Capítulo 6 Cuando todos miran

Anna había aprendido algo durante aquellos primeros días: cambiar el futuro no significaba destruirlo de golpe, sino mover pequeñas piezas hasta que comenzaran a caer en lugares distintos.

Por eso había procurado no acercarse demasiado a Víctor. Aquella sede era secundaria, lejos de la imponente torre principal de Varcácel; exactamente donde esperaba estar. Allí podía construir su reputación, elegir sus amistades y observar a Merina sin tener al heredero respirándole encima. Todavía no era momento de que sus vidas se cruzaran por completo.

Sin embargo, aquella mañana ocurrió algo que no estaba en sus planes.

—¡El señor Varcácel está aquí!

La noticia recorrió el departamento como una descarga eléctrica. Los empleados enderezaron la espalda, las conversaciones murieron y varios practicantes comenzaron a ordenar escritorios que, hasta un segundo antes, parecían perfectamente organizados. Una mujer se acomodó el cabello frente al reflejo oscuro de su computador; otro empleado cerró una página que nada tenía que ver con su trabajo.

Anna levantó la mirada.

Al fondo del pasillo apareció Víctor.

No necesitaba levantar la voz para imponerse. Bastaba con caminar. El traje oscuro, la postura recta y aquella expresión seria hacían que las personas se apartaran de su camino casi instintivamente. Sus ojos verdes recorrieron el departamento con la precisión de quien no miraba personas, sino piezas de un tablero.

Anna sintió una emoción absurda en el pecho.

Está vivo.

Durante años había visto aquel rostro cubierto de cansancio, había aprendido a reconocer sus silencios, sus manías y aquella mirada que parecía esconder un mundo entero. Pero ahora estaba allí: joven, impecable, intacto.

Hasta que sus ojos encontraron los de ella.

Anna dejó de sonreír.

Víctor se había detenido.

No fue una mirada casual. No pasó sobre ella como sobre los demás; se quedó allí, observándola con una intensidad que hizo que Anna sintiera un escalofrío.

No puede reconocerme.

Había cambiado demasiado. Su cabello estaba arreglado, las cejas definidas, el maquillaje cuidadosamente aplicado; incluso su manera de vestir era distinta. Merina tampoco había logrado reconocerla al principio.

Entonces, ¿por qué Víctor la miraba como si supiera exactamente quién era?

Anna sostuvo sus ojos.

No iba a apartarse.

Por un instante, ninguno de los dos cedió. Después Víctor continuó caminando, pero algo había cambiado en su expresión.

La había notado.

Y eso era precisamente lo que Anna no quería.

—¿Estás bien? —preguntó Eloísa a su lado.

Anna parpadeó y volvió al presente.

—Perfectamente.

Mentira.

Los días siguientes demostraron que su estrategia con Merina estaba funcionando mejor de lo esperado.

Gustavo había empezado a convertirse en una de las personas más populares entre los practicantes; conocía nombres, rumores y hasta quién llevaba demasiado tiempo fingiendo trabajar. Eloísa, por su parte, se había vuelto indispensable para Anna. Era inteligente, divertida y poseía una habilidad extraordinaria para enterarse de todo.

Y Merina estaba quedándose sola.

No porque Anna hubiera tenido que atacarla directamente; bastaba con dejar que los demás conocieran sus errores.

Un informe mal hecho aquí, una acusación injustificada allá, una discusión con otra practicante... cada incidente iba construyendo una reputación que, en la vida anterior, había pertenecido a Anna.

Era extraño contemplarlo desde fuera.

Antes había sido ella quien caminaba por aquellos pasillos sintiendo las miradas clavadas en la espalda.

Ahora eran para Merina.

Una tarde, Gustavo llegó al comedor con el rostro desencajado y dejó caer una carpeta sobre la mesa.

—Estoy harto.

Eloísa dejó de comer.

—¿Qué hizo ahora?

—Me acusó otra vez. Esta vez dijo que yo había perdido un documento que ella misma archivó mal.

Anna lo observó en silencio. Reconocía aquella escena. También recordaba lo que venía después.

Gustavo respiró profundamente.

—Anna, necesito preguntarte algo.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué?

—¿Quién demonios es Merina?

El silencio cayó sobre la mesa.

—Porque tú la conoces. Desde el primer día la miraste como si quisieras atravesarla con los ojos. Y cada vez que ella hace algo, tú pareces saber exactamente qué va a pasar.

Eloísa se inclinó hacia delante.

—Yo también quiero saberlo.

Anna dejó lentamente los cubiertos sobre el plato.

Había llegado el momento.

—Merina y yo estudiamos juntas desde niñas.

Gustavo frunció el ceño.

—¿Y?

—Y nunca fuimos amigas. En secundaria empezó a esconder objetos robados dentro de mi bolso para hacer creer que yo los había tomado. Después consiguió que todos me señalaran. Terminó acusándome de ladrona frente al colegio entero.

Eloísa abrió los ojos.

—¿Ella hizo eso?

Anna asintió.

—La expulsaron cuando descubrieron la verdad.

Gustavo se reclinó en la silla.

—Entonces es una psicópata.

Anna sonrió apenas.

—Es mucho más inteligente de lo que aparenta. Y cuando siente que pierde el control, se vuelve peligrosa.

No añadió nada más.

No necesitaba hacerlo.

Había cosas que todavía pertenecían al futuro.

Aquella misma semana, Gustavo decidió devolverle una de las tantas jugadas que Merina había intentado hacerle.

El resultado fue una carpeta húmeda, un informe extraviado y una taza de café derramada sobre la camisa blanca de la rubia; acusaciones con la directora y falsificaciones de proyectos.

Cuando Merina apareció en el comedor, todos supieron que algo había ocurrido.

Buscaba a Gustavo.

Lo encontró sentado junto a Anna, Eloísa, Diana y Nicole. Nuevas integrantes de su ya cuartel.

Merina caminó hasta ellos y dejó una carpeta mojada sobre la mesa.

—¿Fuiste tú?

Gustavo la observó y soltó una carcajada.

—Esta vez no.

—¡Claro que sí!

—Pregúntale a Rubiela. La última persona con la que discutiste fue ella.

Las chicas rieron.

Merina apretó los labios.

—Todos ustedes son unos imbéciles.

Anna levantó lentamente la mirada.

—Cielos, Merina... ¿en cuántos problemas estás metida esta vez?

La rubia la fulminó.

—¿Y a ti qué te importa, idiota?

El comedor comenzó a guardar silencio.

Anna se puso de pie.

No necesitaba gritar. Ni siquiera parecía enfadada.

—Me importa porque hay personas que jamás cambian.

Merina palideció.

Anna dio un paso hacia ella.

—En el colegio eras igual: culpabas a otros de cosas que tú hacías, escondías objetos para señalar inocentes y después fingías ser la víctima. Aquí estás haciendo exactamente lo mismo.

Los murmullos comenzaron a crecer alrededor.

Merina miró a los lados.

Demasiadas personas la observaban.

—¡Eso es mentira! —exclamó.

Anna inclinó ligeramente la cabeza.

—¿De verdad? —Su voz fue tranquila; casi dulce.

—Entonces explícales por qué te expulsaron del colegio.

El silencio fue absoluto.

Merina dejó de respirar por un instante.

Gustavo miró a Anna, comprendiendo finalmente por qué ella siempre parecía saber dónde pisaba.

Y Anna sonrió. No era una sonrisa de triunfo. Era la sonrisa de alguien que acababa de mover una pieza más.

Porque aquello no era la venganza.

Era apenas el comienzo.

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