Capítulo 2 Capítulo 1: Consumar el matrimonio
Capítulo 1: Consumar el matrimonio
(Cornualles, Inglaterra)
Un anillo frío en mi dedo que no siento como una promesa, sino como una jaula. Una cárcel. Una unión que nunca elegí con un hombre al que detesto.
Después de la extravagante ceremonia en la catedral, Jack me subió a un carruaje sin decirme adónde íbamos. Durante todo el trayecto se mantiene rígido, con la mandíbula tensa y la mirada fija en sus papeles, iluminados por la luz temblorosa de una vela. Apenas me dirige la palabra. En el altar solo me dio un beso seco, casi asqueado, como si tocarme le resultara repugnante.
Jack Millán es peligrosamente atractivo: alto, de porte aristocrático, cabello rubio perfectamente peinado y unos ojos color miel que parecen capaces de congelar el alma. Sin embargo, esa misma belleza lo hace aún más intimidante.
Me duermo en algún momento del viaje, exhausta. Despierto cuando siento dos toques suaves en mi mano. Al abrir los ojos, descubro que he apoyado la cabeza en su hombro y que un hilo de saliva ha manchado su elegante chaqueta. Me aparto bruscamente, avergonzada.
—Nos quedaremos aquí esta noche —dice Jack por primera vez desde que pronunciamos los votos—. Mañana zarparemos hacia el Mar Céltico.
Sin esperar respuesta, baja del carruaje.
Lo sigo, aún somnolienta. El vestido de novia blanco y exageradamente pomposo llama la atención de todos en el puerto. Jack da órdenes a varios hombres mientras señala los grandes barcos anclados en la costa. De pronto, una idea encaja en mi mente: ¿y si se casó conmigo solo por mis conocimientos sobre barcos y navegación? Sería la única explicación lógica. No soy ni la mitad de hermosa que su primera esposa, ni la clase de mujer sumisa que él seguramente espera. Si solo me quiere por mi mente… quizá no haya sexo.
Esa posibilidad me llena de esperanza.
Jack camina hacia mí y toma mi mano sin pedir permiso. Sus dedos son largos y delicados.
—Vamos —ordena.
Me lleva hasta una taberna con habitaciones en la planta superior. En lugar de subir directamente, se une a un grupo de hombres que lo saludan con familiaridad. Por primera vez lo veo relajarse. Su rostro se suaviza, incluso sonríe. Empiezan a beber ron. El olor fuerte me revuelve el estómago.
—Voy al baño —murmuro.
No sé si me escucha. Como de costumbre, me ignora. Me escabullo entre la gente mientras dos hombres comienzan a pelear y rompen una mesa. El ambiente es ruidoso, vulgar y me resulta asfixiante.
Al salir del baño, escucho voces cerca de una columna. Dos hombres de aspecto desaliñado hablan en voz baja. Me detengo y aguzo el oído.
—Se dice que el viaje durará tres meses como mucho, pero valdrá la pena. La isla está llena de oro.
—¿Y quién tiene el mapa del tesoro?
—Jack y el capitán. Algo así no se deja en manos de cualquiera.
¿Jack no es el capitán? Frunzo el ceño. ¿Entonces quién lo es?
—Jack sacó al capitán Jones de la cárcel solo para este viaje —continúa uno—. El hombre estaba condenado a la horca. Dicen que es un pirata despiadado, casi invencible. Hundió él solo una flota de doce barcos enemigos.
—Capitán Jones… —repite el otro, impresionado—. ¿Crees que Jack pueda controlarlo?
—Jack tiene el dinero. Jones trabaja por dinero. Juntos van a ser imparables.
—¿Y viste a la mujer que anda con Jack? —se ríe el primero—. Seguro la lanza por la borda antes de la primera semana. ¿Quién demonios lleva a su esposa a una expedición pirata?
Ambos sueltan carcajadas. Siento que el corsé me aprieta aún más las costillas. Apenas puedo respirar.
De repente, una mano fuerte me agarra del brazo. Me giro y me encuentro con los ojos color miel de Jack. Tiene las mejillas enrojecidas y la mirada vidriosa por el alcohol.
Me atrae bruscamente hacia su pecho. Su otra mano baja hasta mi espalda baja.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto, tensa.
—Bailar con mi esposa —responde con una sonrisa ladeada que nunca antes había visto en él.
—Estás borracho.
—Es el día de mi boda. Hay que celebrarlo —dice, y acerca su frente a la mía. Su aliento huele a ron fuerte.
Me toma de las mejillas con firmeza y me obliga a mirarlo. Sus ojos ya no parecen miel, sino hielo.
—Recuerda que eres mi esposa —susurra peligrosamente cerca de mis labios—. Sube a la habitación del fondo y prepárate. Quiero que estés bañada y perfumada cuando entre. No tardaré.
Me suelta, el terror me recorre la espalda. Sé exactamente lo que quiere; comprobar que soy virgen. Mi padre se lo prometió, si no lo soy, puede anular el matrimonio y arruinar a mi familia.
Camino hacia el fondo del pasillo con las piernas temblando, hay dos puertas, la primera está cerrada con llave, abro la segunda.
La habitación es sencilla pero limpia; una cama grande con sábanas blancas y un pequeño cuarto de baño. No hay ropa mía; Jack me pidió expresamente que no trajera nada, que él me proporcionaría todo.
Rompo los lazos del corsé con un cuchillo que encuentro sobre una mesa, el alivio al respirar libremente es inmediato. Me baño rápidamente, intentando calmar los nervios, pero es inútil, esta noche perderé mi virginidad con un hombre al que temo más que respeto.
Salgo envuelta solo en una toalla. Al entrar en la habitación, me sorprende ver a Jack ya acostado en la cama, cubierto hasta la cabeza con las sábanas.
«Por favor, que esté tan borracho que no despierte hasta mañana…»
Me acerco en puntillas y me acuesto en el extremo opuesto, de espaldas a él. Apenas me cubro con la sábana cuando siento que se mueve.
Contengo la respiración.
En lugar de ser brusco, se acerca con lentitud, sus dedos rozan mi cintura con una suavidad inesperada, luego sus labios encuentran mi nuca, apartan mi cabello y dejan un rastro de besos cálidos hasta mi cuello. Jadeo, un escalofrío de placer me recorre.
Su mano desciende con más confianza por mi vientre, su tacto me enciende de una forma que nunca había experimentado.
—Abre las piernas despacio —susurra contra mi oído.
Obedezco. Sus dedos se deslizan entre mis pliegues, hábiles y pacientes, gimo y arqueo la espalda contra él, me lleva al borde con maestría hasta que exploto en un orgasmo intenso, temblando entre sus brazos.
Luego me toma de las caderas, se coloca detrás de mí y empuja en un solo movimiento, grito, mitad de dolor, mitad de placer. Él no se detiene, sus manos aprietan mis pechos mientras me embiste con ritmo profundo, los sonidos de nuestra piel y nuestros jadeos llenan la habitación, pronto llego a un segundo clímax aún más fuerte, poco después, Jack gruñe contra mi cuello y se derrama dentro de mí, estremeciéndose.
Ambos quedamos exhaustos, respirando agitados.
Cierro los ojos con una pequeña sonrisa. Tal vez… solo tal vez… pueda tolerar este matrimonio si todas las noches son así.
Me despierto acalorada. Unos brazos fuertes rodean mi cintura desnuda. Sonrío al recordar lo ocurrido y acaricio la piel bajo mis dedos, dstá muy velluda.
Abro los ojos, la luz del amanecer entra por la ventana e ilumina tatuajes oscuros sobre una piel bronceada. Mi corazón se detiene.
Con cuidado, me libero de su abrazo y me giro.
No es Jack.
Me levanto de un salto y agarro una almohada para cubrir mi desnudez, el hombre abre los ojos lentamente, unos ojos grises, fríos y penetrantes, me observan con calma, tiene el cabello oscuro y largo, ligeramente revuelto, y una barba corta bien cuidada.
—¿Quién eres? —pregunto con la voz temblorosa.
Él termina de despertar, me mira de arriba abajo y una sonrisa lenta y peligrosa se dibuja en sus labios.
—Mucho gusto, soy Gaspar, mejor conocido como el capitán Jones.
