Capítulo 1 1
—¿Qué está escondiendo, Aubry?
La voz de Máximo Ferreyra me encontró con el correo abierto, el nombre de mi mejor amiga en la pantalla y una mano todavía apoyada sobre el ratón.
Cerré la ventana tan rápido que casi lancé el teclado al suelo.
—Un contrato de arrendamiento particularmente erótico.
Máximo arqueó una ceja desde la puerta de mi cubículo.
—Me preocupa su concepto de erotismo.
—A mí me preocupa que siga en la oficina a esta hora.
Miré la esquina inferior de la pantalla. 19:45.
Tres minutos antes yo era una abogada junior cansada, mal pagada y razonablemente orgullosa de no haber vendido todavía ninguna parte importante de mi alma.
A las 19:42 había llegado el correo.
PROYECTO LANA FINA — CONFIDENCIAL — SOLO PARA SOCIOS.
No estaba dirigido a mí. El asistente de Bruzzone había escrito “R. Aubry” donde probablemente debía escribir “R. Araujo”, uno de los socios. Un error pequeño. Una letra. Veinte páginas capaces de arruinar una amistad de veinte años.
Máximo entró sin esperar invitación. Su traje oscuro seguía impecable después de doce horas de trabajo, cosa que me pareció una provocación personal. Yo tenía el cabello sujeto con un lápiz, una mancha de café en la manga y la dignidad sostenida por una liga.
—¿Terminó lo de Pérez Hermanos?
—Estoy terminándolo.
—Eso significa que no.
—Significa que disfruto crear suspenso.
La comisura de su boca se movió apenas.
Era irritante que incluso eso le quedara bien.
Máximo Ferreyra tenía treinta y ocho años, la paciencia de un cirujano y la costumbre de mirar a la gente como si ya hubiera leído la nota al pie que explicaba por qué iba a decepcionarlo. Nunca levantaba la voz. No necesitaba hacerlo.
Se inclinó sobre mi escritorio para tomar el contrato impreso.
Demasiado cerca.
Olía a jabón, papel y algo seco que no supe identificar. No era una información que necesitara registrar. Mi cuerpo, traidor administrativo, decidió archivarla de todos modos.
—Cláusula doce —dije.
—¿Qué tiene?
—La redactó alguien que odia la puntuación y al arrendatario.
Máximo leyó unos segundos.
—Corríjala.
—Eso estaba haciendo antes de que viniera a acusarme de esconder pornografía contractual.
Ahora sí sonrió.
Duró poco.
—Buenas noches, Aubry.
Esperé a que sus pasos desaparecieran por el pasillo antes de volver a respirar con normalidad.
Luego abrí otra vez el correo.
Lanera Zeballos S.A.
El apellido me golpeó peor la segunda vez.
Amparo y yo nos conocíamos desde los siete años. Ella me había prestado su vestido negro cuando no tuve dinero para comprar uno para el funeral de mi padre. Había dormido tres noches en una silla de hospital mientras él agonizaba porque yo llevaba cuarenta horas despierta y alguien tenía que obligarme a comer.
Su familia no era una empresa para mí.
Tenía caras.
Domingos.
Asados.
Una abuela que todavía me llamaba “la otra nieta”.
Seguí leyendo.
El fondo comprador aparecía detrás de dos sociedades, una en Delaware y otra en Panamá. Ferreyra & Bruzzone dirigiría la estrategia legal hasta que la adquisición pudiera hacerse pública. Compra escalonada de participaciones. Presión sobre accionistas minoritarios. Revisión de deuda. Aprovechamiento de una cláusula estatutaria que yo sabía, porque Amparo se había quejado de ella durante una cena, que su familia llevaba años queriendo modificar.
Sentí náuseas.
Mi teléfono vibró.
AMPA.
Lo miré hasta que dejó de sonar.
Un segundo después llegó un mensaje.
“¿Sigues enterrada en ese bufete? Mañana te secuestro para cenar. Tengo noticias enormes de la expansión.”
Apoyé la frente en la mano.
La decisión correcta no era complicada.
Podía cerrar el documento, llamar a Amparo y advertirle que buscara asesoría independiente sin entregarle una sola página. Podía declarar el conflicto de interés. Podía irme del caso antes incluso de que me ofrecieran entrar.
También podía perder el trabajo.
Abrí la aplicación del banco.
La cuota del préstamo de mi padre vencía en nueve días.
Mi madre había escrito esa mañana preguntando si podía cubrir además el arreglo del calefón.
Me reí una vez, sin humor.
—Excelente momento para desarrollar principios caros.
La oficina no respondió.
Volví al memorando.
No quería robar información. No quería ayudar a destruir Lanera. No quería convertirme en ninguna de las mujeres que Leonor Bracco admiraba cuando contaba historias de abogados que habían sacrificado todo por llegar a socios.
Solo quería entender.
Eso me dije.
Leí la primera página.
Luego la segunda.
En la quinta ya estaba tomando notas mentales.
En la novena encontré un error.
Pequeño, pero importante.
El análisis asumía que uno de los accionistas minoritarios podía vender sin autorización previa del directorio familiar. Yo recordaba a Amparo quejándose de una reforma estatutaria precisamente sobre eso. Si seguía vigente, la estrategia del fondo tenía un hueco.
Abrí los registros públicos.
Cinco minutos después confirmé que tenía razón.
El pulso se me aceleró.
No por miedo.
Por satisfacción.
Eso fue peor.
Durante años había esperado una oportunidad para demostrar que podía pensar al nivel de los socios. Ahora la tenía delante, nacida de un correo que jamás debí abrir y vinculada a la persona que más confiaba en mí.
Cerré los registros.
Abrí el chat de Amparo.
Escribí: “Necesito hablar contigo.”
Lo borré.
Escribí: “Busca un abogado externo para la empresa.”
También lo borré.
Dejé el teléfono boca abajo.
Me levanté y fui hasta la ventana. Montevideo brillaba con esa indiferencia ofensiva de las ciudades cuando una está a punto de hacer algo estúpido. Desde el piso diecisiete, los autos parecían juguetes y mis problemas deberían haber parecido pequeños. No funcionó.
Pensé en mi padre enseñándome a revisar dos veces documentos antes de firmarlos. Pensé en Amparo llevándome café durante los exámenes finales. Pensé en la cifra que aparecía cada mes en mi cuenta y en los trabajos que había aceptado para llegar hasta ese escritorio.
Podía ser leal y volver a empezar.
Podía ser ambiciosa y fingir que no había elegido nada.
La segunda opción tenía una ventaja miserable: no exigía hacer nada esa noche.
Guardé una copia de mis notas, no del memorando, en una carpeta del sistema. El gesto fue mínimo. También fue consciente.
Ahí entendí que el silencio no era ausencia de decisión.
Era una decisión con mejor maquillaje.
—Cobarde —me dije.
—¿Insultándose sola?
Levanté la cabeza.
Máximo había regresado.
Esta vez llevaba el saco sobre un brazo y la corbata ligeramente aflojada. El detalle me irritó por razones que preferí atribuir al cansancio.
—Es una técnica de motivación.
—Parece poco eficiente.
—Funciona mejor que los correos de Recursos Humanos.
Sus ojos fueron de mi cara a la pantalla.
El memorando estaba cerrado.
Mis manos, no obstante, seguían tensas sobre el escritorio.
—Necesito una asociada junior para un proyecto nuevo —dijo—. Va a exigir noches largas, discreción y alguien capaz de encontrar lo que otros pasan por alto.
Sentí la garganta seca.
—Suena encantador.
—No lo es.
—Entonces seguramente pagaré horas extra imaginarias.
Máximo soltó una risa baja.
Por un instante dejé de pensar en Amparo.
Ese fue mi segundo error de la noche.
Él se acercó un paso.
—Mañana a las ocho quiero verla en mi oficina.
—¿Para qué?
Su mirada se sostuvo en la mía.
—Para que me convenza de que debo darle el caso más importante de su carrera.
