Capítulo 3 Su Propiedad

—Sí —dijo una voz al otro lado, la de su secretario personal, que parecía estar en otro lugar del edificio, quizás en el vestíbulo de entrada —El abogado está aquí con los papeles de la reclamación. Dice que todo está listo para la firma inmediata.

Kaelen mantuvo la mirada clavada en Elara, quien alzó la cabeza al oír la mención del otro hombre. Ella no podía escuchar lo que decía el secretario, solo el zumbido de la línea, pero vio la expresión en el rostro de Kaelen. No era una expresión de duda; era una de decisión absoluta, fría y calculadora.

—Dile que espere —respondió Kaelen al teléfono, su voz baja pero proyectándose con claridad en el silencio de la habitación —Voy a terminar el asunto aquí personalmente antes de que termine la noche.

Elara sintió un escalofrío recorrerle la espalda, a pesar del fuego que consumía su piel. No entendía los detalles exactos, pero el tono, la posesión en su voz y la forma en que la miraba mientras colgaba el aparato, le dijeron todo lo que necesitaba saber. Él no la iba a dejar ir. No iba a llamar a un médico ni a llevarla a casa. Kaelen planeaba reclamarla, formal y legalmente, y lo haría antes de que anocheciera.

​El aire del despacho privado le pesaba en los pulmones como plomo derretido. Cuando la voz de Kaelen cayó sobre ella como una orden inquebrantable, algo en el interior de Elara se rompió por completo. Aquel «ven aquí», gesticulado con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa está acorralada, actuó en su biología como un detonante. Sus piernas temblaron con una violencia incontrolable, traicionándola en el preciso instante en que intentó dar un paso atrás, buscando una salida fantasma hacia la puerta lateral que comunicaba con el archivo.

​No obedeció. En su lugar, aprovechando un segundo de desvío en la mirada dura del Alfa, que volvía a deslizar los dedos sobre el borde de la pantalla táctil, giró sobre sus talones y se lanzó hacia la salida principal con la torpeza desesperada de un animal herido.

​—No... —balbuceó para sí misma, con los dientes hundiéndose en su labio inferior hasta arrancar un rastro metálico de sabor a sangre.

​Cruzó el umbral del despacho y sus zapatos de tacón resonaron en el suelo de parqué con un eco frenético. Necesitaba llegar al ascensor, marcar el código de emergencia del subterráneo o, al menos, encerrarse en el baño de la planta de contabilidad y abrir los grifos de agua helada hasta anestesiar el fuego que le calcinaba las entrañas. Pero el pasillo, que normalmente le parecía un trayecto de veinte segundos entre cubículos grises y cuadros corporativos sin alma, se convirtió de pronto en un túnel interminable, distorsionado por el calor febril que le nublaba la vista.

​A mitad de camino, el celo la golpeó de lleno.

​No fue una advertencia progresiva; fue un muro invisible que la derribó desde dentro. Una ola salvaje de feromonas, combinada con el pico máximo de su ciclo biológico, paralizó sus músculos. Sus rodillas cedieron sin previo aviso, y Elara se precipitó contra la pared, raspándose el hombro contra la moldura de madera oscura antes de deslizarse hasta quedar sentada sobre la costosa moqueta gris. El grito que intentó escapar de su garganta quedó reducido a un jadeo húmedo, roto y profundamente vergonzoso.

​Su cuerpo entero era un territorio en ebullición. La tela de su pantalón de traje, antes un símbolo de su impecable fachada ejecutiva, le resultaba ahora una mordaza asfixiante; la fricción del tejido contra su piel ultra-sensible enviaba chispas eléctricas directas a su núcleo. Llevó las manos temblorosas al vientre, apretándose con desesperación, intentando contener un temblor muscular que nacía en la base de la columna y le sacudía los pechos, cuyos pezones endurecidos dolían de pura necesidad. El aroma a vainilla y ámbar inundó el pasillo cerrado, tan espeso, tan embriagador y desesperado, que en cualquier otro piso del edificio habría provocado el caos entre los empleados masculinos.

​Allí, a pocos metros, las puertas del ascensor principal parpadearon anunciando un descenso, y el murmullo lejano de dos guardias de seguridad haciendo el cambio de turno comenzó a filtrarse al fondo del corredor.

​«Me van a ver, van a saber qué soy. Van a entregársela», pensó su mente aterrorizada mientras las lágrimas de frustración resbalaban por sus mejillas empapadas en sudor. Trató de empujarse con las palmas contra la pared para ponerse de pie, pero sus brazos carecían de fuerza; eran hilos desarmados. Su coño palpitaba con un dolor hondo, hundiéndose en una humedad tan intensa que notó cómo el líquido tibio traspasaba las capas de ropa, pegando la tela a sus muslos abiertos en un desplome patético e involuntario.

​—Por favor... no aquí... —sollozó a la alfombra, acurrucándose sobre sí misma, con la mejilla apoyada en el suelo mullido mientras aspiraba su propio rastro dulce.

​Pasos pesados, firmes, medidos con una precisión milimétrica que no pertenecían a la guardia común, empezaron a acercarse. El eco de la suela de cuero contra la moqueta no traía prisa mecánica, sino la calma absoluta de quien rastrea a lo que ya considera suyo.

​Elara cerró los ojos con fuerza, preparándose para el escarnio, para el momento en que manos uniformadas la levantaran de los suelos de la empresa donde había fingido ser intocable. Sin embargo, cuando una sombra imponente se proyectó sobre su cuerpo encogido, el olor que la envolvió no fue el del café frío del pasillo ni el jabón industrial de los vigilantes. Era cedro tostado, tabaco oscuro y una feromona Alfa tan potentemente dominante que hizo que su útero se contrajera con un espasmo de sumisión tan dulce que estuvo a punto de perder la consciencia.

​Kaelen no dijo nada.

​Se detuvo ante ella. Desde su altura, la vio allí, ovillada contra el zócalo del corredor, con la blusa blanca abierta un botón más de la cuenta, el cabello desordenado pegado a la frente húmeda y el cuerpo entero meciéndose en un vaivén rítmico, patético y febril, suplicando en silencio lo que su orgullo humano intentaba negar. El Alfa observó el rastro brillante que dejaba su calor en la tela y la forma en que los dedos de ella aferraban la moqueta como si la tierra misma se estuviera hundiendo.

​Por un instante, los murmullos de los guardias se escucharon doblando la esquina del sector este. Una llamada a la seguridad corporativa habría resuelto el problema protocolo mediante,  la habrían sacado por la puerta de servicio, lejos de su vista, etiquetándola como personal con un colapso médico.

​Pero Kaelen no era un hombre de protocolos cuando se trataba de su instinto.

​Sus mandíbulas se tensaron hasta marcarse con fuerza bajo la piel. Con un movimiento rápido, fluido y completamente desprovisto de dudas, se inclinó. Sus manos grandes, de dedos largos y cálidos, se deslizaron con firmeza por debajo de las corvas de las piernas de Elara y la espalda de ella, levantándola del suelo en vilo como si no pesara nada.

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