Capítulo 3 3

—Dígame que no pasó la noche buscando una forma de impresionarme.

Máximo ni siquiera levantó la vista cuando entré a su oficina a las ocho en punto.

—Sería humillante admitirlo tan temprano.

—Entonces siéntese y humíllese después.

Cerré la puerta detrás de mí y avancé con la carpeta pegada al pecho. Había dormido tres horas, cenado con Amparo fingiendo normalidad y pasado el resto de la madrugada revisando información pública sobre Lanera Zeballos para construir una explicación legítima alrededor de una ventaja que no lo era.

Mi conciencia necesitaba vacaciones.

Preferiblemente en otro continente.

Máximo señaló la silla frente a su escritorio.

—Quince minutos.

—Pedí quince.

—Y ya gastó treinta segundos comentando mis modales.

—Eso fue inversión estratégica.

Por fin me miró.

La misma camisa blanca del día anterior, aunque esta vez sin saco. Las mangas dobladas hasta los antebrazos. El detalle debería haber sido irrelevante. Mi atención, que aparentemente había renunciado a toda ética profesional junto conmigo, decidió lo contrario.

Dejé la carpeta frente a él.

—La estructura accionaria de Lanera tiene un problema que afecta la estrategia de compra.

La expresión de Máximo cambió.

No mucho.

Con él, una ceja medio milímetro más arriba equivalía a gritar.

—Explíquese.

Abrí el análisis y señalé una cláusula estatutaria registrada tres años atrás.

—El fondo supone que puede adquirir la participación de los Valdés sin activar autorización previa. No puede. Hubo una reforma que amplió el derecho de preferencia a transferencias indirectas cuando el beneficiario final pertenece a un grupo distinto.

Máximo tomó el documento.

—Esto no estaba en el memo inicial.

—Por eso estoy aquí.

—¿Dónde lo encontró?

Ahí estaba.

La pregunta que había preparado durante horas.

—Registro de modificaciones societarias. Tomo tercero, resolución ciento diecisiete.

Era verdad.

No toda.

Nunca toda.

Máximo leyó en silencio mientras yo intentaba no recordar que Amparo me había contado esa reforma dos años antes, entre pizza y vino, cuando su tío amenazó con vender sus acciones por despecho después de una pelea familiar.

La había encontrado públicamente.

Pero sabía qué buscar.

Eso era lo que no podía decir.

Mi cabeza regresó a la cena de la noche anterior.

Amparo había llegado tarde, despeinada por el viento y cargando una botella de tannat que insistió en pagar aunque yo había elegido el restaurante más barato de Pocitos.

—Tenemos casi cerrado lo de Asia —me había dicho, levantando la copa—. Si funciona, por fin podremos contratar otra línea de producción.

Yo había sonreído.

Incluso había brindado.

Después me preguntó por mi día y yo contesté que Máximo Ferreyra seguía teniendo la capacidad sobrenatural de arruinarme la digestión.

—¿El jefe guapo?

Casi me atraganté.

—El jefe insoportable.

—No negaste lo de guapo.

—Porque discutir contigo alarga las cenas.

Amparo se rio y cambió de tema.

Ahora, sentada frente al hombre cuya operación podía destrozar aquella expansión, recordé exactamente cómo había levantado la copa.

Me dieron ganas de dejar la carpeta y salir corriendo.

También de quedarme y demostrar que podía hacer el trabajo mejor que cualquiera.

Las dos versiones de mí se detestaban.

Por desgracia, compartían cuerpo.

—¿Aubry?

Parpadeé.

Máximo me estaba observando.

—Se perdió.

—Estaba pensando.

—Procure hacerlo aquí. Suele ser más útil.

—Qué manera tan delicada de traerme de vuelta.

Me acomodé y fingí que mi vida no acababa de dividirse esa mañana en dos bandos enemigos.

—¿Cuánto tardó? —preguntó.

—En encontrarlo, veinte minutos.

Sus ojos subieron hacia mí.

—No le creo.

Sonreí.

—Eso parece un problema suyo.

—Aubry.

—Cuarenta y cinco.

No respondió.

Me incliné para mostrarle una segunda anotación y nuestras manos llegaron al mismo punto de la hoja.

Sus dedos rozaron los míos.

Nada.

Un contacto mínimo.

Mi estómago, sin embargo, reaccionó como si acabara de firmar un contrato independiente.

Retiré la mano.

Máximo no.

—También revisé la composición del directorio —continué—. Si el fondo compra primero las acciones equivocadas, los Zeballos pueden bloquear la siguiente fase durante meses.

—¿Los Zeballos?

La palabra me paralizó apenas.

—La familia.

—Lo dijo como si los conociera.

El aire cambió.

Solo un poco.

Pero lo sentí.

—Llevo dos noches leyendo sobre ellos.

—Una.

—¿Perdón?

—Le encargué la investigación ayer.

Maldición.

—Una noche entonces. Se sintieron como dos.

Máximo cerró la carpeta.

—Ayer le pregunté expresamente si tenía alguna relación personal con la empresa.

—Y le respondí.

—Sí. Lo recuerdo.

Demasiado bien, por el tono.

Me obligué a sostenerle la mirada.

—¿Hay algún problema con mi trabajo?

—Todavía no sé si tengo un problema con su trabajo o con usted.

—Qué alivio. Pensé que esta reunión iba a ser incómoda.

Su boca se curvó.

La tensión no desapareció.

Solo se volvió más peligrosa.

Máximo se levantó y caminó hasta la cafetera.

—¿Toma?

—Si contiene cafeína, aceptaría incluso una amenaza líquida.

—Negro.

—¿Eso era pregunta?

—Observación. Ayer dejó una taza en su escritorio.

Me sorprendió más de lo que debería.

—¿Se dedica a memorizar cómo toman café sus empleados?

—Solo los que me hacen perder tiempo revisando su trabajo dos veces.

—Eso casi sonó personal.

Me entregó la taza.

Nuestros dedos volvieron a tocarse.

Esta vez ninguno retiró la mano inmediatamente.

Fue un segundo.

Quizá menos.

Suficiente para que me diera cuenta de que Máximo también lo había notado.

Sus ojos bajaron a mi boca.

O yo imaginé que lo hicieron.

Aparté la taza primero.

—Gracias.

—No me agradezca todavía.

Regresó al escritorio y abrió otro archivo.

—Quiero que prepare una versión completa del análisis para mañana. Riesgos, defensas probables, escenarios de bloqueo y cualquier elemento que pueda cambiar nuestra estrategia.

—¿Eso significa que pasé la prueba?

—Significa que encontró algo que seis abogados con más experiencia no vieron.

El orgullo me atravesó antes que la culpa.

Lo odié.

Me gustó.

Ambas cosas pudieron existir al mismo tiempo.

—¿Y si mañana encuentro algo que no le guste?

—Entonces me interesará más.

—Respuesta peligrosa.

—Los abogados aburridos son baratos. Yo pago por criterio.

—A mí todavía no me paga tanto.

Máximo soltó una risa baja.

—Si sigue negociando conmigo antes de entrar al equipo, quizá nunca lo haga.

—Si entro sin negociar, habrá contratado a la persona equivocada.

El silencio duró apenas unos segundos.

Después empujó hacia mí una tarjeta de acceso.

Nivel ejecutivo.

La miré sin tocarla.

—¿Qué es esto?

—Acceso temporal al piso catorce, archivos restringidos y sala del proyecto.

Mi pulso cambió.

—Dijo que todavía estaba en evaluación.

—Ya no.

Tomé la tarjeta.

Era liviana.

Ridículamente liviana para todo lo que significaba.

—¿Estoy dentro?

—Desde ahora.

Debería haber sentido miedo.

Sentí triunfo.

Eso me dio más miedo.

Máximo apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Una condición.

—¿Solo una?

—Por ahora.

Esperé.

—Nada sale de esa sala. Ningún comentario, ningún documento, ninguna conversación con alguien ajeno al equipo.

Amparo apareció en mi cabeza con una claridad cruel.

—Entendido.

—Y si descubre un conflicto personal, profesional o familiar relacionado con Zeballos, me lo dice de inmediato.

La tarjeta quedó atrapada entre mis dedos.

Máximo me observó.

—¿Hay algo que deba saber antes de incorporarla oficialmente?

Podía detenerlo.

Decir su nombre.

Salir.

En cambio guardé la tarjeta en mi bolso.

—No.

Máximo sostuvo mi mirada durante demasiado tiempo.

Después sonrió, lento.

—Perfecto, Aubry. Entonces acaba de entrar al caso que puede convertirla en socia algún día.

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