Capítulo 2 Reclamada

​La mano de Kaelen en el antebrazo de Elara era una pinza de hierro caliente, transmitiendo un pulso que coincidía con el latido frenético de su propia garganta. El contacto eléctrico entre sus pieles, donde él apretaba con fuerza, enviaba descargas que iban directo a su entrepierna, empapando aún más la tela fina de su ropa interior. El núcleo de Elara latía con una dolorosa necesidad, un vacío húmedo que clamaba ser llenado por la dureza que notaba prensada contra su vientre. El aroma a vainilla y ámbar, ahora mezclado con el olor acre y masculino de un Alfa en celo, era una niebla densa que dificultaba el pensamiento racional.

​—Suéltame —logró balbucear Elara, aunque su voz sonó quebrada y débil, más como una invitación que como una orden.

​Kaelen no la soltó. Al contrario, giró sobre sus talones y, con un movimiento brusco que la hizo tambalearse, la arrastró lejos de la puerta del salón de juntas. Elara tropezó, sus zapatos de tacón golpeando la madera pulida con un eco sordo, pero él la sostuvo en pie, casi suspendida por la fuerza de su agarre. No hubo palabras, solo el sonido de su respiración entrecortada y el golpeteo de sus pasos por el pasillo alfombrado. La humedad entre sus muslos se volvió insoportable; el roce de sus labios mayores al caminar enviaba sacudidas de un placer culpable por su espina dorsal. Sabía que debía luchar, que debía gritar, pero su cuerpo, traicionado por la biología Omega, se derretía ante la autoridad brutal de él.

​La condujeron a través de un corredor que ella rara vez usaba, hacia la zona de oficinas ejecutivas privadas. Kaelen empujó una puerta de roble macizo con el hombro y la hizo entrar de un empujón. El despacho era más pequeño y oscuro que el principal, un lugar aislado diseñado para reuniones confidenciales, sin ventanas al exterior y con una iluminación tenue que provenía de lámparas de pie. El aire aquí estaba estancado, perfecto para retener olores.

​Kaelen cerró la puerta con un golpe seco y giró la cerradura. El clic metálico resonó como un disparo en la quietud de la habitación.

​Elara retrocedió hasta que sus piernas chocaron contra el borde de un escritorio de caoba oscuro. Se quedó allí, temblando, con la espalda apoyada en la madera fría y las manos aferradas al borde para no desplomarse. Su blusa de seda blanca estaba pegada a su piel por el sudor, marcando la silueta de sus pechos, cuyos pezones endurecidos tensaban la tela buscando atención. Kaelen se quedó frente a ella, observándola con esos ojos oscuros, dilatados por la lujuria y la dominancia. No se acercó de inmediato; simplemente la rodeó con su presencia masiva, bloqueando cualquier salida, absorbiendo la visión de su presa.

​—¿Qué te pasa? —preguntó Kaelen. Su voz era un ronquido grave, gutural y peligrosamente calmado.

​Elara tragó saliva, intentando controlar el temblor de sus labios. El instinto le gritaba que se rindiera, que se abriera para él, pero su mente, aterrada, intentaba aferrarse a la última brizna de profesionalismo.

​—No... no sé —mintió, apartando la mirada para no perderse en el abismo de sus pupilas —Me siento mal. Debe ser algo que comí o... el aire acondicionado.

​Kaelen frunció el ceño, un gesto sutil que endureció sus facciones. Dio un paso adelante. El aroma de Elara era dulce, embriagador, una mezcla de miel y celo que inundaba sus sentidos, pero detectó algo más debajo de eso, el miedo, la mentira. Su olfato de Alfa no se equivocaba. Las feromonas de pánico tenían un matiz metálico y afilado que contrastaba con el dulzor de su calor. Sabía que ella estaba mintiendo, que sabía exactamente qué estaba pasando en ese cuerpo suyo que temblaba de deseo.

​—¿De verdad? —murmuró él, acercándose lo suficiente para que Elara pudiera sentir el calor que irradiaba su cuerpo —Hueles a miedo, Elara. Y hueles a que tu cuerpo está goteando, ansioso por ser usado.

​Elara apretó los muslos, intentando aliviar la presión en su clítoris, hinchado y sensible. La vergüenza le quemó las mejillas, pero la negación fue su única defensa.

​—Solo necesito ir a casa —insistió ella, con voz temblorosa —Por favor, déjame ir.

​Kaelen no respondió. En lugar de forzarla físicamente en ese instante, se giró y caminó hacia una mesa auxiliar donde había una computadora portátil y varios expedientes apilados. Elara se quedó inmóvil, confundida, con el corazón golpeándole el pecho como un pájaro enjaulado. Él encendió la pantalla, la luz azul iluminando su perfil severo. Sus dedos teclearon con rapidez en el teclado, un ritmo entrecortado que rompía el silencio cargado de tensión sexual.

​—Quédate ahí —ordenó Kaelen sin mirarla.

​Elara observó su espalda ancha, la forma en que la chaqueta de su traje se tensaba sobre sus hombros. ¿Qué estaba haciendo? La urgencia biológica en ella exigía atención, su cuerpo gritaba por ser tomado, pero él parecía haberse desconectado momentáneamente de la furia del celo para enfocarse en algo frío y lógico. El aire en el despacho seguía siendo denso, pesado por sus olores mezclados. Cada respiración que tomaba Elara sabía a él, a madera vieja y a poder, lo que solo hacía que su lubricación aumentara, notando cómo el líquido resbalaba por sus muslos, manchando la tela de su pantalón.

​Kaelen navegaba por bases de datos internas, registros de empleados y archivos digitales a los que solo el CEO tenía acceso. Sus ojos escaneaban la pantalla con velocidad, buscando algo más allá de la obviedad de su celo. El nombre de Elara apareció en el archivo de personal, pero la foto estaba desactualizada y los datos eran escasos. Demasiado escasos. Tecleó comandos para acceder a su historial médico, a sus registros de entrada y salida, a cualquier dirección anterior. Necesitaba saber quién era realmente esta Omega que había logrado ocultar su naturaleza bajo sus narices durante tanto tiempo. Había huecos en su historial, meses sin explicar, cambios bruscos de residencia. Su instinto de depredador, ahora enfriado momentáneamente por la necesidad de información, olía una trampa o un secreto profundo.

​Mientras él investigaba en silencio, Elara luchaba por mantenerse en pie. El calor en su bajo vientre se convertía en un dolor sordo, un agudo pinchazo que le recordaba que, si no era montada pronto, el celo podría volverse insoportablemente tortuoso. Se apoyó con más fuerza en el escritorio, cerrando los ojos, intentando pensar en frío —en números, en informes —cualquier cosa que no fuera la imagen de la erección de Kaelen presionando contra la tela de su ropa.

​El tiempo se arrastró en una eternidad de tecleo y respiraciones pesadas. De repente, el sonido de una llamada entrante en el teléfono de la mesa de Kaelen rompió el hechizo. Él no contestó de inmediato; primero miró la pantalla del ordenador, luego deslizó la mirada hacia Elara, que estaba al otro lado de la habitación, con la cabeza gacha y el cuerpo vencido por el deseo.

​Kaelen levantó el auricular, pero no dijo su saludo habitual. Solo esperó.

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