Capítulo 3 La culpa que me tortura

Sus miradas permanecieron entrelazadas durante unos segundos que a Anna le parecieron eternos.

Había imaginado tantas veces volver a verlo que ahora que lo tenía frente a ella no sabía qué hacer con todas las emociones que se agolpaban en su pecho.

Víctor seguía siendo el mismo hombre que recordaba, pero al mismo tiempo era completamente diferente: joven, sereno, sin las ojeras que años después se convertirían en una parte permanente de su rostro y sin aquella expresión de cansancio que ella había aprendido a reconocer incluso cuando él intentaba ocultarla.

—Puede sentarse —indicó una de las entrevistadoras.

Anna apartó la mirada y ocupó el lugar que le correspondía. Intentó concentrarse en las preguntas, aunque cada tanto sus ojos volvían hacia Víctor. Él permanecía serio, atento a las respuestas de los aspirantes, hasta que llegó su turno.

Anna respiró profundamente.

Conocía aquella entrevista.

Recordaba las preguntas, los casos que le habían planteado y hasta algunas de las respuestas que había dado años atrás. Sin embargo, esta vez no quería limitarse a repetirlas. Si aquello era realmente el último recuerdo que su mente le había concedido antes de morir, no tenía ninguna razón para comportarse como lo había hecho entonces.

—¿Qué espera conseguir trabajando para Varcácel Company? —preguntó la mujer de recursos humanos.

Anna sonrió.

—Quiero convertirme en vicepresidenta y llevar la compañía a un nivel mucho más alto. Y me gustaría hacerlo de la mano del próximo presidente.

Sus palabras provocaron un breve silencio.

Anna dirigió la mirada hacia Víctor.

Él la observaba fijamente.

—¿Considera que no está siendo demasiado ambiciosa para alguien que apenas comienza? —preguntó él.

Era la primera vez que le hablaba directamente.

Anna sintió un extraño estremecimiento.

—Considero que una empresa visionaria necesita personas que también lo sean. Tengo facilidad para analizar datos, identificar oportunidades de inversión y detectar riesgos. Si ustedes me dan la oportunidad, pienso demostrarlo.

La respuesta provocó algunas miradas de sorpresa entre los entrevistadores. Incluso Víctor pareció prestar mayor atención.

Después vinieron los casos financieros. Anna respondió con una seguridad que no había tenido a los veinte años. Recordaba movimientos del mercado, empresas que crecerían y otras que provocarían pérdidas importantes. No necesitaba explicar de dónde provenía su conocimiento; para ella, aquellas respuestas eran apenas cosas que ya había vivido.

Cuando terminó la entrevista, salió de la sala con una sensación extraña. Había hablado mucho más de lo que recordaba, pero ya no le importaba. Si aquello era un recuerdo, quería vivirlo sin arrepentimientos.

Apenas avanzó unos metros, Gustavo se acercó a ella.

—¿De dónde sacaste todo eso? —preguntó, todavía sorprendido—. ¿Eres una especie de genio?

Anna soltó una carcajada.

—No. Solo estudié.

Gustavo sonrió y comenzó a hablarle con la familiaridad que años después se convertiría en una de las amistades que más lamentaría haber descuidado. Anna lo escuchó con atención y, antes de despedirse, intercambiaron sus números. Ella sabía que volverían a encontrarse.

Sin embargo, había alguien a quien todavía quería ver.

Conocía perfectamente el lugar donde Víctor solía refugiarse cuando necesitaba estar solo. En el futuro se convertiría en uno de sus rincones favoritos dentro de la compañía, aunque en aquel momento nadie parecía saberlo.

Anna caminó hasta el pequeño patio privado.

Lo encontró sentado en una banca de madera, con un libro entre las manos.

Durante unos segundos simplemente lo contempló.

Luego se acercó.

—Buenas tardes.

Víctor levantó la mirada y pareció genuinamente sorprendido de verla allí.

—¿Usted otra vez?

Anna sonrió.

—Quería despedirme.

Sacó de su bolso una pequeña caja negra y se la extendió.

Víctor ni siquiera la tomó.

—No puedo aceptar regalos de un aspirante. Podría prestarse para malos entendidos.

Anna ya esperaba aquella respuesta.

—No intento sobornarlo. Es un bolígrafo en gel. Sé que le gustan y que los colecciona. Tómelo como un regalo de despedida.

Víctor la observó durante unos segundos antes de aceptar la caja. La abrió y encontró un bolígrafo gris, sencillo y elegante.

—No es algo costoso —aclaró Anna—. Solo quería dárselo.

—¿Por qué?

Anna bajó la mirada.

Porque te conocí demasiado tarde. Porque te vi morir. Porque daría cualquier cosa por evitarlo.

Pero ninguna de aquellas palabras podía decirlas.

—Porque lo admiro —respondió finalmente—. Sé que algún día será un gran presidente.

Víctor frunció el entrecejo.

—Habla como si me conociera.

Anna sonrió con tristeza.

—Quizá solo tuve una buena impresión de usted.

Él no pareció convencido.

Anna se acercó un poco más. Necesitaba memorizar aquel rostro, aquella expresión, aquellos ojos verdes que había visto por última vez llenos de terror.

—Señor Varcácel... cuídese mucho.

Víctor levantó una ceja.

—¿Por qué me dice eso?

—Porque usted es inteligente, pero no todas las personas que se acerquen a usted tendrán buenas intenciones.

—¿Está intentando advertirme de alguien?

Anna sostuvo su mirada.

—Solo confíe en su intuición.

Por un instante pensó en decirle más. En advertirle sobre tantas cosas que conocía y que él todavía ignoraba. Pero no quería arruinar aquel recuerdo. Si aquello era lo último que le quedaba antes de desaparecer, prefería conservarlo así: Víctor vivo, joven y frente a ella.

—Adiós, Víctor.

Él pareció sorprenderse al escuchar su nombre sin el apellido, pero Anna ya se había marchado.

◌◌◌

Durante el viaje de regreso a casa, Anna lloró en silencio mientras contemplaba la ciudad desde la ventana del metro. La tarde se desvanecía poco a poco y las luces comenzaban a encenderse en las calles.

Había vuelto a verlo.

Había hablado con él.

Y, por extraño que pareciera, aquella despedida le había dado una paz que no había sentido antes de morir.

Cuando llegó a casa, su madre quiso saber cada detalle de la entrevista. Anna respondió mientras la ayudaba a limpiar el arroz y preparar la cena. Después llegó Penélope, hablando de una fiesta que tendría el sábado y de la necesidad urgente de arreglarle las cejas.

—Esta vez no puedes decirme que no —insistió su hermana.

Anna sonrió.

—Está bien.

Su madre la miró sorprendida.

—¿De verdad?

—De verdad.

Aquella noche aceptó acompañarlas al salón de belleza, prometió ir a la fiesta y hasta dejó que Penélope escogiera algunas cosas para ella. No discutió, no se encerró en su habitación ni buscó una excusa para escapar.

Simplemente disfrutó.

Las risas de su madre y su hermana llenaron la casa mientras su padre leía tranquilamente en la sala. Anna las escuchó durante largo rato, con un nudo en la garganta.

En vida había considerado aquellas cosas insignificantes.

Ahora daría cualquier cosa por volver a tenerlas.

Cuando finalmente se acostó, pensó que quizá aquel era el regalo que la muerte le había concedido antes de llevársela definitivamente. Un último día perfecto. Un día en el que había podido volver a ver a sus padres con vida, abrazar a su hermana y despedirse de Víctor.

Cerró los ojos.

Si aquello era un recuerdo, quería conservarlo para siempre.

◌◌◌

—¡Anna, cariño! ¡Despierta! ¡Se te hará tarde para ir a clases!

Abrió los ojos.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y la realidad. Reconoció la voz de su madre, pero no comprendía por qué volvía a escucharla.

La puerta se abrió y la mujer apareció con su habitual bata azul.

—Vamos, deprisa. Ve a bañarte, voy a servirte el desayuno.

Anna se incorporó.

Miró a su madre. Después miró la habitación.

Algo dentro de ella comenzó a latir con fuerza.

—Mamá...

—¿Qué pasa?

Su madre la observó con extrañeza antes de salir de la habitación.

Anna bajó de la cama y corrió hasta el espejo. Seguía siendo joven. Seguía teniendo veinte años.

No había cicatriz.

No había rastro de la mujer que acababa de morir.

Pero eso no era lo que la asustaba: El día anterior había estado allí; había hablado con Víctor; había vuelto a casa; había cenado con su familia.

Y después había dormido.

No podía ser un recuerdo. Un recuerdo no continuaba.

Anna llevó ambas manos al rostro mientras las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas.

—Sigo aquí...

La sonrisa apareció poco a poco, acompañada por una risa ahogada.

—Sigo aquí. ¡Estoy viva!

Por primera vez comprendió que aquello no era una despedida.

Había regresado.

No sabía por qué. No sabía quién le había concedido aquella oportunidad ni cuánto tiempo tendría para aprovecharla. Pero tenía algo que no había tenido cuando murió: la posibilidad de elegir nuevamente.

Su familia todavía estaba viva.

Ella todavía podía cambiar sus decisiones.

Y Víctor...

Anna dejó de sonreír.

El recuerdo de sus ojos verdes apareció frente a ella.

No sabía qué le esperaba. No quería pensar demasiado en aquello que había visto al final de su vida; todavía le resultaba demasiado doloroso. Pero había una certeza que no podía ignorar: no permitiría que aquella historia terminara de la misma manera.

Esta vez haría las cosas bien.

Primero salvaría a su familia.

Después se salvaría a sí misma.

Y a él también.

Anna bajó las escaleras con el corazón acelerado. Ya no estaba viviendo un recuerdo; estaba caminando dentro de su propio pasado.

Tenía tiempo.

Y sabía exactamente dónde debía comenzar.

Si quería impedir que Víctor volviera a alejarse de ella, tendría que permanecer a su lado.

Muy cerca.

Anna se detuvo antes de entrar al comedor.

La respuesta le pareció tan descabellada como inevitable.

Si aquella vida le había dado una segunda oportunidad, no pensaba desperdiciarla.

Se casaría con Víctor Varcácel.

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