Capítulo 2 2

—Antes de sentarse, Aubry, necesito saber si sabe guardar un secreto.

Eran las ocho en punto y yo llevaba despierta desde las cuatro y media.

—Depende del secreto.

Máximo Ferreyra levantó la vista de una carpeta gris.

—Mala respuesta.

—La honesta suele tener mala prensa.

Me señaló la silla frente a su escritorio.

La oficina parecía diseñada por alguien que desconfiaba de los objetos personales. Madera oscura, vidrio, dos fotografías familiares demasiado sobrias para contar algo y una cafetera que probablemente costaba más que mi alquiler.

Máximo, en cambio, tenía la corbata floja.

Otra vez.

Empezaba a sospechar que ese detalle existía para perjudicar mi concentración.

Me senté.

—Ayer dijo que debía convencerlo.

—Todavía.

—Entonces debería dejarme hablar antes de reprobarme.

—Eso depende de cuánto tarde en decepcionarme.

—Qué ambiente tan saludable.

Una risa breve escapó de su boca. Apenas un sonido, pero suficiente para hacerme olvidar durante medio segundo que llevaba doce horas escondiendo una traición.

Máximo abrió la carpeta.

Vi el membrete antes que el nombre.

PROYECTO LANA FINA.

El estómago se me cerró.

—Un fondo extranjero nos contrató para una operación importante —dijo—. Adquisición de una empresa familiar. Necesito a alguien que revise estructura societaria, contratos y contingencias sin enamorarse de sus propias conclusiones.

—¿Y cree que yo no me enamoro de mis conclusiones?

—Creo que pelea con ellas hasta que alguna sobrevive.

Maldito hombre.

Eso había sonado casi como un cumplido.

—¿La empresa?

Máximo giró la carpeta hacia mí.

Lanera Zeballos S.A.

Hice lo que había ensayado frente al espejo del baño a las seis de la mañana.

Fruncí el ceño.

No demasiado.

Respiré.

No demasiado.

—La conozco.

Sus dedos se detuvieron sobre el borde de la carpeta.

—¿Profesionalmente?

La pregunta cayó con una precisión desagradable.

—De nombre. Es bastante conocida.

No era técnicamente mentira.

Era peor.

Era una verdad elegida para esconder otra.

Máximo me observó unos segundos.

Sentí el impulso absurdo de acomodarme la blusa. La mirada no bajó de mi rostro, pero mi cuerpo reaccionó como si lo hubiera hecho. Me odié un poco por encontrarlo atractivo precisamente cuando necesitaba conservar neuronas.

—Necesito discreción absoluta —dijo.

—Eso ya lo mencionó.

—Lo repito porque la gente suele considerar la confidencialidad una sugerencia hasta que recibe una demanda.

—Yo considero casi todo más serio cuando incluye una demanda.

—Reconfortante.

Sacó una hoja y la colocó frente a mí.

Era una prueba. Cinco preguntas sobre una estructura accionaria ficticia, cláusulas de preferencia y exposición contractual.

—Tiene una hora.

—¿Aquí?

—¿Le intimida trabajar frente a mí?

—Me intimidan las impresoras. Usted todavía está en evaluación.

Esta vez sonrió con los ojos.

Fue peor que la corbata.

Trabajé cuarenta y tres minutos mientras él respondía correos y atendía dos llamadas. Intenté no mirar sus manos cuando se remangó la camisa. Fallé tres veces y, por puro orgullo, resolví la última pregunta dos veces.

Cuando terminé, empujé la hoja hacia él.

Máximo la revisó en silencio.

—La cuatro está mal.

—No.

Levantó una ceja.

—¿No?

Me incliné sobre el escritorio y señalé el segundo párrafo.

—La cláusula de preferencia no se activa por venta indirecta si el control final permanece dentro del mismo grupo.

Él acercó la hoja.

Nuestros hombros quedaron separados por centímetros.

Sentí el calor de su brazo antes de tocarlo.

No lo tocó.

Aun así, mi piel decidió comportarse como una adolescente sin supervisión.

—Tiene razón —dijo.

—Puede repetirlo.

—No abuse.

—Quería asegurarme de que quedara registro histórico.

Máximo dejó el bolígrafo.

—Está dentro de la evaluación preliminar. No del equipo todavía.

—Romántico.

—Aubry.

—Profesionalmente romántico.

Me indicó la puerta, aunque seguía luchando contra una sonrisa.

Salí con la carpeta vacía, las palmas húmedas y una certeza espantosa: quería ese caso.

No solo necesitaba el sueldo.

Lo quería.

Al mediodía, Leonor Bracco me encontró mirando una empanada como si contuviera asesoría ética.

—Si vas a llorar sobre el almuerzo, pide algo menos grasoso.

—No voy a llorar.

—Perfecto. Detesto compartir servilletas.

Leonor se sentó frente a mí sin preguntar. A sus cincuenta y dos años llevaba el cabello plateado corto, trajes impecables y la tranquilidad de quien había sobrevivido a demasiadas juntas como para fingir modestia.

—Ferreyra te llamó esta mañana.

No era pregunta.

—El edificio tiene paredes.

—El edificio tiene asistentes.

—Peor.

Leonor robó una papa de mi plato.

—¿Qué quiere?

—Evaluarme para un caso.

—¿Grande?

Pensé en Amparo.

—Sí.

—Entonces deja esa cara.

—¿Cuál?

—La de persona que acaba de descubrir que el éxito incluye decisiones desagradables.

La miré.

—¿Y si una decisión profesional perjudica a alguien que no lo merece?

Leonor masticó despacio.

—Todas perjudican a alguien.

—Eso es cómodo.

—No. Cómodo es creer que puedes trabajar en derecho corporativo sin ensuciarte nunca las manos.

—Hay límites.

—Claro.

—No parece convencida.

—Estoy convencida de que los límites cuestan. El problema es que todos adoran tener principios hasta que reciben la factura.

Mi teléfono vibró.

Amparo.

“Cena hoy. No acepto excusas. Necesito contarte lo de Asia antes de explotar.”

Bloqueé la pantalla.

Leonor lo vio.

—¿Problemas?

—Mi amiga quiere cenar.

—Terrible. Una tragedia nacional.

—No sabes cocinar y por eso desprecias la amistad.

—Sé pedir delivery con excelencia.

Me reí, y la culpa aprovechó el movimiento para clavarme otra vez los dientes.

A las seis regresé a mi escritorio.

Tenía un correo de Máximo.

“Revise únicamente fuentes públicas sobre Lanera Zeballos. Mañana quiero saber qué ve usted que no esté viendo el resto.”

Me quedé inmóvil.

Podía hacer exactamente lo que pedía.

Nada más.

Podía olvidar las veinte páginas que ya había leído.

Abrí los registros públicos.

Después mis notas de la noche anterior.

Encontré la reforma estatutaria que recordaba.

Si llevaba ese dato a Máximo, destacaría.

Si no lo hacía, otro abogado terminaría encontrándolo.

Esa fue la excusa.

No la razón.

La razón era más fea.

Quería entrar.

Quería que Máximo volviera a mirarme como esa mañana, con sorpresa y atención.

Quería demostrar que pertenecía a una mesa donde nadie me había invitado todavía.

Mi teléfono sonó.

Amparo.

Contesté.

—Por fin —dijo—. ¿Cena a las nueve?

Miré el nombre de su empresa en mi pantalla.

—Sí.

—¿Y esa voz?

—Día complicado.

—¿Algo que quieras contarme?

Cerré los ojos.

—Nada que pueda contarte.

Hubo un silencio.

—Eso sonó sospechoso.

—Trabajo para abogados. Se contagia.

Amparo soltó una carcajada.

—A las nueve, entonces.

Colgué.

A las ocho y doce envié a Máximo un correo pidiendo quince minutos a primera hora.

Su respuesta llegó treinta segundos después.

“¿Encontró algo?”

Miré mis notas.

Escribí una sola palabra.

“Sí.”

El teléfono vibró de nuevo.

Esta vez era Máximo llamando.

Contesté.

—Aubry, antes de que avancemos, necesito hacerle una pregunta formal. ¿Tiene alguna relación personal con Lanera Zeballos, sus directivos o sus accionistas que deba declarar?

Mi boca se secó.

Pensé en Amparo esperando cenarme en cuarenta y ocho minutos.

Pensé en mi padre.

Pensé en la oficina de Máximo.

Y elegí.

Durante un segundo escuché solamente el zumbido del aire acondicionado y mi propia respiración. Sabía que una declaración de conflicto no me expulsaría necesariamente del bufete, pero sí del caso. Eso era lo que estaba protegiendo. No el sueldo. No la deuda. La oportunidad. Y admitirlo me resultó mucho más vergonzoso que mentir.

—No, doctor Ferreyra. Ninguna.

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