Capítulo 4 Una oportunidad de oro
La confirmación de la Varcácel Company había llegado aquella misma mañana.
Anna había leído el correo tres veces antes de permitir que una sonrisa le apareciera en el rostro. La habían aceptado para realizar sus prácticas profesionales en la sede principal; tal como había sucedido en su primera vida, aunque ahora el recuerdo tenía un sabor distinto. En aquella época había recibido la noticia con orgullo, convencida de que acababa de abrirse ante ella el camino hacia el éxito. Ahora solo podía pensar en unos ojos verdes y en el hombre que los había llevado durante tantos años.
Víctor Varcácel.
Había sido su jefe, su rival, el hombre que terminó proponiéndole matrimonio y, al final, en alguien cuya vida quedó marcada por una tragedia que todavía no comprendía del todo. Anna no sabía qué había ocurrido realmente después de aquella noche en la carretera; solo recordaba su rostro, el disparo y aquella sensación insoportable de haber perdido algo que nunca debió perderse.
Guardó el celular y respiró profundamente.
Esta vez sería diferente.
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La noche de la fiesta llegó y, por primera vez desde que había despertado en el pasado, Anna se permitió disfrutarla.
Penélope estaba frente al espejo, terminando de arreglarse el cabello. Llevaba un vestido rojo ceñido al cuerpo y unos tacones negros que la hacían parecer mucho más alta. Su madre descansaba sobre la cama, observando a sus hijas con una sonrisa satisfecha.
—Aurelio volvió a regalarme bombones hoy —comentó Penélope, riéndose—. Creo que de verdad le gusto.
Anna dejó de aplicarse rubor y la miró a través del espejo.
—Creo que deberías concentrarte en tu maestría.
—¡Anny! Apenas estoy hablando de un muchacho.
—Precisamente por eso. No quiero que olvides lo que quieres hacer con tu vida.
Penélope puso los ojos en blanco, pero Anna se acercó y le tomó una mano.
—Te voy a ayudar a pagar la maestría. No tienes que renunciar a tus planes por nadie.
Su hermana la miró con sorpresa y escepticismo.
—¿De verdad?
—De verdad.
Aquello era lo que quería hacer. No necesitaba contarle cómo terminaría su vida para salvarla; bastaba con ayudarla a tomar decisiones diferentes.
—Entonces déjame bailar esta noche —respondió Penélope con una sonrisa de alguien que no se cree lo que ha escuchado.
Anna terminó riéndose.
—Baila. Pero no te enamores.
—No prometo nada.
Por primera vez, Anna sintió que quizá sí podía cambiar las cosas.
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La fiesta estaba llena de música, luces y jóvenes que parecían no tener ninguna preocupación. Anna observaba a Penélope desde cierta distancia, pero ya no con la angustia de los primeros días. Había hablado con ella, le había ofrecido ayuda y, al menos por ahora, su hermana parecía dispuesta a escucharla.
Además, la pasantía estaba asegurada.
Víctor estaba vivo.
Su familia estaba viva.
Y ella también.
¿Qué podía salir mal?
Cuando Penélope comenzó a bailar con Aurelio, Anna sonrió con cierta resignación. El hombre era atractivo, no podía negarlo; alto, de hombros anchos, vestido con una chaqueta negra y con esa seguridad que parecía acompañarlo a todas partes.
Anna decidió dejarlos tranquilos.
Necesitaba respirar.
Salió a la terraza y cerró los ojos al sentir el aire frío sobre el rostro. Había olvidado cuánto le gustaba aquella sensación. Durante unos segundos, simplemente permaneció allí, disfrutando de estar viva.
Entonces percibió olor a tabaco.
Abrió los ojos.
Aurelio estaba apoyado contra la pared, fumando.
—Tú eres la hermana de Pen, ¿verdad?
Anna sonrió.
—Y tú eres Aurelio.
Él levantó una ceja.
—Así que Pen te ha hablado de mí.
—Demasiado.
Aurelio soltó una carcajada.
—Espero que haya dicho cosas buenas.
—Dijo que le llevas bombones.
—Eso es bueno.
—También dijo que la invitaste a bailar.
—Eso también es bueno.
Anna cruzó los brazos.
—Lo que no es bueno es que no entiendas cuando ella te rechaza.
La expresión de Aurelio cambió.
—¿Te dijo eso?
—No hacía falta. Lo vi.
Él dio una calada al cigarrillo y la observó con detenimiento.
—Tienes una opinión bastante fuerte para alguien que apenas me conoce.
—Y tú pareces bastante seguro para alguien que acaba de conocerme.
Aurelio sonrió, pero no había humor en aquella sonrisa.
—Ahora entiendo por qué Penélope habla tanto de ti. Dijo que eras difícil.
Anna se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Que siempre has sido así. Te crees demasiado inteligente, demasiado buena para los demás. Incluso me dijo que tienes esa costumbre de mirar a todos como si estuvieras calculando cuánto valen.
El corazón de Anna dio un pequeño vuelco.
Penélope nunca le había contado aquello.
Y, en su primera vida, Aurelio apenas sabía que ella existía aquella noche.
—¿Qué más te dijo?
—Que eres una mujer complicada.
Anna sintió que la sonrisa se le borraba.
Aquello no estaba en sus recuerdos.
Nada de eso.
—Aléjate de mi hermana —dijo finalmente.
Aurelio soltó una risa seca.
—¿Y si no quiero?
—Entonces tendrás problemas conmigo.
El hombre se acercó un poco.
—No sabes nada de mí.
Anna sostuvo su mirada.
—Sé suficiente.
—No. No sabes nada.
Su tono había cambiado.
Ya no parecía el hombre despreocupado que había estado bailando con Penélope unos minutos antes.
—Y deberías tener cuidado con lo que dices —añadió.
Anna sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Aquello era nuevo. Completamente nuevo.
Pero antes de que pudiera responder, Aurelio levantó la mano.
El golpe la tomó por sorpresa.
Su cabeza se sacudió violentamente hacia un lado y perdió el equilibrio. Cayó al suelo, aturdida, mientras un sabor metálico le llenaba la boca.
Durante unos segundos no escuchó nada.
Después, el mundo explotó.
—¡ANNY!
Penélope corrió hacia ella. Alguien gritó. Una silla cayó al suelo y varios jóvenes comenzaron a empujarse alrededor de Aurelio. Otro hombre intentó sujetarlo, pero él se soltó de un tirón. La música continuaba sonando en algún lugar, absurda, mientras los gritos se mezclaban con insultos y pasos apresurados.
—¡Déjenlo! ¡Llamen a alguien!
Anna intentó incorporarse, pero todo daba vueltas. Una mano la tomó del brazo y la apartó del tumulto; no sabía de quién era. Apenas podía abrir un ojo y sentía algo caliente resbalarle desde el labio hasta la barbilla.
Sangre.
—¡Anny, mírame! —lloraba Penélope—. ¡Mírame, por favor!
Anna quiso responder, pero las palabras no salieron.
El golpe seguía retumbando dentro de su cabeza.
Y, de pronto, comprendió.
Aquello no había sucedido en su primera vida.
Nunca.
Ella conocía aquella noche. Recordaba dónde había estado Penélope, recordaba a Aurelio, recordaba incluso cómo había terminado la fiesta. Pero aquel hombre jamás había hablado con ella de esa manera. Jamás le había revelado cosas que no podía saber. Jamás la había golpeado.
Anna cerró los ojos.
Había creído que regresar al pasado significaba volver a recorrer un camino conocido, uno en el que solo necesitaba elegir mejor las bifurcaciones. Pero no era así.
El camino ya estaba cambiando bajo sus pies.
Y mientras escuchaba los gritos, sentía a Penélope aferrada a ella y veía sombras correr a su alrededor, una certeza se abrió paso entre el dolor y el aturdimiento: sus acciones cambiaban por completo el futuro.
Anna abrió los ojos.
La fiesta era un caos.
Su hermana estaba llorando.
Aurelio discutía con varios hombres.
Y ella, con la sangre todavía en los labios, solo pudo pensar en una cosa: Se había jodido todo.
