Capítulo 2 ¡Cásate con mi esposo!

El reloj de la pared marca las dos y media de la tarde y mi hermana todavía no aparece.

Camino de un lado a otro de la habitación que compartimos desde niñas, con el corazón golpeándome las costillas. El vestido de novia sigue colgado en el armario, impecable, esperando. El maquillaje de Amanda sobre el tocador parece burlarse de mí. El aire está cargado con el olor familiar a madera vieja, perfume barato y ese leve aroma antiséptico que se nos pega después de tantas horas en el hospital, pero lo ignoro.

Ignoro todo a mí alrededor menos al puto reloj. Porque cada minuto que pasa es un minuto en que mi hermana no está aquí. Un minuto menos para llegar a la prefectura. Cada minuto que pasa es un minuto más cerca de que todo se derrumbe.

Cuando por fin la puerta se abre, me giro de golpe.

—¿Dónde estabas? —exclamo, casi histérica.

Amanda entra con calma, como si no hubiera ninguna prisa en el mundo. Lleva el vestido rojo que se puso esta mañana, el maquillaje perfecto y esa expresión de superioridad que siempre me ha irritado.

—Eso no importa —dice, con una tranquilidad que me hiela la sangre—. Porque no me voy a casar.

Me quedo congelada durante un segundo eterno.

Luego, el pánico y la rabia explotan al mismo tiempo.

—¡¿Te volviste loca?! —prácticamente chillo—. ¡¿Cómo que no te vas a casar?! ¡¿Te volviste loca, Amanda?!

El eco de mi voz llena la habitación. El aire parece más denso, más pesado. Desde niñas nos han dicho que somos iguales, idénticas, gemelas exactamente iguales. Dos caras de la misma moneda.

Hasta este preciso momento.

Hoy por fin veo con demasiada claridad el punto exacto donde dejamos de serlo.

—No voy a hacerlo —repite Amanda con los brazos cruzados sobre el pecho, la barbilla alta, como si estuviera por encima de todo esto. Su voz suena fría, cortante, y cada sílaba se clava en mi pecho como un cuchillo afilado.

—¿Cómo puedes decir eso? —exhalo, dando un paso hacia ella. El suelo de madera, viejo y desgastado, cruje bajo mis pies—. ¡Mamá se está muriendo, Amanda! ¿Lo entiendes o solo estás fingiendo que no te importa?

Ella alza una ceja, con indiferencia.

—No voy a casarme con un desconocido solo porque papá se hundió en deudas y mamá está enferma. Eso no es mi problema.

Mi corazón late tan fuerte que temo que se me escape del pecho. Las uñas se me clavan en las palmas hasta doler.

—¿Como puedes decir algo tan cruel? ¿Como puedes decir que no es tu problema? —repito, la voz temblando de rabia y desesperación—. ¡Es nuestra madre! La misma que vendió sus joyas para que tú pudieras ir a esa fiesta de fin de año escolar. ¿Y ahora la dejas morir, así sin más? ¡No puedes hacer esto!— digo con impaciencia— no te pido que vayas al hospital, ni que me ayudes con sus tratamientos... Solo te pido que hagas lo que papá dijo y...

En lugar de entrar en razón, Amanda solo suelta una risa corta, casi cruel, mientras se sienta en el borde de mi cama con un gesto indiferente que me hace sentir helada.

—No me hagas la de la mártir, Alana —dice como si todo esto fuese una broma—. No es mi culpa si tú siempre has sido la buena. La sumisa. La que se queda limpiando y trabajando mientras yo vivo. No voy a sacrificar mi libertad por esto.

—¡Entonces hazlo por ella! —grito. No puedo evitar que mi voz se quiebre un poco al final. Las lágrimas me queman los ojos, pero me niego a dejarlas caer—. Los médicos hablan de semanas, Amanda. Semanas. Tal vez días. Cada segundo cuenta y tú… tú estás aquí… negándote a cumplir con el trato que podría salvar la vida de nuestra madre.

Esta vez, Amanda se levanta de golpe. El sonido de sus tacones altos sobre el piso de madera suena de una forma que jamás me había irritado tanto como ahora.

—Si tanto te importa, entonces hazlo tú—suelta con desdén, como si fuera la cosa más sencilla del mundo.

—¿Qué? —susurro, sintiendo como el suelo se inclina bajo mis pies descalzos.

Amanda camina hacia el armario con esa calma inquietante que siempre ha tenido, como si el universo girara a su alrededor y nada más. Sin decir ni una sola palabra, abre las puertas con deliberada lentitud y saca el vestido de novia. El vestido. Blanco, perfecto, obscenamente caro, de alta costura llegado directamente desde Francia hace solo un par de días.

Con desdén, lo lanza sobre la cama que nos separa sin ningún cuidado. La tela cayendo arrugada.

—Está en tus manos —continúa mi hermana sin el más mínimo remordimiento en su voz—. Tú decides si mamá vive o muere. Cásate con mi esposo.

Me quedo congelada. Siento como el aire a mi alrededor se vuelve cada vez más asfixiante.

—No puedes… no puedes pedirme esto —digo, la voz apenas un hilo—. Papá dijo que tú…

—Y seré yo quien lo haga —me interrumpe. Mi hermana me observa con una sonrisa extraña en su rostro que me confunde aún más.

No entiendo a qué se refiere con ello. Sin querer perder más tiempo le digo que se deje de juegos y se explique de una vez por todas.

—¿De verdad eres tan estúpida? —pregunta en voz baja—. Somos idénticas —dice, sentándose con elegancia al lado del vestido como si posara para una foto—. Él nunca nos ha visto. Ni siquiera sabe cómo soy. Maquíllate un poco más, ponte los tacones y cállate. Solo tienes que fingir ser yo.

Completamente atónita observo a mi hermana gemela.

Ella…

Ella de verdad me está pidiendo que me casé con su esposo. Qué finja ser ella.

—No puedo hacerlo —mascullo, observándola fijamente.

Ella solo ríe.

—Es tu decisión —dice con desdén—. O cambiamos de lugar y te casas tú con él, o no hay dinero para pagar el tratamiento de mamá. Está en tus manos.

Sin saber qué decir, la observo mientras ella solo detalla la cutícula de sus dedos, como si pensar cuándo debe pedir cita con su manicurista fuese más importante que hablar sobre la vida de nuestra madre.

Detrás de ella, la hora en el reloj parece estarse burlando de mí.

—Amanda…

—Tu. Decisión.

Entonces lo entiendo.

A Amanda realmente no le importa.

No le importa la vida de nuestra madre.

—¿Por cuanto tiempo? —pregunto en voz baja, en apenas un hilo de voz— ¿Por cuanto tiempo quieres que finja ser tú?

Mi hermana sonríe. Satisfecha

—Tres meses.

—Eso... Eso es mucho —digo, mi voz sonando desesperada— puedo hacerlo por una semana y...

—Tres.

—Pero…

—Tres meses, Alana —dice sin titubear—. Tres meses no son nada en comparación con la vida de mamá. ¿O sí?

Tres meses.

Tres meses fingiendo ser ella. Tres meses al lado de un desconocido. Tres meses traicionando todo lo que soy.

Pero si no lo hago…

Mamá no lo resistirá. El médico ya lo ha dicho.

Sintiendo como mis manos tiemblan, termino asintiendo, derrotada. Entonces Amanda sonríe, victoriosa, y señala el vestido arrugado que descansa sobre la cama.

—Cambiate —me ordena—. Vamos tarde.

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