Capítulo 1 Eres Mía
El aire acondicionado del salón de juntas zumbaba con un sonido grave y monótono, el único ruido que rompía el silencio tenso entre los dos. Elara mantuvo la espalda recta contra el respaldo de cuero de la silla ejecutiva, las manos entrelazadas sobre la mesa de roble pulido para evitar que temblaran. Al otro lado, Kaelen revisaba los informes trimestrales con una lentitud calculada, pasando cada página con un movimiento seco de su muñeca. No había mirado a la cara a Elara en los últimos veinte minutos; su atención estaba centrada en las cifras de ingresos y proyecciones de mercado, una frialdad profesional que Elara intentaba emular.
Ella ajustó el cuello de su blusa de seda blanca, sintiendo un ligero roce irritante en la piel. La dosis diaria de supresores siempre había sido infaltable, un ritual tan automático como cepillarse los dientes. Pero algo en el ambiente, quizás la presión atmosférica o un cambio imperceptible en la ventilación, hizo que el aire se sintiera repentinamente más denso, más pesado en sus pulmones. Elara tragó saliva con dificultad, notando que su garganta estaba seca, como si hubiera estado gritando en lugar de guardar silencio.
Un calor repentino, no provocado por la temperatura de la habitación, estalló en la base de su estómago y se irradió hacia sus muslos. Elara apretó los dientes, intentando contener la respiración. No podía ser, no ahora, no aquí. El reloj en la pared marcó las tres en punto con un tic-tac agudo que resonó en sus oídos como un disparo. El calor se intensificó, convirtiéndose en una oleada de humedad visceral que empapó su ropa interior en segundos. El aroma dulce y denso, una mezcla de vainilla caliente y ámbar, comenzó a desprenderse de su piel, invisible al principio, pero saturando rápidamente el espacio cerrado de la oficina.
Kaelen levantó la vista del papel. No fue un movimiento gradual; su cabeza se alzó de golpe, sus fosas nasales dilatándose mientras inhalaba profundamente. El informe se deslizó de sus manos y cayó al suelo con un golpe sordo, pero él no hizo ningún intento por recuperarlo. Sus pupilas, antes de un color marrón oscuro y calmado, se contrajeron hasta convertirse en anillos casi negros, absorbiendo la luz de la habitación. El aire entre ellos parecía cargado de electricidad estática, haciendo que los finos vellos de los brazos de Elara se erizaran.
—¿Qué es eso? —preguntó Kaelen. Su voz ya no tenía el tono impersonal de un CEO; era un rugido grave, vibrante, que resonó en el pecho de Elara.
Elara intentó ponerse de pie, pero sus rodillas fallaron. Una contracción violenta recorrió su bajo vientre, haciendo que sus partes íntimas se contrajeran con un deseo abrasador y húmedo. Sus glándulas Omega, ubicadas justo encima del cuello uterino, trabajaban furiosamente, bombeando feromonas para atraer al macho Alfa que tenía frente a ella. Ella sabía que tenía que irse, que tenía que correr antes de que la situación se volviera irreversible, pero sus piernas parecían hechas de plomo.
—Nada... —mintió ella, aunque su voz salió rasgada y entrecortada, un susurro que sonó más como una invitación que como una negación.
El aroma de ella era inconfundible para un Alfa de su calibre. Kaelen se levantó, y su estatura imponente eclipsó la luz de la lámpara del techo. Podía ver cómo el pecho de Elara subía y bajaba rápidamente, cómo sus pezones se marcaban tensos bajo la tela de su pantalón de traje.
Kaelen rodeó la mesa. Cada paso fue un golpe seco contra la moqueta, acortando la distancia. Elara retrocedió instintivamente, empujando su silla hacia atrás con un chirrido agudo de metal contra el suelo de madera. El aire ahora era espeso, una niebla invisible de su propio olor que los envolvía a ambos, anulando cualquier pensamiento racional que pudiera quedar en la mente de cualquiera de los dos.
—Te estás mojando para mí —afirmó Kaelen, no como una pregunta, sino como un hecho que él estaba verificando con sus sentidos. Se detuvo a un metro de ella, inhalando el aroma que emanaba de entre sus piernas, un rastro denso de excitación y sumisión desesperada.
Elara sintió vergüenza, pero el calor en su entrepierna era incontrolable. Su núcleo latía, sus labios mayores hinchados y resbaladizos con sus propios fluidos, goteando ansiedad y deseo. Sabía que si se abría de piernas, el olor sería aún más fuerte, una señal directa para que él la tomara. Intentó buscar una salida, una ruta de escape hacia la puerta de roble macizo al otro lado de la sala. Su cerebro le gritaba que corriera, que se alejara de ese depredador antes de que fuera demasiado tarde.
—Tengo que irme —susurró Elara, dando un paso torpe hacia el costado.
Kaelen no se movió, pero su presencia llenó el espacio vacío, bloqueándola mentalmente antes de hacerlo físicamente. Sus ojos brillaban con una luz salvaje, antigua, la de un animal que finalmente ha localizado a su presa después de una caza larga. No había rastro de humanidad civilizada en esa mirada, solo el instinto puro de poseer, de marcar, de llenar.
—No vas a ir a ningún lado —gruñó él.
Elara dio otro paso, esta vez más rápido, dirigiéndose hacia la puerta. Su mano se estiró hacia el pomo de metal, frío y distante. El corazón le latía tan fuerte que sentía que le estallaría en el pecho, un ritmo de pánico y lujuria mezclados en una tormenta perfecta. Sus supresores habían fallado completamente, dejándola expuesta, vulnerable, una Omega en celo desatada en la oficina del Alfa más poderoso de la ciudad.
Justo cuando sus dedos rozaron el metal frío del pomo, una mano fuerte y caliente se cerró alrededor de su antebrazo. El agarre de Kaelen fue como una mordaza de hierro, inquebrantable y posesiva. Elara giró la cabeza, sus ojos llenos de pánico y un deseo inconfesable encontrándose con la mirada feroz de él. Él la jaló hacia atrás con facilidad, haciendo que su cuerpo chocara contra el suyo, permitiéndole sentir la dureza de su erección presionada contra su vientre.
—Eres mía —dijo Kaelen, sus palabras cortando el aire, una sentencia absoluta que no admitía réplicas.
Elara sintió el calor de su mano a través de la tela de su blusa, quemándola, reclamándola. Su cuerpo entero se contrajo violentamente con esas palabras, respondiendo al dominio de su voz, liberando otra oleada de feromonas que confirmaban su sumisión involuntaria. Ya no había reuniones, ni informes, ni decoro profesional. Solo había el aroma de ella, la firmeza de él y la certeza brutal de que su vida había cambiado irreversiblemente en el segundo en que sus supresores decidieron fallar.
