Capítulo 3 Capítulo 2: Nuestro secreto

Capitán Jones. Ese nombre resuena en mi cabeza. Es el mismo pirata peligroso del que hablaban los hombres en la taberna. El hombre que había estado condenado a muerte por matar a decenas de personas y que mi esposo liberó solo para que trabajara para él en este viaje.

Esto no puede estar pasando.

Mi mirada baja hasta las sábanas. Están manchadas con mi sangre, como si una pesadilla se hubiera metido dentro de otra.

—¿Estás bien? —pregunta Gaspar, confundido al ver cómo cambia mi expresión—. Sé que anoche lo disfrutaste.

Ese es precisamente el problema. Anoche no debí disfrutarlo, este ha sido el peor error de mi vida.

—Vuelve a la cama —dice él. Sus ojos se posan un segundo en la sangre seca sobre las sábanas—. ¿Y esta sangre?

—¿Qué haces en esta habitación? Se suponía que era mía —respondo.

En ese momento Gaspar parece entender que no estoy nada contenta con su presencia. Frunce el ceño y se pasa una mano por la barba corta.

—Es mi habitación —replica—. Creí que eras un regalo.

—¿Regalo? —repito.

—Sí, ya sabes… a veces las prostitutas…

No puede ser verdad.

—¡No soy una prostituta!

Gaspar inclina la cabeza ligeramente, como si empezara a comprender que algo no encaja, aunque todavía no parece ver la gravedad del asunto.

—Oh —se limita a decir.

—Estoy casada —explico, y le muestro la mano con el anillo de oro mientras sigo cubriéndome el cuerpo con la almohada—. Anoche creí que eras mi esposo.

Él alza una ceja, claramente incrédulo.

—¿Entonces quieres que crea que te metiste en mi habitación y en mi cama por error?

Palidezco. Por primera vez me doy cuenta de que yo cometí el error. Un error que podría costarme la vida y arrastrar a mi familia a la ruina.

—Esto no debió pasar —susurro, con la voz quebrada.

Gaspar, todavía indiferente, responde:

—Deberás guardar el secreto si quieres seguir con vida. Por mi parte no debes preocuparte, no diré nada.

Él sigue creyendo que lo hice a propósito. Aunque Gaspar diga que guardará el secreto, ¿cómo voy a comprobar mi pureza ante Jack si ya no soy virgen? A él no le importará mi confusión. Tiene todo el derecho y el poder para anular el matrimonio y hundir el nombre de mi familia.

Gaspar se levanta sin ninguna vergüenza. La luz de la mañana ilumina su cuerpo bronceado y completamente desnudo. Su físico es fuerte y marcado por tatuajes. Su miembro a la vista me hace contener un grito. Nunca había visto a un hombre desnudo hasta ahora. Es… impactante. Aparto la mirada, con el rostro ardiendo.

—¡Cúbrete!

—No es algo que no hayas visto ya —dice con sarcasmo—. Eres una mujer casada.

Se pone los pantalones y solo entonces me atrevo a mirarlo de nuevo con precaución. Parece divertido.

—Me gusta lo que veo en el reflejo de la ventana —comenta.

Me giro y me sobresalto al darme cuenta de que la almohada solo cubre mi parte delantera, dejando mi espalda y mi trasero completamente expuestos. Agarro otra almohada de la cama y me cubro por detrás. Gaspar suelta una carcajada profunda que me eriza la piel mientras se acerca.

—Me preocupa esa sangre —dice, señalando la cama con un movimiento de cabeza mientras se ajusta el cinturón—. ¿Estás herida?

«Es mi virginidad…»

—No es mía —miento—. Debe ser algún tipo de protección para la cama.

—Algún tipo de protección —repite con burla—. ¿Y lo rojo supongo que es el manto de la Virgen María, Ladybird?

—Sí, debe ser.

Vuelve a reírse. Aprieto los labios al entender, un segundo después, a qué se refiere con Ladybird. Las mariquitas ayudan a los agricultores y se les considera protegidas por la Virgen María, por el caparazón rojo como su manto sagrado.

Cuando sus ojos grises vuelven a fijarse en los míos, el ambiente de la habitación cambia por un instante. Se vuelve más íntimo. Él sabe que estoy mintiendo.

—Tengo que irme —murmuro. No puedo darle más explicaciones. La vergüenza me quema.

Corro hacia la puerta, pero antes de que pueda abrirla, él da dos pasos y me toma del antebrazo. Me tenso y dejo de respirar. Igual que anoche, su tacto se siente distinto. Sus manos son ásperas pero cálidas, con un toque que me atrae.

—¿No te gustó? —pregunta en voz baja, como un ronroneo.

—Tengo que irme —repito. Me suelto de su agarre, abro la puerta y la cierro detrás de mí.

Mi corazón late tan fuerte que lo escucho en mis oídos. Apenas puedo respirar. Veo la otra puerta del fondo. Dudosa, intento abrirla. Al principio se atasca, pero luego cede. La habitación está vacía. Hay una cama idéntica y un bolso sobre ella. Me acerco, suelto las almohadas en el suelo y abro la maleta. Está llena de ropa.

Toda la ropa que Jack me había prometido.

Esta es mi habitación. La realidad me golpea con fuerza. Yo me equivoqué de puerta. ¿Dónde está Jack? ¿Ya sabrá que pasé la noche en otra cama? Mis manos tiemblan solo de imaginar que me haya visto desnuda junto a Gaspar.

Me baño rápidamente, como si el agua pudiera borrar las huellas que Gaspar dejó en mi piel. Me pongo uno de los vestidos de algodón color marfil y pienso recogerme el cabello en un moño alto, pero al mirarme en el espejo veo las marcas oscuras en mi cuello. Decido dejar mi cabello rizado suelto. Mis ojos marrones tienen un brillo distinto.

Salgo en busca de Jack. No lo encuentro en ningún lado. Regreso a la taberna y me sorprende ver a varios hombres todavía borrachos, durmiendo en el suelo. Es muy temprano. Entrecerro los ojos y lo localizo al fondo, tirado en un sofá de madera. Su traje blanco está manchado de cerveza, su cabello grasoso y su boca ligeramente abierta.

Le toco el brazo. Se despierta de inmediato. Sus ojos color miel me miran confundidos y frunce el ceño.

—¿Ya es de mañana? Me quedé dormido —dice con la voz ronca.

Por su desorientación me doy cuenta de que no sabe que pasé la noche en otra habitación. Un rayo de esperanza me recorre. Tal vez no lo sepa. Tal vez mi secreto esté a salvo.

—Sí —respondo, y aclaro la garganta—. Es muy temprano todavía.

Se levanta tambaleante y me acaricia la cabeza con un gesto descuidado, como si fuera una mascota.

—Vale, vamos a la habitación.

—¿Para qué? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—A cumplir lo que te dije anoche.

Me toma de la muñeca y empieza a caminar hacia el pasillo, prácticamente arrastrándome. El pánico me invade. No soy virgen. Me acosté con otro hombre.

De pronto, la puerta de la habitación del fondo se abre. Gaspar sale vestido con pantalones oscuros, un cinturón ancho, una camisa blanca de tela fina abierta en el pecho y sostenida por cordones cruzados que le dan un aspecto rebelde. Lleva un sombrero tricornio sobre la cabeza.

Sus ojos grises me miran primero a mí, luego a Jack, y finalmente a la mano con la que mi esposo me tiene agarrada. En un segundo todo encaja en su mente.

—Capitán Jones, buen día —saluda Jack.

—Señor Millán —responde Gaspar, y vuelve a mirarme.

—Esta es mi esposa, Maria —dice Jack.

—Mary —corrijo.

—Mary —repite—. Nos acompañará en esta aventura. Será nuestra luna de miel.

Al escuchar la palabra “luna de miel”, Gaspar levanta ligeramente las cejas. Se queda inmóvil un instante al comprender que se acostó con la esposa recién casada de su jefe.

Siento que voy a desmayarme. Si él habla, será mi fin.

Gaspar reacciona, fuerza una sonrisa ligera, se quita el sombrero y se inclina hacia mí como un caballero.

—Un placer conocerla, señora Millán —murmura, sin apartar sus ojos grises de los míos.

—Igualmente, capitán Jones —respondo, demasiado rápido.

—En unas horas estaremos listos para embarcar —continúa Jack con indiferencia—. Dígale a sus hombres que suban el cargamento de la costa, pero no les diga que es armamento. Que sea un secreto entre nosotros.

¿Armamento? Es la primera vez que entiendo que este viaje puede ser realmente peligroso.

Gaspar muestra una sonrisa ligera mientras me mira y responde:

—Por supuesto, el secreto está a salvo conmigo.

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