Capítulo 4 La decisión irrevocable

Elara exhaló un suspiro trémulo contra su hombro en el preciso instante en que sintió el aire fresco abandonarla y ser sustituido por la masa sólida, hir وبعدo y sólida del torso de Kaelen. Sus brazos, por puro reflejo biológico, se enredaron con desesperación alrededor de su cuello, hundiendo la nariz en la curva de su mandíbula para aspirar el aroma que su cuerpo reclamaba a gritos.

Kaelen dio media vuelta, ignorando por completo el destello de sorpresa de los dos guardias que aparecían al fondo del pasillo y que se detuvieron en seco, inclinando la cabeza con sumisión automática ante la mirada dorada y encendida de su jefe. No les dirigió una sola palabra. Con pasos largos, seguros y dueños de cada centímetro del edificio, la cargó a través del ala presidencial privada, sorteando el pasillo de caoba hasta llegar al fondo del corredor.

Empujó la pesada puerta de su suite de descanso con la cadera, cruzó el umbral alfombrado y dejó que la pesada hoja de madera blindada se cerrara a sus espaldas.

El clic de la cerradura automática al girar sonó en la penumbra de la habitación como el sello definitivo de una sentencia. Kaelen avanzó unos pasos más hacia el centro de la estancia y la dejó caer con suavidad calculada sobre el amplio colchón de sábanas oscuras, inclinándose sobre ella antes de que la chica pudiera siquiera recuperar el aliento.

Kaelen colgó el auricular con un movimiento lento y deliberado. Se giró completamente hacia ella, y esta vez no hubo tecleo, ni informes, ni distracciones. Solo él, un Alfa poderoso que había decidido que su Omega ya no sería una empleada más, sino su propiedad.

—Ven aquí —dijo Kaelen, señalando el suelo frente a él con un gesto imperativo de su dedo índice.

El colchón de la suite privada era una extensión mullida y oscura, pero para Elara, en ese momento, se sentía como el epicentro de un terremoto biológico. Apenas su espalda tocó las sábanas de lino negro, el instinto de huida chocó contra una pared de inercia febril; su cuerpo entero arqueó la columna en un reflejo involuntario, buscando el calor del que acababan de privarla. Jadeó, un sonido roto y húmedo que se perdió en la penumbra del habitáculo, mientras sus dedos aferraban la tela oscura de la colcha con la desesperación de un náufrago.

—Kaelen... por favor —suplicó, aunque no sabía exactamente qué estaba pidiendo. ¿Que se detuviera? ¿Que la tomara de una maldita vez y acabara con el suplicio?

Él no se echó encima de ella como una bestia sin freno, contrariamente a lo que su mente de Omega le gritaba que ocurriría. Kaelen se mantuvo de pie al borde de la cama, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de sastrero, su pecho subiendo y bajando con una pesadez contenida. La chaqueta de su traje estaba ligeramente desabotonada, y el aire denso de la habitación, empapado por el aroma dulzón de vainilla, ámbar y el almizcle denso de su propio celo desatado,  lo rodeaba como una niebla pesada. Sus ojos, fijos en ella, brillaban con un fuego oscuro, una mezcla de fascinación y una rabia sorda que no iba dirigida a ella, sino a la propia situación.

—Mírate —dijo Kaelen. Su voz no era un rugido ahora, sino un susurro áspero que raspaba el silencio como lija fina —Todo este tiempo... fingiendo ser una empleada modelo, paseándote por el tercer piso con tus carpetas azules y tus supresores químicos corriendo por tus venas como veneno, ¿y pensaste que podrías ocultarlo para siempre?

—Yo no... —Elara apretó los muslos, temblando de pies a cabeza mientras la humedad volvía a hacer estragos entre sus piernas, un chorro tibio que empapaba la tela de su ropa —Los supresores... fallaron. Solo... déjame ir a casa. Llamaré a un médico, me encerraré una semana...

—¿A casa? —Kaelen soltó una carcajada corta, sin humor, un sonido seco que vibró en las paredes de madera del dormitorio —¿A qué casa, Elara? ¿A ese apartamento frío donde pretendes que eres una humana común y corriente?

Dio un paso hacia la cama, y con ese simple movimiento, el peso de su presencia Alfa llenó cada rincón del espacio. Elara contuvo la respiración, sintiendo cómo los latidos de su corazón golpeaban contra sus costillas con la fuerza de un martillo. Kaelen se inclinó lentamente, apoyando una rodilla en el colchón a un lado de su cadera. El perfume de cedro y tabaco la envolvió por completo, tan intenso que su clítoris palpitó con un dolor exquisito y punzante.

Extendió una mano grande, de nudillos firmes, y rozó con el dorso de sus dedos la mejilla ardiente de Elara. Ella gimió, un sonido patético que detuvo al Alfa en seco. Sus ojos dorados por la urgencia se dilataron aún más al ver la forma en que ella se curvaba hacia su tacto, hambrienta de contacto.

—Se supone que no debería importarme —murmuró Kaelen, con la mirada clavada en la comisura de sus labios entreabiertos —He tenido Omegas de alta sociedad amis pies. Mujeres con linajes impecables, feromonas diseñadas en laboratorios para volver loco a un CEO, dispuestas a abrirse las piernas con tal de conseguir una firma en un contrato o un apellido en un testamento. Y ninguna... —su voz se quebró ligeramente, volviéndose más oscura, más cruda —ninguna de ellas logró jamás hacerme perder el control con solo respirar a tres metros de distancia de mi escritorio.

Elara abrió los ojos, empañados por el sudor y las lágrimas de la sobrecarga hormonal.

—Kaelen...

—Huerlas a vainilla y a miedo, a mentiras y a un celo reprimido durante meses... me ha tenido jodidamente al borde desde el lunes pasado —confesó él, y en su tono había una sinceridad brutal que asustaba más que su ira —No sé qué clase de juego crees que estás jugando con tu historial médico o por qué carajo huías de los registros de la empresa, pero el momento en que ese aroma tuyo cruzó el aire del salón de juntas... supe que si no te encerraba bajo siete llaves, te habrías desmoronado en medio del pasillo y te habrían marcado diez hombres antes de que pudieras llegar al ascensor. Y solo de pensarlo, te juro que quise romperle el cuello al primer idiota que te mirara.

Un escalofrío de sumisión extrema recorrió la columna vertebral de Elara. Sus glándulas reaccionaron a la posesividad de sus palabras liberando una nueva oleada de aroma dulce, tan espeso que hizo que Kaelen cerrara los ojos por una fracción de segundo, aspirando hondo contra el cuello de ella, rozando con los dientes la piel sensible de su pulso sin llegar a morderla.

—Por favor... —balbuceó ella, enroscando los dedos en la solapa de su camisa, tirando de él con la fuerza desesperada de quien se ahoga —Bésame... o haz lo que tengas que hacer, pero no me dejes así...

Kaelen detuvo el movimiento. Se apartó apenas unos centímetros, sosteniéndole la barbilla con firmeza, obligándola a mirarlo a los ojos. Su expresión había mutado; ya no era solo el depredador hambriento de celo, sino el estratega frío que acababa de tomar una decisión irrevocable.

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