Capítulo 7 Capítulo 6: Cuando el mar duerme, algo despierta
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Jerarquías del barco:
- Capitán.
- Primer oficial.
- Contramaestre.
- Marineros.
- Grumetes.
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Capítulo 6: Cuando el mar duerme, algo despierta.
GASPAR LEUTE
(CAPITÁN JONES)
El mar está calmado, sin una sola arruga. El sol nos mira resplandeciente desde lo alto del cielo azul. Hay un silencio inquietante y eso no me gusta ni un poco, porque cuando el mar duerme, algo despierta.
Ahora tengo que calmar los ligeros roces dentro del barco entre mi primer oficial Fausto, que se encarga de la navegación, y el señor Millán, que se cree por encima de cualquier autoridad. Ambos quieren mandar en una lucha de poderes. Fausto siempre ha sido mi mano derecha, es de confianza, pero debemos mantener al señor Millán cerca y hacerle creer que tiene el control, aunque no lo soporte.
El contramaestre Astra me hace una seña con la mano. Por más que intenta enderezarse, su joroba lo hace parecer más encorvado de lo que es. Asiento con la cabeza a su petición y él se voltea, empezando a gritar a los marineros para zarpar:
—¡Tripulación a sus puestos! ¡Vamos a levar anclas! ¡Desaferren velas!
Astra camina tocando el silbato. Las órdenes a gritos resuenan una tras otra, pero cada persona sabe qué hacer. Todos obedecen rápidamente. El ancla emerge lentamente del mar, chorreando algas y barro. Los marineros trepan por los obenques, aflojando cabos y soltando nudos. La lona cae pesada, golpeando el aire antes de abrirse. La vela mayor toma el viento y el barco responde cortando la peligrosa calma del tenso mar. El viaje comienza. Ya no hay escapatoria.
En el inmenso mar, el barco se convierte en nuestro único lugar a salvo.
Llevo las manos detrás de mi espalda y alzo la barbilla silbando con los labios. Casi enseguida veo a la pequeña ave de plumas blancas y doradas sobrevolar el gran Abismo de la Muerte como si destilara fuego alrededor de la fragata que se mueve lentamente por el mar, hasta posarse en mi hombro. Mi precioso búho Gasparín de ojos dorados. Está más pesado, de seguro ha comido algunos ratones. Un viaje no está completo sin él. Cada día y cada noche que estuve encerrado sobrevolaba la prisión esperando a que saliera. Hoy es nuestro regreso.
Escucho pasos detrás de mí. Ese particular golpeteo contra la madera de zapatos de cuero fino ya me hace saber quién es.
—¿Tiene fijo el rumbo, capitán Jones? —pregunta el señor Millán, quedándose a mi lado con la mirada fija en el mar y los brazos detrás de su espalda. Luce su impecable traje de diseñador, alzando la barbilla con altivez y soberbia. Gasparín hace un ligero ruido a mi lado. Siempre hace eso cuando alguien no le agrada.
—Todo bajo control, señor Millán —respondo—, aunque me gustaría mirar el mapa.
Él estrecha los ojos haciendo esa ligera mueca con la boca que lo hace parecer eternamente asqueado, evidentemente en desacuerdo.
—A menos que sea estrictamente necesario, yo lo mantendré guardado —responde.
Solo me ha dado indicaciones de la ruta, pero sin mostrarme el famoso mapa que posee hacia el tesoro.
—Está mal no confiar en su capitán —replico.
—Confío —comenta serio pero con un tono ligeramente irónico—, claro que confío.
No dice nada más. Solo se da la vuelta y se va. Evidentemente no confía en mí. Un movimiento inteligente. Confiar en un pirata es lo último que debería hacer, pero también algo tonto teniendo en cuenta que soy el capitán que lo llevará a donde quiere.
Escucho unos gritos que no vienen del contramaestre Astra. Volteo y observo a Fausto. Está discutiendo con uno de los marineros de Jack. Los reconozco porque todos los marineros que trajo Jack consigo son altivos y arrogantes. Fausto le da un empujón por el pecho y el otro reacciona dándole un puñetazo en la cara. Fausto cae al suelo por la fuerza inesperada.
Maldición. Apenas hemos empezado el viaje y ya hay una pelea.
Fausto se levanta cuadrándose de hombros, dispuesto a devolver el golpe, pero llego interponiéndome entre él y el otro marinero. Este último tiene un parche en el ojo y una raja en la cara que entorpece su rostro, dándole una expresión permanentemente enojada.
—Capitán —dice Fausto, limpiando un hilo de sangre de su nariz con el reverso de su mano. Su rostro está rojo sin dejar de mirar al hombre del parche—, este hijo de puta no deja de estorbar y tiene una pésima actitud.
—¿Vas a buscar a tu mamá para que te defienda? —se burla el hombre del parche, provocándolo.
—Tú —le digo al hombre del parche—. Nombre.
Gasparín en mi hombro hace ruido y amplía las alas, robando la atención. Es evidente que presiente lo problemático que es. El hombre del parche frunce el ceño y dice:
—George. Tengo mucha experiencia, sé lo que hago, he sido primer oficial, coronel y...
—George —lo interrumpo—, el primer oficial es Fausto. Las reglas son las mismas; obedeces o estás fuera.
Su rostro enrojece y da un paso hacia mí.
—Mis pelotas —replica, sus ojos estrechos en desafío. Escupe al piso y se va. Fausto quiere ir detrás de él por su evidente falta de respeto. Lo conozco, Fausto es capaz de romperle la cara, pero le coloco una mano en el pecho para detenerlo.
—Le voy a arrancar los dientes de oro —se queja Fausto enojado.
Niego con la cabeza y digo:
—La soberbia cae por su propio peso.
Fausto respira hondo y lo deja pasar, yendo hacia otro lado. Tengo que evitar más conflictos, en especial cuando es uno de los marineros del señor Millán. Necesito mantener las cosas en paz el mayor tiempo posible.
Entro a la bodega y veo a Mary al fondo. Está de rodillas limpiando el suelo, quitando la grasa de la madera. Pasa una mano por su frente sudada y continúa. Verla en esa posición me confunde. Primero, porque no sé qué hace limpiando ahí, y segundo… mi mente la imagina en esa posición, de rodillas a la altura de mi bragueta mientras se atraganta con mi polla.
«Fingiré que lo de anoche fue Jack».
Suerte con eso.
Me apoyo en la pared y Gasparín hace un ligero ruido. Intento que la amargura de recordar mi discusión con la señora Millán me baje el evidente bulto que se ha formado en mi bragueta al imaginarla así: apoyada en sus antebrazos y rodillas en la cama, yo de pie frente a ella sosteniendo su cabello mientras le empujo la cabeza hacia mí para que se profundice mi polla hasta la garganta.
¿Serás capaz de olvidarme?
Tal vez no fui lo suficientemente memorable con ella para alejar su arrogancia. Ella y Jack son tal para cual, creyéndose demasiado como para andar con un pirata. Debí marcar sus pechos en chupones hasta sus rosadas y preciosas areolas. De esa forma me aseguraría de que Jack no la tocara. Con ese cuerpo provocativo debajo de la ropa, no la sacaría de la habitación, pero Jack ni siquiera está cerca de ella.
Mudo pasa con un balde a mi lado. Cuando me ve, se detiene. Es uno de los marineros encargados de la limpieza, sordo y mudo de nacimiento, pero hace un buen trabajo en la fragata y disfruta el mar. Además, prepara buena comida. Me hace una seña con sus manos saludándome. Le correspondo y le hago otra seña preguntándole por qué Mary está limpiando. Tantos años trabajando con él, aprendí algunas cosas de señas.
Mudo deja el balde en el suelo y responde con sus manos:
—"Ha estado limpiando el barco con nosotros."
¿Por qué una dama arrogante y soberbia como ella haría algo como eso? Es la esposa del señor Millán, de seguro temería relacionarse con los marineros. Eso debe ser bajo y asqueroso para ella.
—"¿Y qué dice el señor Millán?" —le pregunto a Mudo con las señas de mis dedos. Él responde de la misma manera haciendo algunos sonidos involuntarios con su boca:
—"Él la mandó a limpiar, creo que pelearon."
—"¿A golpes?"
¿Por acaso Jack se habría dado cuenta de que la desvirgué y este es su castigo? Por un instante siento lástima de la creída Ladybird.
—"No lo sé" —responde Mudo—. "Pero es una dama, así que no le hemos dado el trabajo pesado".
Eso me complace. No voy a meterme más de lo que ya lo hice en el matrimonio de la familia Millán. Ese es problema de Jack y Mary.
—"Que nada le pase a la dama" —le ordeno a Mudo moviendo las manos con más disimulo. Al ver que Mary ha notado mi presencia, él responde con una sonrisa:
—"Sí, capitán."
A la distancia, los profundos y grandes ojos de Mary me observan con curiosidad desde su posición en el suelo, apoyada en sus antebrazos y rodillas con ese simple vestido azul al que se ha cambiado. Me vuelve a imaginar cosas impuras que no deben estar en mi mente. Pero después de lo ocurrido cuando engrasábamos la bomba, siento que me dejó fuera de control al recordar el sonido de sus gemidos y su boca imprudente llena de desafío. Deseoso.
Maldito secreto de ojos marrones.
Me doy la vuelta y me voy.
