Capítulo 6 Capítulo 5: Secretos en la oscuridad
Capítulo 5: Secretos en la oscuridad
GASPAR LEUTE
(CAPITÁN JONES)
Subo al camarote apretando los dientes. El bulto duro de mi pantalón me impide caminar correctamente. Gruño entre dientes y arreglo la entrepierna para dejar de caminar encorvado. La molestia debe ser más grande que la excitación que me provocó Mary. Debo dejarla a un lado y olvidarme de la idea de los celos que me genera imaginarla con Jack. Pensar en sus jadeos mientras se mordía los labios cuando tocaba sus pechos, en sus grandes ojos marrones entornados en deleite y en su olor a perfume solo me la deja más dura que antes.
Una niña buena. Una dama. Inocente y correcta. Muy diferente a todas las mujeres que he probado, que se me lanzan encima sin pensar.
«¿Olvidarme fácil? Solo tiemblas conmigo».
Paso una mano por mi barbilla, tomo una copa, saco la botella de ron del taburete y me sirvo. Mis manos tiemblan de enojo.
«Jack, ni ningún otro hombre, es mejor que yo».
Tomo el ron de un solo trago. Quema mi garganta. Aprieto los ojos y los dientes.
«No vas a olvidarme ni aunque quieras, my lady»
Me sirvo otro trago y pasa por mi boca como agua, atrapo mi labio inferior entre los dientes.
Tocan la puerta. Como está entreabierta, Fausto solo asoma la cabeza y me observa de pie junto a la mesa. Uno de mis tripulantes más fieles. Lo encontré siendo esclavo de una familia al norte de Francia y le ofrecí venir conmigo. Desde ese momento me entregó su devoción. Me sirvo más ron.
—Gaspar —dice Fausto, abriendo más la puerta—, ¿estás bien?
—Mejor que nunca —respondo en un gruñido. No quiero dar explicaciones—. ¿Qué quieres?
Entra y yo tomo otra copa para servirle. Él acepta, aparta uno de sus largos dreadlocks que le estorba en la cara y traga el líquido en seco, haciendo una mueca.
—¡Ahg!, está fuerte —gruñe—. Gaspar, el señor Millán ha pedido que ordenes que llenen los tanques inferiores de reserva.
Jack Millán ya está sacándome de mis casillas con sus exigencias e ínfulas de rey. Este es mi barco, mi tripulación. Él solo es el hombre del dinero que me sacó de mis problemas con la ley.
—Lo pide como si fuera un rey. Es un arrogante de mierda —continúa.
—¿Tanto odio en tan poco tiempo? —me burlo. También lo desprecio un poco, pero tenemos un trato que me interesa.
—Me miró como si tuviera pulgas en el cabello —se queja, tocando su abundante cabello.
Le doy unas palmadas en el hombro para animarlo a que no se detenga por esas tonterías.
—Encárgate, ya salgo a ayudar —ordeno.
Él asiente con la cabeza.
—Sí, capitán.
Sale y me sirvo otra copa, tragando el líquido como si pudiera tragar mi maldito enojo antes de salir. La pequeña de ojos marrones invade mis pensamientos.
Estoy jugando un juego peligroso con cosas que no son mías y debo parar.
MARY BLANCO
(DE MILLÁN)
Mi respiración está atascada en los pulmones. Me siento caótica. Mi mente está abrumada con miles de pensamientos que me aceleran la respiración y los latidos del corazón. Como si necesitara correr, escapar, gritar. Estoy por salir del pasillo, pero me detengo abruptamente cuando me topo de frente con un hombre que lleva unas cajas y hago que se le caigan algunas.
—Disculpe —digo, agachándome para recogerlas. Cuando me levanto para devolvérselas, frunzo el ceño. Él evita mi mirada, como si quisiera ocultarse.
—No hay problema —murmura con la mirada baja, intentando volver su voz más gruesa.
Va a avanzar, pero no me muevo de mi lugar. Miro su rostro: cabello corto rubio, nariz respingada y ese lunar rojo encima de la ceja que reconozco.
—¿Margareth? —murmuro, confundida.
Mi amiga, con la que pasaba largas jornadas de aventuras caminando por los puertos, conociendo más sobre los barcos, leyendo y conversando. Hacía cinco años que no la veía desde que se casó con un granjero y se fue a vivir a Francia, o eso había escuchado.
Él tira las cajas. Con una mano me tapa la boca y con la otra me empuja por el hombro, arrastrándome hasta una puerta al fondo. Mi espalda pega contra la pared. Su rostro queda cerca del mío, con los ojos muy abiertos.
—No digas ese nombre aquí —suelta Margareth entre dientes, volviendo a su voz afeminada—. Soy León. León Bar.
Entonces sí es ella, haciéndose pasar por un hombre. No puedo creerlo. Me quita la mano de la boca y yo niego con la cabeza.
—¿Pero qué haces vestida de hombre? —susurro, atónita.
—Fue la condición que me dio Jack para unirme a la tripulación —dice también en un susurro—. Nadie puede saber que soy mujer.
Alzo ambas cejas. Que Jack esté involucrado lo hace aún más extraño, porque a pesar de que sabía que eran parientes, nunca fueron tan cercanos.
—¿Qué te pasó? —pregunto—. Lo último que supe de ti era que te habías mudado.
Ella baja la mirada.
—Mi esposo fue asesinado hace unos meses —susurra. No parece tener pesar, sino mucha rabia contenida—. Luego descubrí que había estafado a muchas personas. Me dejó en bancarrota y con personas persiguiéndome.
Niego con la cabeza sin poder creer lo que escucho.
—Lo siento mucho.
La abrazo fuerte. Ella me corresponde. Puedo sentir su miedo. Ella nunca quiso casarse, pero, al igual que yo, empezó a ser una carga para sus padres.
—Ser la viuda de un hombre desgraciado no te abre ninguna puerta —murmura—. Fui a buscar ayuda con Jack y él me ofreció esto. No tengo salida. Al menos, con lo que gane aquí, podré irme a América y empezar de cero.
Nos separamos y observo las lágrimas que empapan sus mejillas. Se limpia con el reverso de su muñeca.
—Por favor, no digas nada.
—No diré nada —juro.
Ella observa mi rostro y frunce un poco el ceño, luego mira mi vestimenta. No es hasta ese momento que recuerdo la grasa que mancha mi ropa y mi cara: las evidencias de mi crimen.
—Estaba engrasando las bombas y me ensucié —explico antes de que empiece a sacar conclusiones, pero ella solo saca un trapo húmedo de su bolsillo y me limpia. Evidentemente, no piensa ni por asomo en mi pecado cometido.
—Felicidades por tu boda —comenta—. Siento mucho que no pudieras ser libre como querías. Pero al menos estás en un barco y sé que Jack cuidará de ti. ¿Cómo te sientes?
Mi sueño no era estar en un barco, sino fabricarlos, pero supongo que esto es lo más cerca que estaré de ese sueño.
—Jack es un poco frívolo —admito—. No nos conocemos ni un poco.
—No puede ser tan mal esposo —dice—. Dale la oportunidad de sorprenderte.
Trago saliva con dificultad.
—Escuché que mató a su primera esposa.
—No fue así.
—¿Ah, no?
—No. Ella se suicidó. Jack la encontró colgada en el balcón de su habitación.
Abro ligeramente la boca al escuchar esa revelación. Son cosas muy diferentes que ella haya decidido quitarse la vida de esa forma tan horrible a que él la haya asesinado. No puedo imaginar cómo se sentiría Jack después de eso. Tal vez por eso es tan distante.
Se escuchan pasos y Margareth se separa de mí buscando las cajas que había dejado caer mientras murmura:
—Tengo que irme, te busco después.
Sale rápidamente y reconozco al hombre que entra: es Jack. Su cabello rubio luce dorado con el sol. Su porte es altivo cuando sus ojos miel se fijan en mí. Más que ese terror que me provocaba estar cerca de él, ahora me siento extraña al saber lo de su exesposa.
—Mary —dice. Seguidamente me hace una seña con la cabeza para que lo siga y empieza a caminar. Lo sigo. Mis manos se sienten frías, mis labios aún cosquillean recordando lo que ocurrió, un secreto que tengo que llevar conmigo hasta la tumba.
—¿Cómo te sientes del estómago? —pregunto.
Jack mantiene su ceño fruncido y su postura arrogante mientras camina. Creí que me ignoraría, pero, a diferencia de lo que pensé, responde:
—Bien. No estoy acostumbrado a beber y anoche me excedí.
Eso ya lo sabía. No decimos nada más, pero siento como si algo hubiera cambiado. Ya no veo a Jack como un esposo malvado. Tal vez es mi culpa y mi remordimiento por haberlo traicionado.
Vamos al fondo y Jack abre una de las puertas, revelando una pequeña habitación con una cama y una mesa donde está el bolso con mi ropa.
—Esta es tu habitación —dice, y se voltea hacia mí. Tengo que alzar la vista para poder mirarle el rostro—. Las reglas son simples: obedece, compláceme y no me estorbes.
Lo miro ante lo que me está diciendo. Él permanece serio. No sabía que teníamos reglas. En realidad, desconozco muchas cosas, desde el viaje después de casarnos en busca de un tesoro, hasta lo que haré para explicarle por qué ya no soy virgen. Todo es muy nuevo para mí.
—¿Y tú dónde dormirás? —pregunto, sin comprender por qué solo hay una diminuta cama individual donde no entramos los dos.
—Al lado —se limita a decir y da un paso hacia mí—. Vendré si quiero disponer de ti, así que cada noche quiero que estés limpia para cuando me plazca.
Su cercanía se me hace extraña e incómoda, y empeora cuando se inclina hacia mí y con su pulgar me aparta un mechón de cabello del rostro con lentitud. Me estremezco. No se siente pasional. Se siente como si me viera como un objeto que solo existe para complacerlo.
—Desde anoche me place —murmura a un costado de mi rostro—, y ahora también…
Jack me empuja a la cama sin ninguna amabilidad. Caigo boca abajo, rebotando en el delgado colchón. La vieja madera de la estructura de la cama cruje bajo mi peso. Jack cierra la puerta detrás de él y se acerca a mí.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto. Mi labio inferior tiembla de la impresión. No me gusta su manera hostil y agresiva de tratarme, pero en realidad sí sé lo que hace y lo que va a hacer.
—Ya lo hemos postergado demasiado —replica.
Toma el dobladillo del vestido y lo rasga, rompiéndolo por completo hasta la altura de mi espalda, revelando la ropa interior que tengo debajo. Quiero levantarme, pero su mano presiona mi espalda y se sube a la cama. Sus rodillas se meten entre mis piernas, abriéndomelas.
Frío. Seco. Desagradable.
Escucho el sonido de la hebilla del cinturón cuando empieza a desabrocharse la correa. Me quedo rígida, mis manos apretando las sábanas.
—Tengo la menstruación —suelto en un grito ahogado.
Jack se detiene abruptamente. Sus manos dejan de tocarme como si le diera asco, mientras se levanta de la cama. Volteo y observo su mueca de desagrado y enojo.
—Cúbrete —dice con desprecio.
Me siento rápidamente y me cubro con los retazos de mi vestido.
—Se me irá en unos días… yo… —empiezo a tartamudear, pero él me interrumpe diciendo:
—Silencio.
Su voz es fuerte y firme. La siento como el filo de un cuchillo capaz de cortar el aire. Mi respiración está agitada. Tengo miedo de que descubra que miento.
—No me servirás para satisfacerme hoy —continúa—. Mientras tengas eso, vas a limpiar.
—Puedo estar al pendiente de las bombas —concuerdo—, el mantenimiento…
—He dicho, limpiar —replica, alzando la voz.
Toma mi mentón y me alza la cara. Sus ojos ámbar están fijos en mí. La cortesía que tuvo antes conmigo parece haberse esfumado. Es un hombre de hielo. Siento que sacaría una daga en cualquier momento y desgarraría mi garganta.
—Seré clemente contigo, porque te necesito —dice—. Pero no vamos a perder tiempo.
¿Me necesita?
—Quiero que este barco brille todo el día —me suelta—. Nada de porquería.
No puedo creer lo que escucho. Me levanto, sosteniéndole la mirada.
—¿Me trajiste a este barco, a tu viaje, para que limpie la porquería de cientos de personas? —cuestiono. Mi réplica parece tomarlo por sorpresa y estrecha los ojos.
—Exactamente eso es lo que harás.
—Soy tu esposa —replico—, no tu esclava.
De un momento a otro, Jack me agarra con una mano del cuello tan fuerte que no puedo respirar. Jadeo, sintiendo que me falta el aire. Mis manos están encima de la suya, intentando liberarme sin éxito.
—No quiero hacer de tu vida un infierno —dice entre dientes, a centímetros de mi rostro—. Solo quiero tranquilidad en este viaje. No me desobedezcas o conocerás mi lado malo.
Me suelta y caigo a la cama, recuperando el aliento con una mano en mi cuello. Jack se da la vuelta y se va de la habitación, azotando la puerta y dejando el eco de su enfado resonando en las paredes.
Me doy cuenta de que no conozco a mi esposo en lo absoluto y que es más peligroso de lo que creía. Posiblemente su primera esposa se suicidó por su culpa y, si yo no lo satisfago, de seguro me lanzará por la borda.
