Capítulo 2 Cuando la vida se acaba injustamente
La vida de Víctor Varcácel terminó frente a sus ojos.
Anna quiso gritar, quiso decirle que no lo hiciera, que todo había sido un error; sin embargo, su cuerpo ya no le respondía. El mundo se había vuelto pesado, distante, y lo último que alcanzó a sentir fue el frío del pavimento bajo su cuerpo antes de que todo se volviera negro.
Después, abrió los ojos.
La luz le lastimó la vista. Parpadeó varias veces hasta acostumbrarse y se incorporó con dificultad. Estaba en una habitación que conocía demasiado bien: las paredes claras, el escritorio blanco junto a la ventana, las cortinas que su madre había elegido y, al otro lado del cristal, el parque donde de niña pasaba las tardes.
Por unos segundos no entendió nada.
Luego escuchó voces.
Las voces de sus padres.
Anna dejó de respirar.
Se levantó de la cama y caminó hasta el espejo. El reflejo que encontró allí la hizo retroceder. Tenía el rostro joven, la piel tersa y los mismos ojos que había visto tantos años atrás. Se llevó una mano al cuello.
No había cicatriz.
La marca que Merina le había dejado todavía no existía.
—¿Esto es real? —susurró.
La pregunta quedó suspendida en el silencio.
No podía estar viva. Había sentido el golpe. Había visto a Víctor morir. Había visto la sangre, había visto su rostro destrozado por el horror antes de que él tomara aquella decisión.
Quizá así era la muerte.
Quizá, antes de desaparecer para siempre, la mente le regalaba a uno aquello que más había perdido.
Un último recuerdo.
Uno hermoso.
—Anna, ¿qué haces? ¡Vas a llegar tarde!
La voz de su madre hizo que se estremeciera.
La puerta se abrió y allí estaba ella, con su bata azul oscura y aquella expresión de impaciencia que Anna había olvidado cuánto extrañaba.
Durante unos segundos solo pudo mirarla.
—¿Qué pasa? —preguntó su madre—. ¿Otra pesadilla?
Anna negó con la cabeza, incapaz de responder.
Su madre se acercó y le acomodó un mechón de cabello.
—Vamos, baja. Te preparé el desayuno y no pienso dejar que vayas a tu entrevista con el estómago vacío.
Entrevista.
Anna sintió un vuelco en el pecho.
Miró hacia el armario cuando su madre comenzó a sacar una camisa y una falda azul oscura.
—Penélope gastó casi medio sueldo en ese conjunto —comentó la mujer—. Al menos úsalo una vez.
Anna observó la ropa entre las manos de su madre.
Lo recordó.
Ese día.
La entrevista en Varcácel Company. El día en que conoció a Víctor.
En su vida había rechazado aquel conjunto porque estaba convencida de que no le quedaba bien. Había salido de casa disgustada, ignorando las recomendaciones de su madre y el entusiasmo de su hermana.
Qué absurdo le parecía ahora.
—Lo voy a usar —dijo.
Su madre sonrió, satisfecha.
—Sabía que algún día entrarías en razón.
Anna soltó una pequeña risa.
Después bajó a desayunar.
Su padre estaba sentado junto a la mesa, leyendo como acostumbraba mientras bebía café. Alfonso levantó la mirada y la observó con una mezcla de sorpresa y ternura cuando ella se acercó para besarle la cabeza.
—¿Y esa demostración de cariño? —preguntó.
Anna sonrió.
—No puedo darte un beso sin quejarte.
—No me quejo. Me preocupa que estés enferma.
Ella soltó una carcajada.
Hacía tanto tiempo que no escuchaba aquella voz.
Penélope apareció poco después, buscando su bolso antes de marcharse al trabajo. Seguía siendo la joven que Anna recordaba: llena de energía, con las mismas ojeras que intentaba ocultar y esa manera de hablar como si tuviera el mundo entero bajo control.
—Te ves bonita —le dijo al verla—. ¿Ves? Te dije que ese conjunto te quedaría bien.
Anna la observó en silencio.
Había tantas cosas que quería decirle.
Tantas advertencias que podía hacerle.
Pero ¿para qué?
Si aquello era realmente un último recuerdo, no quería convertirlo en una despedida triste. Quería guardar ese instante tal como debió haberlo vivido.
—Gracias, Pen.
Su hermana sonrió antes de salir.
Anna la siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta.
Sintió un nudo en la garganta.
No quería pensar en lo que vendría después.
No quería recordar las pérdidas, las discusiones, las palabras que nunca pudo retirar.
Si el destino le había concedido unas horas para regresar a aquel día, entonces las viviría de otra manera.
No desperdiciaría el recuerdo.
◌◌◌
El camino hasta Varcácel Company transcurrió como una sucesión de imágenes que creía olvidadas. La mañana gris, el frío pegándose a la piel, las hojas húmedas sobre la acera y el reflejo de su rostro en la pantalla del celular.
Anna sonrió al verse.
Los lentes gruesos, las cejas sin definir, el maquillaje torpe que apenas lograba mantener en su sitio.
Había pasado años convencida de que no era bonita. Ahora, al contemplarse con veinte años, solo pudo preguntarse por qué había sido tan dura consigo misma.
Cuando llegó al edificio principal, una sensación extraña la recorrió.
Quince pisos de vidrio y concreto se levantaban frente a ella. Personas trajeadas entraban y salían con prisa, exactamente como lo recordaba.
Anna se quedó unos segundos frente a las puertas.
Había trabajado allí.
Había llorado allí.
Había conocido al hombre que cambiaría su vida entre aquellas paredes.
Y, sin embargo, todo parecía tan nuevo.
Entró.
Esperó junto a los demás aspirantes y reconoció a algunos rostros. Gustavo estaba allí; más joven, nervioso y con las mejillas encendidas. Anna tuvo que contener una sonrisa al verlo.
Entonces escuchó su nombre.
Se levantó y entró a la sala.
Y lo vio.
Al principio no pudo moverse.
Al otro lado de la habitación, entre los demás aspirantes, estaba un joven de cabello rubio y ojos verdes. Vestía con elegancia, aunque parecía aburrido de encontrarse allí. Tenía el rostro sereno, la postura segura y ninguna de las sombras que Anna recordaba.
No había ojeras.
No había tristeza.
No había cansancio.
Víctor Varcácel estaba vivo.
Anna sintió que algo dentro de ella se quebraba.
Había pasado los últimos minutos de su vida contemplando aquel rostro cubierto de miedo y sangre. Ahora tenía veinticuatro años y la miraba desde el otro lado de la sala como si nunca la hubiera visto.
Anna tragó saliva.
Víctor levantó la mirada.
Sus ojos verdes se encontraron con los de ella. Y, por un instante, el ruido de la habitación desapareció.
Anna se quedó mirándolo como si acabara de verlo por primera vez.
Solo que ella sabía algo que él todavía ignoraba: ya había visto cómo terminaba su historia.
