cansé de ellas.
Le limpié la sangre del labio con la manga.
Nick se quedó mirándome.
—¿Por qué haces eso?
—No lo sé.
—Podrías alejarte.
—Podría.
—Entonces ¿por qué no lo haces?
No tuve respuesta.
Tal vez porque, a pesar de todo lo que había descubierto, seguía viendo al mismo chico que se había sentado junto a mí en clase.
Al mismo que me había molestado.
Al que había aparecido cuando tenía miedo.
Al que había estado protegiéndome incluso cuando yo no sabía que estaba allí.
—Porque no quiero que mueras —dije.
Nick bajó la mirada.
—No deberías preocuparte por mí.
—Ya es demasiado tarde.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante unos segundos ninguno se movió.
Entonces él levantó lentamente una mano y apartó un mechón de cabello mojado de mi rostro.
—Gianna...
—¿Qué?
—Si alguna vez te digo que corras...
—No voy a hacerlo.
—Ni siquiera sabes lo que iba a decir.
—No importa.
Nick sonrió.
—Sigues siendo imposible.
—Y tú sigues siendo insoportable.
—Eso también.
La tensión desapareció durante un instante.
Pero entonces escuchamos un ruido.
Un golpe seco.
Después otro.
La puerta del hospital comenzó a abrirse.
Nick se levantó.
—No.
—¿Qué pasa?
Miró hacia la entrada.
—No fueron ellos.
—¿Entonces quién?
La puerta terminó de abrirse.
Aquiles estaba allí.
Me quedé paralizada.
—Pero tú estás muerto.
Aquiles sonrió.
—Lo estaba.
Nick retrocedió.
—¿Cómo...?
Aquiles entró lentamente.
—Porque algunas promesas son más difíciles de romper que la muerte.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Hola, Gianna.
Sentí que mi cuerpo se congelaba.
—¿Tú eres Aquiles?
—Sí.
Nick se colocó delante de mí.
—No te acerques.
Aquiles soltó una pequeña risa.
—Después de dieciocho años, sigues haciendo exactamente lo que te ordené.
Nick frunció el ceño.
—Ya no recibo órdenes tuyas.
—Eso está por verse.
Aquiles miró hacia mí.
—Tu madre quería que nunca supieras la verdad.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo de lo que harías cuando la conocieras.
—¿Qué soy?
Aquiles sonrió.
—Esa es la pregunta equivocada.
—Entonces dime la correcta.
El anciano se acercó.
—La pregunta es qué estás dispuesta a sacrificar para seguir siendo tú.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Aquiles miró a Nick.
—Él ya eligió.
—¿Qué eligió?
—Morir por ti.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué?
Nick cerró los ojos.
Aquiles continuó:
—Y ahora que rompió el pacto, los dos están condenados.
Miré a Nick.
—¿Es verdad?
Él no respondió.
Aquiles sonrió.
—Tienes hasta tu cumpleaños.
—¿Para qué?
—Para encontrar la cuarta opción que él cree que existe.
—¿Y si no la encontramos?
Aquiles caminó hacia la puerta.
—Entonces, cuando cumplas diecinueve años, tendrás que decidir cuál de los dos muere.
Se detuvo.
—Tú...
Luego miró a Nick.
—O él.
Y desapareció.
Me quedé en silencio.
Nick parecía haber perdido toda la fuerza.
—¿Cuándo es mi cumpleaños?
—En tres meses.
Lo miré.
—Entonces tenemos tres meses para encontrar esa cuarta opción.
Nick asintió lentamente.
—Sí.
Tomé su mano.
Esta vez fue él quien pareció sorprendido.
—No voy a dejarte morir.
Nick entrelazó sus dedos con los míos.
—Y yo no voy a dejar que mueras tú.
Por primera vez, ninguno de los dos intentó fingir que aquello era una simple promesa.
Porque ambos sabíamos que acabábamos de convertirnos en enemigos del mismo destino.
Y el reloj ya había comenzado a correr.
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