Capítulo 1 El Satanás quiere casarse conmigo

—Señorita Anna, cásese conmigo —dijo su jefe.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Anna.

—Claramente debo declinar su propuesta, señor —respondió después de unos larguísimos segundos incómodos.

La mirada afilada del Satanás en frente de ella la desequilibró por completo. Anna tragó saliva y después se echó en el respaldo de su sillón. Cómo querría pensar que se trataba de una broma, pero claramente no lo era. Cuando se trataba del Satanás, todo era un tema serio. A veces demasiado.

—Acaba de decir usted que si tuviera un pretendiente no lo rechazaría —replicó Víctor, ya con el ceño rojo.

Ella quería reírse, decirle que se dejara de tonterías. Sus ojos la torturaban para barrerlo de pies a cabeza, pero se obligó a no hacerlo; empeoraría el momento.

—Señor, usted es mi jefe y yo su empleada —se limitó a decir.

Qué momento para ser más incómodo. Apretó por un instante los labios. Se cruzó de piernas, pero notó que Víctor se las quedó observando, aunque su pantalón de tela lisa fuera ancho y estuviera algo arrugado, él parecía encontrar algo interesante en ellas.

¿De verdad la veía como una pretendiente digna de ser su esposa? Claramente no, todo se debía a la conversación de hace un momento. Era practicidad, como todo en la vida del Satanás.

—Por eso le propuse que sea mi vicepresidenta —contestó él, aclarando la situación con la lógica que usaba para sus negociaciones—. Tendrá el poder suficiente y las influencias para poder estar a mi mismo nivel.

Anna inspiró hondo. Empezaba a sentirse ofendida.

—Seguiría siendo su subordinada —protestó Anna, intentando no alterarse—. Además, no me encuentro en su mismo nivel socioeconómico.

—Por favor, si me va a rechazar, busque argumentos más válidos. Sabe perfectamente que mi familia no se opondría a nuestra unión. Todo lo contrario, lo celebrarían. Por otro lado, si se casa conmigo, mi fortuna pasará a ser suya también, así que le conviene.

Anna lo barrió de pies a cabeza, rendida ante la idea de mantenerse neutral.

Víctor era guapo, con porte y elegancia, además de que era un magnate. Tenía todo para que una mujer cayera rendida a sus pies, sin embargo... a ella no le gustaba. ¿La razón? Todo de él le parecía desagradable.

—Mi respuesta sigue siendo no —sentenció Anna.

La oficina, aunque solía ser espaciosa, le pareció especialmente estrecha.

Los labios de Víctor se entreabrieron, claramente pasmado al empezar a entender que de verdad Anna, sí, esa misma Anna, lo estaba rechazando. Notó que los ojos claros de Víctor se tornaban oscuros y después cerró la boca, tensando su mandíbula con fuerza.

Anna respiró profundo y contuvo el aliento.

Se produjo una guerra de miradas. Él la estaba asesinando con solo verla. Y Anna le veía con neutralidad, esa frialdad que usaba para rechazar las negociaciones que nunca llamaban su atención.

No estaba tan desesperada como para querer casarse con su jefe.

Antes muerta que casada con el Satanás.

◌◌◌

El líquido escarlata se esparcía por el pavimento, rodeando la cabeza de Anna. Sus ojos aún permanecían abiertos y alcanzaban a distinguir el auto detenido a varios metros de distancia.

La puerta del piloto se abrió.

Unos zapatos de cuero negro avanzaron hacia ella hasta que el hombre apareció en su campo de visión y se agachó para observarla de cerca.

Aquellos ojos verdes claro se abrieron de par en par.

El miedo lo consumió.

Víctor Varcácel se impulsó hacia atrás y cayó sentado, sosteniéndose sobre las manos. Empezó a hiperventilar.

La había asesinado.

Se acababa de convertir en un asesino.

Cuando Anna vio el espanto en su rostro, comprendió que ya no le quedaba tiempo.

Qué irónica era la vida.

Su jefe acababa de arrebatarle la vida. Y todo porque ella había decidido desobedecerlo.

Minutos antes, Víctor le había arrojado los papeles a la cara.

—¡Esto no sirve! Vuélvelo a hacer.

Las manos de Anna temblaban. Llevaba tres días sin dormir y apenas había probado bocado. El estómago le dolía y el mareo comenzaba a nublarle la vista. Ni siquiera había revisado el proyecto.

—Pero, señor... usted ni siquiera lo leyó.

Víctor alzó una ceja.

—¿Ahora vas a enseñarme cómo hacer mi trabajo?

Anna apretó los labios.

—No, señor.

Se agachó para recoger los papeles, pero el mareo la obligó a apoyarse un instante sobre el escritorio. Víctor se levantó y caminó hasta ella. Cuando Anna intentó recoger una de las hojas, él puso el zapato sobre ella.

La joven alzó la mirada.

—Mírate —dijo él—. Tan ridícula. Eres igual que la basura que te rodea.

Anna sintió un nudo en la garganta. No iba a llorar. No frente a él.

—El karma existe, Anna.

La joven dejó de recoger los papeles y se incorporó lentamente.

—¿Karma?

Víctor metió las manos en los bolsillos y ladeó la cabeza.

—Siempre has sido tan prepotente. Humillando a los demás, haciéndoles la vida imposible... Pero mírate ahora. Viviendo una vida miserable.

Anna soltó una breve risa, aunque las lágrimas ya le ardían en los ojos.

—Usted no me conoce, señor.

—Te conozco más de lo que tú crees.

La suficiencia de su voz hizo que Anna se quedara inmóvil.

—¿Ah, sí?

Víctor dio un paso hacia ella.

—Sé lo que le hiciste a Merina.

Anna frunció el ceño.

—¿De qué está hablando?

—Desde muy joven te encantó maltratarla. La humillaste durante años y casi la asesinas.

Las lágrimas de Anna finalmente escaparon por la impotencia.

—Entonces... —su voz tembló—. ¿Todos estos años me ha maltratado porque cree que casi asesiné a Merina?

Víctor endureció la expresión.

—¿Te parece justo que alguien viva tranquilamente después de todo lo que hizo?

—¿Alguna vez cuestionó lo que ella le contó?

El hombre soltó una sonrisa amarga.

—Claro. Una persona como tú jamás pensaría en lo que hizo. Mucho menos se arrepentiría.

Anna lo miró fijamente.

—¿Por qué debería arrepentirme de algo que nunca hice?

—Nunca pedirás perdón.

—¡¿Por qué debería pedirle perdón a alguien que lleva años haciéndome daño?!

Su voz retumbó en la oficina vacía.

Anna apretó los papeles entre sus manos.

—Usted decidió creerle sin siquiera preguntarse qué ocurrió realmente.

—¡Merina sufrió por tu culpa!

—¡No! —La palabra salió desgarrada.

Víctor se quedó en silencio.

Anna respiró con dificultad y lo señaló con una mano temblorosa.

—Ojalá algún día descubra quién es realmente la mujer con la que se casó. Y cuando lo haga, espero que el cargo de conciencia no lo mate.

Arrojó los papeles al suelo.

—Y ojalá algún día usted no tenga que pedirme perdón por todo lo que me ha hecho.

Caminó hacia la puerta y se detuvo apenas antes de salir.

—Porque yo nunca voy a perdonarlo.

Salió de la oficina.

Era de noche y casi todos los empleados se habían marchado. Anna atravesó los cubículos vacíos a toda prisa, con el corazón golpeándole el pecho. No quería pensar en lo ocurrido, no quería llorar y mucho menos darle a Víctor la satisfacción de verla quebrarse.

Anna salió del edificio. La calle estaba desierta. Entonces, un motor rugió a su espalda.

Los faros la alcanzaron.

Corrió.

El automóvil aceleró.

Anna llegó a la carretera y giró. Demasiado tarde. El tacón se le trabó. El vehículo la embistió con una violencia brutal y la lanzó por los aires.

Su cuerpo cayó varios metros después.

Silencio…

La respiración de Víctor temblaba dentro del auto y el sudor le corría por la frente.

No necesitaba mirar, sabía lo que había hecho: la había asesinado.

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