Capítulo 5 Me dicen la Diabla

Una semana después de la fiesta, el rostro de Anna todavía conservaba algunas marcas del golpe, aunque ya no eran tan evidentes. Había aprendido a cubrirlas con maquillaje y, por primera vez en su vida, estaba agradecida de que Penélope tuviera paciencia para enseñarle a hacerlo.

—No te muevas —ordenó su hermana, inclinándose para delinearle una ceja—. Si vas a entrar a una compañía como esa, al menos tienes que parecer que sabes exactamente a dónde vas.

Anna sonrió al verse en el espejo. El cambio era sutil, pero suficiente: cabello arreglado, cejas definidas, maquillaje limpio y ropa escogida con cuidado. Ya no era la muchacha que había llegado a la entrevista con gafas gruesas, el cabello sin forma y la inseguridad escondida detrás de prendas poco favorecedoras.

Penélope había insistido en ayudarla durante toda la semana. Anna se lo había permitido porque, en el fondo, cada minuto frente al espejo junto a su hermana era algo que jamás había tenido en su otra vida.

—¿De verdad vas a pagarme la maestría? —preguntó Penélope mientras guardaba los cosméticos.

—Sí.

—¿Y con qué dinero?

Anna se volvió hacia ella.

—No te preocupes por eso.

—Anny, una maestría no se paga con no te preocupes.

Anna soltó una pequeña risa y tomó su bolso.

—Confía en mí. Te prometí que vas a estudiar y lo vas a hacer.

Penélope la observó durante unos segundos. Parecía querer hacer otra pregunta, pero terminó asintiendo.

—Está bien... voy a confiar en ti.

Anna le sonrió, aunque una sensación incómoda se instaló en su pecho. Todo había ocurrido demasiado rápido. Aurelio había desaparecido de la vida de Penélope después de aquella noche; su hermana incluso parecía haber cambiado de opinión sobre los hombres y hablaba con una seriedad que antes no tenía.

Era exactamente lo que Anna había querido.

Y, sin embargo, algo no encajaba.

En su vida anterior, nada había sido tan sencillo. Aurelio había dejado heridas que tardaron años en cerrarse y, aunque esta vez ella había conseguido apartarlo, una parte de Anna seguía esperando el momento en que el destino encontrara otra manera de cobrarle aquella alteración.

Algo va a pasar.

No sabía qué. Solo sabía que no podía confiarse.

◌◌◌

El primer día en la Varcácel Company comenzó con una sensación extraña: Anna conocía aquel edificio demasiado bien.

Había caminado por esos pasillos cientos de veces; había entrado a oficinas donde aún no tenía permiso para entrar, había tomado decisiones en salas donde todavía ni siquiera sabía que existían las personas que algún día dependerían de ella. Pero ahora llevaba un gafete de practicante y unos tacones que resonaban sobre el mármol.

A su lado, Gustavo jugueteaba nerviosamente con el suyo.

—Siento que voy a vomitar.

—No lo hagas sobre el piso. Es caro.

Él soltó una carcajada.

—Definitivamente eres diferente.

Anna sonrió.

—Eso espero.

Avanzaron hasta la sala donde se encontraba el grupo de practicantes. Anna observó discretamente a cada uno. Rostros conocidos, otros que jamás habían formado parte de su vida. Aquello le confirmó algo que ya empezaba a comprender: conocer el futuro no significaba controlar el presente.

Entonces la vio.

Una rubia alta, impecablemente vestida, permanecía al fondo de la sala revisando unos documentos. Anna la reconoció al instante.

Merina.

Pero Merina no la reconoció a ella.

Anna sintió una satisfacción pequeña, casi imperceptible. Su hermana había conseguido hacer lo que ella quería: convertirla en una versión de sí misma que no necesitaba esconderse. Y esa nueva apariencia, por ahora, era una ventaja.

La supervisora comenzó a llamar los nombres y asignar los puestos. Anna permaneció tranquila hasta que escuchó:

—Anna de los Andes.

La pluma que Merina sostenía cayó sobre la mesa.

La rubia levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos encontraron los de Anna.

Durante un segundo ninguna de las dos se movió.

El rostro de Merina perdió todo rastro de indiferencia; fue apenas un instante, pero Anna lo vio. Sorpresa. Reconocimiento. Y algo más oscuro que desapareció antes de que cualquiera pudiera notarlo.

Anna, en cambio, sonrió.

No era una sonrisa amable.

Era la sonrisa de alguien que acababa de encontrar una pieza que llevaba demasiado tiempo buscando.

—Finanzas —continuó la supervisora—. Te solicitaron especialmente para este departamento.

Merina no apartó la mirada.

Anna tampoco.

No había necesidad de decir una palabra. Las dos sabían que aquel encuentro no era casual para ninguna de ellas.

Y las cuentas seguían pendientes.

◌◌◌

—Te juro que pensé que iba a terminar enseñándote hasta cómo abrir un archivo —dijo Eloísa, riéndose mientras caminaban hacia el departamento de finanzas—. Pero resulta que sabes más que yo.

Anna la observó de reojo. La recordaba de otra vida, pero nunca había tenido la oportunidad de conocerla realmente. En aquel entonces, Eloísa había terminado cerca de Merina y se había convertido en una de las personas que más daño le hicieron.

Ahora estaba allí, hablándole como si fueran amigas de años.

—Todavía puedes enseñarme algunas cosas —respondió Anna.

—Claro, porque mi ego necesita sobrevivir a este día.

Eloísa era exactamente como Anna la recordaba de lejos: risueña, habladora y con una facilidad sorprendente para enterarse de todo lo que ocurría en la empresa. Sin embargo, había algo diferente cuando se la conocía sin el filtro de Merina.

No era cruel.

Y eso significaba que podía ser una aliada.

—¿Sabes qué es lo peor? —continuó Eloísa—. Me dijeron que enseñarte era mi castigo por entregar tarde un informe.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que me gané la lotería.

Anna terminó ayudándola con aquel mismo informe. No necesitó pensarlo demasiado; las cifras eran sencillas, casi insultantemente sencillas para alguien que había dirigido departamentos enteros.

Cuando terminaron, Eloísa la miró con admiración.

—Tú no eres normal.

Anna sonrió.

—Eso me han dicho.

Al mediodía se reunieron con Gustavo. Bastaron unos minutos para que él y Eloísa parecieran conocerse de toda la vida.

Y entonces llegó el tema inevitable.

—La rubia esa no me convence —comentó Gustavo.

Eloísa siguió la dirección de su mirada.

Merina estaba sentada sola, revisando su teléfono.

—¿Merina? —preguntó Eloísa.

—Se jacta de venir de una familia con dinero, pero pretende que nadie lo sepa. Y ayer hizo mal un informe que tuve que ayudarle a corregir —respondió Gustavo—. Además, dicen que entró porque su familia conoce a gente de Recursos Humanos.

Eloísa hizo una mueca.

—Entonces ya me cae mal.

Anna permaneció en silencio.

No necesitaba hacer nada. Las piezas estaban moviéndose solas.

—¿Ustedes se conocen desde niñas? —preguntó Eloísa.

Anna tomó lentamente su vaso de agua.

—Lastimosamente.

—¿Y qué te hacía?

Anna levantó la mirada hacia Merina.

—Cosas que una niña no debería hacerle a otra.

Eloísa dejó de sonreír.

—¿Como cuáles?

Anna volvió a mirar su plato.

—Ya habrá tiempo para hablar de eso.

No añadió nada más. Porque algunas historias era mejor contarlas cuando el enemigo creyera que habían quedado enterradas.

Y, mientras Merina levantaba la cabeza desde el otro extremo del comedor y volvía a encontrar sus ojos, Anna comprendió que aquella segunda oportunidad acababa de adquirir un significado mucho más peligroso.

Había regresado para cambiar su vida.

Pero Merina también estaba allí.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo