Capítulo 4 Capítulo 3: Abismo de la muerte

Capítulo 3: Abismo de la muerte

Por alguna razón, la respiración se me queda atascada en los pulmones. Al volver a mirar sus ojos grises con detenimiento, me traslado de nuevo a lo ocurrido anoche y esta mañana: algo íntimo, deseoso, al borde de lo pasional. Son un montón de sensaciones extrañas y desconocidas para mí.

Como si él fuera un nuevo mundo oscuro, prohibido y emocionante.

Gaspar se coloca de nuevo el sombrero tricornio y fija la mirada en Jack cuando este habla.

—He sido notificado de que una de las bombas principales del barco tiene problemas.

—Mi precioso Abismo de la muerte siempre ha tenido ese defecto —contesta Gaspar.

El capitán Jones habla del Abismo de la muerte como si fuera su tesoro más preciado. Debe de ser uno de sus barcos favoritos.

—Será mejor resolverlo antes de partir —dice Jack.

—Iré a ver si aún no lo han resuelto —responde Gaspar—. De seguro no ha sido engrasado.

—Si hablan de un defecto con la bomba, tal vez sea porque el cuero está seco —comento.

Gaspar gira sus ojos grises hacia mí. En un segundo parece analizar mis palabras y luego frunce el ceño.

—Sí, es posible —dice el capitán con ligero interés—. ¿Sabe de barcos, señora Millán?

—He leído muchísimo sobre barcos —admito—, en especial los de fragata.

Él parece aún más confundido y pregunta, desconcertado:

—¿Por qué?

—Diversión —admito—. Me gusta leer sobre cosas interesantes.

Algo brilla en su mirada, tal vez interés o curiosidad.

—¿Sabe usted lo que dicen de las mujeres que leen por diversión, señora Millán? —pregunta Gaspar.

—No —respondo con intriga—. ¿Qué se dice?

—Que son expertas en engaños —sus labios se estiran en esa sonrisa que empieza a erizarme la piel—. Empiezan con libros y luego con corazones.

Me quedo paralizada un instante al notar que me está recordando lo que hicimos, de una forma discreta y presumida.

—Mi esposa tiene muchos conocimientos en estas cosas de los barcos —interviene Jack—. De seguro puede ir a echar un vistazo.

Pestañeo varias veces. Por un instante había olvidado que Jack estaba junto a mí. Frunzo el ceño.

—¿De verdad? —pregunto, volviéndome hacia Jack. En ese momento noto que tiene una mueca extraña y parece algo pálido.

—Sí… —murmura apresuradamente, intentando mantener la compostura—. Necesito un momento, disculpen.

Su rostro se torna verde y empieza a caminar hacia la habitación. Me preocupo un poco y voy detrás de él, pero apenas lo nota alza una mano para detenerme.

—Solo. Necesito estar solo —dice, como si estuviera a punto de vomitar, y mueve la mano para espantarme—. Tú ve con el capitán Jones, después te alcanzo.

Sin decir nada más, entra a la habitación apresuradamente y me cierra la puerta en la cara. Llevo una mano a mi pecho. Se escuchan claramente sus arcadas del otro lado. Supongo que todo lo que vomita es el alcohol de anoche. Por el momento, me he salvado de tener que inventar alguna excusa para el enorme problema que estoy postergando: mi virginidad perdida, y no por él.

Me volteo y me encuentro de frente con el capitán Jones. Él me observa con detenimiento. En el estrecho pasillo siento que está demasiado cerca. Nuevamente se hace difícil respirar con normalidad.

Maldición, de seguro él no siente ni un poco de lo que yo estoy sintiendo ahora. Debo calmarme.

Parece ligeramente serio, observándome como si también sintiera la presión de la proximidad. Aclara su garganta, mira al frente y dice:

—Vamos, se hace tarde.

«¿O sí siente lo mismo que yo?»

Obedeciéndolo, empiezo a caminar siguiendo sus pasos. Cuando salimos de la taberna, el frío mañanero traspasa mi piel y me hace estremecer. La vista es asombrosa: todos los barcos alineados en la orilla y el sol saliendo en el horizonte.

—Gracias por protegerme y no decirle a tu jefe —comento, rompiendo el silencio ahora que estamos solos.

—Yo no tengo jefe —replica.

Gaspar continúa caminando con la mirada fija al frente. Tiene una manera particular de caminar: sus hombros se mueven al mismo ritmo que sus pies, como si estuviera siempre alerta para golpear, correr o simplemente imponer su presencia. Es intimidante.

—Creí que Jack… —empiezo a decir, pero me interrumpe:

—Jack es el hombre del dinero, y el dinero mueve mis intereses —se detiene abruptamente y se voltea hacia mí—. No malinterpretes mis acciones, Ladybird. No lo hice para protegerte.

Ladybird. Al parecer ya ha decidido llamarme así.

Sus ojos grises tardan un momento en mirarme, como si quisiera ser indiferente, pero cuando finalmente lo hace, pregunto:

—¿Y por qué lo hiciste? No me debes nada.

Él estira las comisuras de los labios y responde en un susurro:

—Que tu esposo sepa que pasaste la noche de bodas conmigo y no con él no está en mis planes. Somos socios. No lo quiero como enemigo.

Trago saliva con dificultad. Eso tiene mucho sentido. Si salió de la cárcel gracias a Jack, este puede volver a enviarlo allí.

—¿Qué trato tienes con mi esposo? —pregunto con curiosidad.

—Dinero —responde casi sin pensar—. Todos estamos aquí por el dinero. Es lo único que importa.

Asiento con la cabeza y me cruzo de brazos.

—Entonces… —digo—, ¿haremos como que nada pasó?

Observo su reacción. Parece convencido y mantiene su mirada en la mía al responder con sequedad:

—Nada pasó. Ya lo olvidé. Ahora olvídalo tú.

Debería estar satisfecha con su respuesta, pero en realidad me enfada la manera déspota en que lo dice.

—Podría olvidarlo más fácil si no me hubieras quitado la virginidad —replico, ofendida—. Ahora no sé qué le diré a Jack.

Para él es sencillo andar metiendo su polla en cualquier hueco sin medir las consecuencias y sin remordimiento, porque al parecer nada le importa. Solo el dinero.

Gaspar alza ambas cejas ante mi confesión.

—Ahora tiene sentido lo de la sangre —comenta—, y lo apretado que se sentía.

Siento que mi rostro se pone rojo al oírlo decir esas cosas tan íntimas, pero me da igual que lo sepa. Estoy frustrada.

—¿De verdad no sientes nada de remordimiento? —susurro, acercándome a él. Mis palabras salen apretadas entre los dientes—. Te entregué lo más valioso que tenía.

El capitán Jones se inclina hacia mí y sus labios se amplían en una sonrisa mientras murmura:

—Soy pirata. Robar tesoros es lo mío. Pero el tuyo… ha sido el mejor botín que he tenido en muchos años.

Siento que se me seca la garganta y, nuevamente, olvido cómo respirar. No solo mis mejillas están encendidas: mis orejas y mi cuello también arden. Gaspar se ríe entre dientes y continúa:

—Respira, Ladybird. No haré nada contigo —se da la vuelta para dirigirse al barco. Respiro, pero alcanzo a escuchar cuando agrega, mientras camina—: que no quieras.

Pestañeo varias veces y voy detrás de él.

—¿Qué dijiste?

—Te tengo una solución rápida —me ignora deliberadamente la pregunta—, no te acuestes con Jack, dile que tienes menstruación.

—Sería la menstruación más larga de la historia —replico.

—Entonces no te acuestes con él —dice Gaspar como si a partir de ahora no tuviéramos que dormir juntos y viajar en un barco por meses, todos juntos. Pero solo me preocupa lo que ocurrirá con nosotros tres en el viaje.

Mí esposo, yo y el socio.

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