Capítulo 5 Capítulo 4: Ferviente deseo

Capítulo 4: Ferviente deseo

Gaspar camina frente a mí. Su cabello oscuro se mueve ligeramente debajo del sombrero. Es muy alto, tal vez incluso un poco más que Jack. Su piel permanentemente bronceada delata que pertenece al mar, al igual que las orejas cubiertas de aretes de oro. Las personas de la zona que caminan cerca se apartan con miradas de curiosidad, respeto y terror al verlo pasar. Algunos hombres de su tripulación lo saludan con cercanía y él les corresponde con un breve gesto de la mano, como si fuera el dios al que adoran mientras les ordena subir la mercancía.

Desde el muelle se ve el gran Abismo de la Muerte atracado en el mar. Nos dirigimos hacia la plancha de abordaje: una enorme madera gruesa de roble, lo suficientemente larga para cubrir la distancia entre el muelle y la cubierta del barco. Espero a que el capitán Jones pase primero, pero él se aparta a un lado y me da paso.

—Pase usted, señora Millán.

No puedo evitar notar el leve tono sarcástico que usa con “señora Millán”.

—Gracias —respondo en el mismo tono burlón.

Apenas apoyo un pie, la madera demuestra lo inestable que es. Se mueve bajo mi peso en cada paso. Voy por la mitad cuando soy consciente del espacio tan estrecho y de la gran altura que da al agua profunda. Siento que mi vista se nubla por un segundo y pierdo el equilibrio. Un brazo me envuelve por la cintura y me pega contra su fuerte pecho. Jadeo sin aliento.

—Te hubiera dejado caer, pero te sigo cubriendo las espaldas —dice a mi oído con ligera arrogancia—. Tu deuda conmigo está cada vez más grande.

Aclaro mi garganta y terminamos de cruzar hacia la cubierta principal. Estar en el Abismo de la Muerte me eriza la piel. Se siente extraño, frío, como el paso a otro mundo. El viento mueve las velas recogidas con violencia, produciendo un sonido particular. Gaspar abre la escotilla que da a la escalera de madera. Está algo oscuro y él toma un farol colgado en la esquina para iluminar el lugar. Lo sigo de cerca. El espacio es estrecho y huele a humedad y madera mojada.

—¿Tienes miedo a la oscuridad? —pregunta, su voz haciendo eco.

—No, aunque el barco tiene cierta sensación de terror.

Alcanzo a ver su media sonrisa en la tenue luz y responde:

—Cuando la luna se oculta en medio del gran mar, el barco se siente como un hogar.

Al llegar a los últimos tramos hay unos desniveles. Gaspar me ofrece una mano, pero la ignoro y termino de bajar sola.

—Eres algo obstinada, Ladybird —comenta—. ¿Alguien te lo había dicho?

—Sí —admito—. Mi padre siempre aprovechaba cualquier ocasión para decir que era su “hija hueca”.

—¿Su hija hueca? ¿A qué te refieres?

—La oveja negra entre el rebaño blanco, la cizaña del trigo —hago una ligera mueca—. Siempre fui en contra de todo lo que mi padre quería para mí. Hasta que al final él ganó: me casó a cambio de una buena cantidad de dinero. Se siente como si me hubiera vendido. Siempre creí que quería deshacerse de mí y esto me lo confirmó.

Creí que Gaspar no diría nada al respecto, pero parece algo curioso al preguntar:

—¿Cuánto llevas de casada?

—Ayer —respondo, aunque en realidad se siente como si fueran muchos años.

—Solo te falta una eternidad siendo infeliz atrapada en un matrimonio —dice con sarcasmo—. Ten un poco de ánimo.

—Aún no lo conozco lo suficiente, pero por el momento no soy infeliz —admito—. Es solo que no es la persona más cálida del mundo, y creo que si no hay amor, al menos debería haber comodidad. Son cosas que no hay con él. No sé por qué te estoy diciendo esto.

—Soy una caja fuerte —dice—. Todos depositan sus secretos en mí porque saben que soy lo suficientemente amable para escuchar y lo suficientemente discreto como para no abrir la boca.

—¿Entonces eres un chismoso? ¿Te gusta escuchar chismes?

Él se ríe entre dientes, una carcajada profunda que resuena en el angosto lugar.

—No me quejo —admite—, pero la mayoría de los secretos que me cuentan se me olvidan en realidad.

Me río un poco. Él también. Se siente realmente extraño, como estar con un viejo amigo y no con el peor error de mi vida. Solo pensarlo me asusta.

Llegamos al entrepuente donde está la bomba. La zona está oscura. Él me da el farol y yo lo sostengo. En ese breve instante en que la luz mengua, Gaspar se pega bruscamente a la pared y grita.

—¡¿Qué?! ¡¿Qué pasa?! —grito, empezando a alumbrar e intentando ver qué lo ha atrapado. Sin embargo, Gaspar empieza a reírse y se levanta otra vez.

—Relájate, my lady, estás muy tensa.

My lady. No me pasa desapercibido cómo me llama.

Al parecer el capitán Jones es bastante bromista y yo bastante ilusa. Casi me causa un ataque al corazón. Él mira las bombas y murmura:

—Creo que está seco.

Gaspar mete la mano en el cubo de grasa y luego toca el aro de cuero, masajeándolo para ablandarlo. Es extraño verlo hacerlo. Sus dedos se deslizan como si lo acariciara.

Como tocó mi cintura y mi vientre, pidiendo que abriera las piernas.

La grasa se calienta entre sus dedos y el cuero empieza a ceder. Su ceño está fruncido en concentración. Sus dedos se mueven engrasados, tocando como lo hizo entre mis piernas.

Mi rostro empieza a calentarse y tengo que apartar la mirada de él. Sin embargo, lo vuelvo a mirar para convencerme de que mi cerebro no me engaña. Sus brazos fuertes se contraen con el esfuerzo. Su sombrero ensombrece su rostro, dándole un aspecto llamativo y misterioso.

—¿Cuánto tiempo necesitarás para que dejes de mirarme de esta manera? —pregunta.

Por un instante salgo de mi embrujo y aclaro mi garganta para responder:

—No estaba mirándote.

—Lo hacías —alza sus ojos grises hacia mí mientras continúa moviendo los dedos—. Me miras y piensas en lo que te hice anoche.

De repente mi garganta se siente reseca. Que me mire de esa manera tan intensa mientras sigue moviendo los dedos engrasados me crea miles de sensaciones extrañas en el resto de mi cuerpo.

—Hay que jurar no hablar de esto —susurro, mi voz ronca.

—Estamos solos —dice—. Puedes hablar de esto para cerrar la conversación, para que lo saques de tu mente y avances.

Hablaba como si fuera muy fácil olvidar lo que había pasado hacía tan solo horas.

—¿Cómo es tan fácil para ti? —cuestiono.

—Cuando estoy en la cama con una mujer, no la miro a los ojos. Solo me interesa su cuerpo, nada más.

A mí tampoco me había mirado a los ojos. Porque fui una más de esas mujeres.

Solo un cuerpo. Solo lujuria.

Y aunque quiero ser como él, no puedo. Me siento usada por alguien que se robó lo más importante que tenía y ni siquiera le importa. Solo soy una más.

—¿Acostumbras ir con muchas prostitutas? —digo con algo de amargura.

—Nunca he pagado por tener un acto íntimo con alguien —admite, terminando de engrasar—. Usualmente las mujeres me seducen y yo me dejo.

Supongo que sí tiene una fila de mujeres que se le lanzan encima. El capitán Jones tiene ese enigma oscuro que lo hace atrayente.

—Entonces lo que ocurrió anoche —digo—, ¿no significó nada para ti?

Gaspar da un paso hacia mí. En la escasa luz, su rostro se ensombrece, luciendo más intrigante. Parece más alto en el pequeño espacio. Sus ojos grises resaltan como plata en la oscuridad.

—Fue un buen revolcón —responde.

—¿Revolcón? —repito ofendida—. ¿Tan poca cosa?

—No me entrego a los sentimientos ni a la maldición que llaman amor. Además, no debería importarte.

Su indiferencia solo hace crecer mi enojo.

—¿Cómo no iba a importarme? —suelto colérica.

—Porque tú estás casada con Jack.

Por medio segundo lo había olvidado por completo. Aprieto los labios, porque es cierto: no puedo forzar a que signifique algo. Fue un error. Ninguno de los dos existía en la vida del otro hasta anoche, cuando todo cambió.

—Así que ya debes dejar de mirarme así —suspira—, será muy evidente para los demás que te gusto.

Abro ligeramente la boca ante sus palabras llenas de arrogancia. Resentida y colérica replico:

—En realidad, cuando te miro, me pregunto cómo pude meterme con algo tan bajo como un pirata.

Mi voz suena filosa y despreciable. La luz del farol se apaga. Parece que se ha acabado el aceite. Intento encenderlo otra vez sin éxito hasta que finalmente prende. Me sobresalto al ver que el capitán Jones está frente a mí. No había escuchado sus pasos mientras se acercaba. Alza la mano y apaga el farol otra vez, dejándonos en oscuridad. Ahora solo veo su silueta mientras mis ojos se acostumbran a las sombras.

—¿Algo tan bajo como un pirata? —repite, quitándome el farol y dejándolo a un lado en el suelo—. ¿Tanto te dolió?

—No me dolió —replico, evidentemente resentida.

Él da un paso hacia mí y yo doy uno hacia atrás.

—¿Podrás mirarme sin recordar todo lo que temblaste por mí? —replica.

—Fingiré que lo de anoche fue Jack —replico en su mismo tono arrogante.

Su rostro se ensombrece mientras se acerca. En cada lenta pisada que hace, sus botas martillean el suelo de madera. El ambiente oscuro y pequeño empieza a sentirse asfixiante. Me echo hacia atrás. Mi espalda pega contra las escaleras, pero no tengo escape cuando el capitán Jones se detiene frente a mí. Alza su mano engrasada a la altura de mi cara y sus dedos se deslizan por mi mejilla.

—¿Fingirás que anoche fue Jack? —repite en un susurro, su aliento caliente sobre mi boca—. ¿Qué tan buena mentirosa eres?

Presiona sus caderas contra mi delgado vestido. La dureza de su entrepierna roza mi vientre y me hace arquearme, soltando un jadeo. Mi cuerpo empieza a hervir. Mis piernas están calientes y tiemblan por su proximidad. Gaspar sonríe, esa sonrisa torcida y seductora que logra dejarme sin aliento.

—¿Fingirás también —continúa en un susurro— que él te hizo gritar y gemir mientras tu cuerpo temblaba?

Su rodilla se abre paso entre mis piernas y las separa. Quiero cerrarlas, pero aprieta el agarre en mis mejillas y susurra sobre mis labios:

—Me miras y ya sé que estás empapada recordando lo que te hice.

Empieza a mover la rodilla hacia adelante y hacia atrás entre mis piernas. Aun con la tela que nos separa, tengo que cerrar los ojos porque mi cuerpo está ardiendo, como si estuviera a punto de caer a un mundo donde solo él puede llevarme.

—Inténtalo —susurra el capitán Jones sobre mi boca—. Te reto a que olvides que fui tu primera vez.

El capitán Jones pega su nariz a la mía. Su mano aún sostiene mi rostro mientras mueve la pierna. Su otra mano engrasada aprieta uno de mis pechos encima del vestido, dejando una marca marrón sobre la tela. Echo mi cabeza hacia atrás. Los gemidos salen incontrolables de mi boca. Gaspar pasa su lengua por mi cuello, estremeciendo todo mi cuerpo.

De repente se detiene abruptamente y cubre mi boca con su mano. Tardo unos segundos en recuperar la conciencia y escucho voces y pasos cerca. Ambos nos quedamos muy quietos. Muerdo mi labio inferior y alzo la vista hacia él, encontrándome con sus sombríos ojos grises fijos en mi rostro. Nuestras respiraciones son profundas y agitadas. La luz se aleja cuando los hombres se van y volvemos a quedar a oscuras.

Le quito la mano de mi boca y lo empujo para correr. Él me toma de la muñeca, pero lo miro de frente, mi rostro contrariado entre la locura y la moral.

—Hay que fingir… —digo— hasta olvidarlo.

Me separo de él, tocando mis labios cosquillosos, y subo las escaleras, preguntándome cómo permití que esto pasara y por qué mi cuerpo tiembla rogando por más.

El secreto de lo ocurrido se vuelve cada vez más peligroso, y sé que apenas es el inicio de un desastre.

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