Capítulo 7 La piedra en el zapato
Merina había sido una sombra en su vida por un largo y distendido tiempo. Todo lo que Anna sabía que se apreciaba en una mujer, lo tenía aquella rubia. O al menos lo aparentaba.
La chica rubia, de ojos claros, alta, delgada, esbelta. Hija de una familia acomodada y que su poder radicaba en su apellido. Con doble nacionalidad, pues su padre era ruso.
Conoció a Merina en la escuela, en el último año de primaria. Anna observaba una obra de teatro por la rendija de una ventana y Merina se había acercado, posándose a su lado, observando la escena.
—Cómo me gustaría ser pequeñita para poder caber por este hueco y poder entrar al salón —dijo Merina.
A Anna le sorprendió la creatividad de la niña y volteó a verla, comparándola con un hada, pues era demasiado hermosa, con aquellos radiantes ojos azules y piel tan blanca y sonrosada.
Curiosamente, al siguiente año, cuando empezaron la secundaria, Merina y Anna fueron compañeras de salón. Aunque a Merina nunca le generó curiosidad alguna o intención de volverse amiga de Anna, pues algo en ella no le terminaba de encajar; era demasiado bella, pero al mismo tiempo le parecía falsa.
Pero pasó lo contrario en Merina, que, al conocer a Anna, notó que era sumamente inteligente. Después entendió que era la mejor de la clase. Quería acercarse y ser su amiga, aunque no era la única, todas las niñas de grado sexto pensaban hacer lo mismo y Anna las ignoraba por completo.
Entonces, nació la envidia. Tenía que volverse mejor que Anna.
Con el paso de los meses, Merina era el amor imposible de los niños de grado sexto y hasta de cursos más avanzados. La favorita de los profesores y la amiga que toda niña deseaba tener.
Era extrovertida, hermosa y muy amable. La que escogían para ser la reina. La protagonista de las obras de teatro. La que sacaban a bailar en las fiestas. Pero nunca fue la más inteligente, mucho menos la que le ponían la banderita por excelencia académica.
Anna era la inteligente, la que todos los profesores admiraban por su mente. Todos los niños la respetaban, la señalaban como la mejor. Cuando necesitaban preguntar algo sobre una clase, buscaban a Anna.
Anna era la que salía a dar un discurso, de esos serios, donde debía aprenderse todo de memoria. Anna era la que ganaba los concursos de ciencias.
Anna era lo que Merina no podía alcanzar. Y esto simplemente era demasiado frustrante.
Para octavo grado, Anna le había tomado fastidio a Merina.
Todo empezó porque una mañana se había perdido un dinero en clases y Merina se levantó cuando la docente de grupo estaba pidiendo que el responsable se hiciera cargo.
Merina acusó a Anna de haber tomado el dinero. La jovencita, confundida e impresionada volteó a verla, frunciendo el entrecejo.
—Yo la vi acercarse al escritorio —acusó Merina.
—Estaba buscando mi libreta de caligrafía, se me había perdido —aclaró Anna a la docente.
La profesora le pidió que trajera su bolso, el cual requisó y… ahí estaba el sobre con el dinero.
Anna quedó como una ladrona, y sin saber cómo defenderse, tuvo que soportar que todos rumorearan de ella.
Así empezaron a llamarla ladrona y, poco a poco, empezaron a ponerle muchos apodos más, pues la cosa no se detuvo allí.
Pronto empezaron a suceder más cosas. Como que en el bolso de Anna aparecían lápices, libretas u otros objetos.
Sus compañeros la acusaban, ya iban directo a su bolso a requisar. Y curiosamente, Merina era la primera que la acusaba, llamándola frente a otros ladrona.
Así llegaron las suspensiones y los castigos en clase. Aunque, afortunadamente, en su casa la situación era todo lo contrario.
—Deja de ser una débil, tienes que defenderte —le reprendía su madre—. ¡Yo no tengo una hija ladrona! ¡Cuando encuentres al que te está molestando, debes pegarle muy fuerte, no te detendrás hasta que le salga sangre!, ¡¿entendiste?!
Ella, cohibida, apenas aceptaba con movimientos rápidos de cabeza.
Su papá la tomó del rostro con una mano y la obligó a observarlo fijamente.
—Mírame bien, Anna, mírame —pidió con severidad—. Esa persona te odia. Es tu mayor enemigo. Te quiere ver destruida, con la reputación por el piso. Te tiene envidia y es peligrosa. Aunque sea un niño, no te fíes. Tienes que quitártelo del camino. Así que defiéndete, que tus padres están para aceptar las consecuencias. Si te expulsan, no importa, irás a otro colegio. Pero debes demostrarle que no eres ninguna débil.
Así, con el respaldo de su padre, Anna ideó todo un plan.
Como su hermana mayor, Penélope, estudiaba en su misma escuela, le pidió que estuviera pendiente en la hora del descanso de su salón, que observara quién entraba.
Anna había dejado estratégicamente su bolso sobre su mesa para que esa persona decidiera volver a esconderle cosas. Mientras, la niña se dirigió hacia la sala de profesores a hablar con la maestra.
—Hoy le voy a demostrar quién es el verdadero ladrón —le dijo—. Y como encuentre al responsable, no me voy a detener hasta que le haga pagar por lo que me hizo. Y usted se meterá en graves problemas por nunca haberme escuchado o creído.
La profesora quiso hablar, pero Anna se lo impidió al marcharse, dejando a la mujer con la boca abierta y con un pocillo en la mano derecha sostenido en el aire.
Anna se dirigió con decisión hacia su salón, donde encontró a Penélope acorralando a Merina en la entrada. La tenía agarrada del cabello y en la otra mano tenía el bolso de su hermana.
—Mira, esta es la perra que te está molestando —le dijo Penélope.
Ya varios estudiantes estaban aglomerados en el pasillo, entre gritos y alaridos.
—¡Suéltame! —gritaba Merina.
Anna tomó su bolso y lo revisó, encontrando que había dinero, lápices y una libreta que no le pertenecía. Arrojó las cosas a la ya multitud.
—¡Aquí están sus cosas, eso no es mío, yo no soy una maldita ladrona! —soltó.
Algunos niños se acercaron curiosos y empezaron a tomar sus cosas.
Mientras, Anna volteó a mirar a Merina, barriéndola de pies a cabeza a través de sus gruesos lentes.
—Sabía que eras tú —gruñó ella.
Entonces, antes de que Merina pudiera hablar, Penélope la empujó hacia su hermana y Anna de una patada la envió hacia el interior del salón. Saltó sobre ella y empezó a darle puñetazos en la cara.
Estaba tan enojada. Y tenía tantas ganas de desfigurarle ese hermoso rostro.
Los gritos de emoción pronto se volvieron de preocupación.
—¡La va a matar, la va a matar! —gritaban las amigas de Merina.
Penélope, ayudada de algunas de sus amigas que la habían estado acompañando, impedían que los demás separaran a las niñas, al ser más grande, tenían más fuerza que las de octavo.
—¡Déjenlas, están resolviendo sus asuntos, no se metan! —decían.
—¡Ella se lo buscó, por ladrona! —soltaban emocionadas.
No fue hasta que los docentes llegaron, que se pudo disipar el disturbio que estaba pasando en el salón.
Merina terminó con moretones por todo el rostro, arañazos y con una hemorragia nasal. Y por parte de Anna, bueno… cuando quiso ver, tenía manojos de cabello rubio en sus manos.
Los directivos nunca habían revisado las cámaras de seguridad del salón de octavo B, así que no habían notado que allí claramente se veía a Merina guardando las cosas en el bolso de Anna.
Con esto, los padres de Anna demandaron al colegio y retiraron a sus hijas. Merina fue expulsada del colegio y, aunque sus padres querían demandar a los de Anna por la agresión hacia su hija, no pudieron, pues estos mismos ya estaban amenazando con hacer lo mismo.
Se rumoró que a Merina tuvieron que hacerle una cirugía plástica porque quedó con una desviación en la nariz.
Aunque Anna y Penélope después siguieron sus estudios en otro colegio, allí también las siguió la historia de lo que pasó en el anterior instituto. Y la sombra de Merina la persiguió por años.
Merina no iba a descansar hasta verla destruida.
