Capítulo 4 4
—Si vuelve a mirarme así, voy a empezar a cobrarle por hora.
Máximo apoyó una carpeta sobre la mesa del proyecto y ni siquiera tuvo la cortesía de fingir inocencia.
—Ya le pago por hora, Aubry.
—No lo suficiente para ese nivel de escrutinio.
—Todavía está a tiempo de renunciar.
—Y usted todavía está a tiempo de aprender modales. Ninguno parece interesado.
Federico Bruzzone carraspeó desde el otro extremo de la sala.
—¿Siempre trabajan así?
—No —respondimos Máximo y yo al mismo tiempo.
Federico nos miró por encima de sus lentes.
—Eso fue inquietante.
Era mi primera mañana oficial en el piso catorce y ya había conseguido discutir con el socio mayoritario delante de otro socio, derramar café sobre una impresión de cuarenta páginas y descubrir que la tarjeta de acceso ejecutivo no abría el baño de mujeres.
El éxito tenía detalles decepcionantes.
La sala del Proyecto Lana Fina ocupaba un rincón de vidrio esmerilado, lejos del resto de los equipos. Había cuatro escritorios, una pantalla enorme y una pared cubierta de cronogramas. Ninguna fotografía de ovejas. Agradecí esa pequeña misericordia.
Yo había pasado la noche terminando el análisis que Máximo me pidió.
También había pasado veinte minutos borrando cualquier frase que revelara que conocía demasiado bien a la familia Zeballos.
No sabía cuál de las dos tareas me había cansado más.
—Aubry —dijo Federico—, explíqueme por qué cree que el derecho de preferencia puede retrasarnos.
Me puse de pie y fui hasta la pantalla.
—Porque el fondo está pensando como comprador y la familia va a pensar como familia.
Máximo cruzó los brazos.
—Eso no es una conclusión jurídica.
—No. Es el problema que precede a la conclusión jurídica.
Abrí el cuadro accionarial.
—Los Zeballos tienen desacuerdos internos, pero llevan tres generaciones protegiendo el control. Si uno de los minoritarios intenta vender, los demás pueden ejercer preferencia. El memo original calcula tiempos como si fueran accionistas independientes. No lo son.
Federico asintió.
—¿Cómo sabe que existen desacuerdos internos?
El corazón me golpeó una vez, seco.
—Prensa económica. Hubo una disputa pública hace dos años.
Máximo no apartó los ojos de mí.
Yo sí.
Señalé otro recuadro.
—Además, la reforma estatutaria amplió el mecanismo. Si no ajustamos el calendario, el fondo puede revelar sus intenciones antes de tener una posición suficiente.
La reunión siguió cuarenta minutos.
Respondí preguntas.
Discutí dos veces con Máximo.
Una con Federico.
Ganó Federico porque tenía sesenta años, paciencia y la habilidad de decir “interesante” cuando quería decir “no diga estupideces”.
Cuando terminamos, recogí mis papeles.
—Quédese —dijo Máximo.
Federico se detuvo en la puerta.
—¿Debo preocuparme?
—Siempre —respondí.
—No usted.
—Qué alivio.
Federico salió riéndose.
La puerta se cerró.
Máximo se quedó de pie junto a la mesa.
—Tiene una tendencia preocupante a contestar todo.
—Me contrataron por criterio.
—No recuerdo haber incluido insolencia.
—Venía en el paquete.
Se acercó.
No mucho.
Lo suficiente.
Yo seguía sosteniendo una carpeta contra el pecho como si fuera un escudo ridículo. Máximo miró el gesto y después mi cara.
—Relájese.
—Estoy relajada.
—Está estrangulando documentos.
Bajé la carpeta.
—¿Qué quiere?
—Saber por qué cada vez que alguien dice Zeballos usted parece prepararse para un interrogatorio.
La sangre me abandonó las manos.
—Porque esto es importante.
—Eso no responde.
—Responde lo suficiente.
Máximo apoyó una mano en la mesa, a mi lado.
No me tocó.
La cercanía hizo un trabajo bastante eficaz sin ayuda.
—Anoche me dijo que no tenía relación personal con la empresa.
—Correcto.
—Hoy anticipó cómo reaccionaría una familia que, según usted, solo conoce por prensa económica.
—Los patrones familiares no requieren invitación a Navidad.
Su boca se movió apenas.
—Buena salida.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Entonces debería trabajar en el tono.
Me sostuvo la mirada un segundo más.
Después se apartó.
El aire volvió a circular como si alguien hubiera abierto una ventana invisible.
Me odié por notarlo.
—Puede irse.
—¿Eso era todo?
—Por ahora.
Me giré para salir, pero antes de alcanzar la puerta escuché el clic de su teclado.
—¿Ahora qué?
—Trabajo.
—Concepto revolucionario.
—Puede probarlo alguna vez.
Volví la cabeza. En su monitor había una ventana abierta con registros internos del servidor. No alcancé a leer nombres, solo columnas de fechas, usuarios y accesos.
—¿Está investigando quién roba café?
—Prioridades, Aubry.
—Entonces empiece por Bruzzone. Tiene cara de culpable.
Máximo cerró la ventana con calma.
—Váyase a almorzar.
—¿Me está echando?
—Estoy intentando evitar que diga algo que me obligue a hacerlo.
—Eso sonó casi cariñoso.
—No se acostumbre.
Salí sonriendo pese a mí misma.
En el ascensor, la sonrisa desapareció.
Registros de servidor.
La imagen volvió de golpe: el correo abierto a las 19:42, mi usuario conectado, veinte páginas consultadas desde mi cuenta.
Sabía que los sistemas guardaban rastros. Claro que lo sabía. Era abogada, no una delincuente improvisada en una serie barata.
Aun así, hasta ese momento había tratado el error como algo ocurrido en privado.
Quizá no lo había sido.
Quizá Máximo ya estaba buscando exactamente la clase de mentira que yo acababa de contarle.
La frase me acompañó hasta el ascensor.
A las doce y media, Amparo apareció en recepción con dos bolsas de comida y una sonrisa capaz de destruirme la mañana.
—Sorpresa.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué haces aquí?
—Traerte almuerzo. Anoche estabas rara y hoy ignoraste tres mensajes.
—Estaba trabajando.
—Eso dicen todas antes de terminar casadas con Excel.
La recepcionista sonrió.
Yo quería esconder a Amparo dentro de una maceta.
—No puedes subir.
—No pensaba hacerlo. No tengo vocación de rehén corporativa.
Tomé las bolsas.
—Podemos comer abajo.
—Tengo veinte minutos.
Nos sentamos en una mesa del café del lobby.
Amparo sacó dos empanadas.
—La expansión está congelada.
La culpa dejó de ser una idea.
—¿Qué pasó?
—Dos accionistas recibieron ofertas privadas esta mañana.
Tragué despacio.
—¿De quién?
—No sabemos.
Claro que yo sí sabía.
—Quizá sea especulación.
—Quizá. Pero mi tío está nervioso y cuando mi tío se pone nervioso compra whisky malo y toma decisiones peores.
—Eso parece hereditario.
—No te hagas graciosa.
—Es mi mecanismo menos caro.
Amparo sonrió, pero enseguida volvió a ponerse seria.
—Ren, si escuchas algo en el bufete...
El estómago se me cerró.
—Amparo.
—No te estoy pidiendo información confidencial. Solo dime si debería preocuparme.
Miré su cara.
Podía decir una palabra.
Sí.
No necesitaba enviar documentos.
No necesitaba explicar nada.
Solo una palabra.
—No he escuchado nada.
La mentira salió limpia.
Eso fue lo peor.
Amparo exhaló.
—Bien. Entonces estoy paranoica.
—Tu familia lleva una empresa. La paranoia viene con acciones preferentes.
—Sabía que ser abogada te arruinaría el sentido del humor.
Me abrazó antes de marcharse.
Yo tardé un segundo en devolverle el abrazo.
Cuando regresé al piso catorce, Máximo estaba frente a mi escritorio.
—¿Visitante?
Mi pulso cambió.
—Una amiga.
—¿Del trabajo?
—No.
—¿Nombre?
Lo miré.
—¿También controla mis almuerzos?
—Solo cuando recepción registra visitas vinculadas a empresas de nuestros casos.
El mundo se volvió demasiado pequeño.
—¿Qué dijo?
—Nada importante.
Máximo metió las manos en los bolsillos.
—Qué curioso.
—¿Qué cosa?
—Que Amparo Zeballos figure como su contacto de emergencia en Recursos Humanos.
No respiré.
Él inclinó la cabeza.
—Mañana, ocho en punto, mi oficina. Y esta vez, Aubry, le conviene no mentirme.
