Capítulo 5 Lo qué es mío

—No voy a tocarte aquí, a escondidas, como si fueras un sucio secreto que guardo en un despacho bajo llave —sentenció Kaelen, su voz recuperando el filo de plomo al que todo el corporativo temía —El abogado ya tiene los papeles de reclamación y vinculación listos en mi despacho principal.

Elara parpadeó, confundida entre la neblina del calor corporal.

—¿Qué... qué papeles...?

—Los que te convierten en mi pareja ante el consejo directivo y la ley de castas —repuso él, con una sonrisa fría y triunfal dibujándose en la comisura de sus labios —Esta noche hay una cena de gala con los inversores internacionales en el salón de honor del Grand Plaza. Y justo antes del brindis principal, frente a trescientos ejecutivos, socios y la prensa financiera del país... voy a hacer un anuncio público sobre ti. Vas a entrar a mi lado, llevas mi aroma grabado en la piel, y todo el puto mundo va a saber exactamente a quién pertenece la Omega más hermosa y rebelde que ha pisado este edificio.

El mundo pareció contraerse en el pecho de Elara, deteniéndose en seco mucho más rápido que los efectos de su propio celo. La idea de caminar bajo las luces blancas de un salón repleto, expuesta, marcada por el aroma inconfundible de un Alfa de primer nivel y presentada como su posesión oficial ante la élite empresarial, le heló la sangre de una forma que ni siquiera el fuego de su celo pudo apagar.

Abrió la boca para protestar, para gritarle que estaba loca, que ella no pertenecía a nadie; pero Kaelen se inclinó de nuevo, rozándole los labios con un toque breve, duro y definitivo.

—Prepara tus nervios, Elara —susurró él contra su boca, sintiendo el temblor de pánico mezclarse con su humedad —Porque esta noche vas a ser mía a la vista de todos, y nadie va a volver a dudar de quién manda en tu vida.

El silencio en la suite privada de Kaelen se había vuelto más opresivo que el propio calor febril de su celo. Cuando el Alfa salió finalmente de la habitación para ultimar los detalles con su equipo legal, cerrando la pesada puerta de roble con doble seguro electrónico, Elara supo que el pánico era el único antídoto funcional contra las hormonas que le martilleaban las sienes.

No iba a ser la trofeo de nadie. No iba a desfilar por el salón del Grand Plaza con una etiqueta de propiedad pegada a la piel, convertida en el espectáculo nocturno de la prensa financiera y el trofeo vivo de un CEO que confundía la atracción química con el derecho de pernada.

Se obligó a ponerse de pie. Sus piernas temblaban como ramas al viento y la humedad entre sus muslos era una tortura constante, pero la rabia fría que le nacía en el pecho actuó como un bloqueador temporal. Miró a su alrededor con la urgencia de un recluso en pleno motín. Sobre un perchero lateral, colgado con pulcritud corporativa, descansaba el abrigo largo de lana negra de Kaelen, junto con una bufanda gruesa de cachemira y un sombrero fedora oscuro que el Alfa solía utilizar cuando salía por el sótano sin la escolta principal.

No lo dudó. Se quitó la blusa de seda blanca —impregnada de un olor a vainilla y miedo que la delataría a diez metros de distancia si se cruzaba con otro Alfa —y se enfundó el abrigo sobredimensionado. La prenda le llegaba casi a los tobillos, tragándose su figura y ocultando las formas redondas y febriles de su cuerpo. Se cubrió la cabeza con el sombrero calándolo hasta la altura de las cejas, envolvió su cuello con la bufanda tupida de Kaelen y dejó que el perfume a cedro y tabaco del hombre impregnara sus fosas nasales, enmascarando, al menos de manera superficial, el rastro salvaje de su celo.

«El montacargas de servicio», pensó, recordando los planos arquitectónicos que había tenido que archivar hacía apenas un mes en el departamento de logística.

Caminó con paso rígido, apretando los dientes cada vez que una contracción en su bajo vientre la obligaba a encorvarse. Cada paso era una victoria agónica. Logró salir de la suite aprovechando el código numérico que había visto teclear a Kaelen unas horas antes, cruzó el pasillo lateral y se deslizó por las escaleras de emergencia hasta el sótano de proveedores. El aire allí abajo olía a diésel, cartón húmedo y desinfectante barato; para ella, en ese estado, olía a libertad.

El corazón le galopaba en la garganta mientras empujaba la puerta metálica que daba al callejón trasero del edificio corporativo. La fría brisa de la tarde le azotó la cara, trayéndole un alivio tan intenso que estuvo a punto de sollozar. Solo tenía que doblar la esquina, alcanzar la avenida principal y tomar un taxi que la alejara de esa torre de cristal antes de que el segundero del reloj de Kaelen marcara la catástrofe.

Dio dos pasos hacia la salida del callejón, con la vista fija en el gentío borroso de la acera opuesta.

Y entonces, chocó de frente con un muro sólido.

No era una pared de cemento, sino el torso rígido de alguien que había estado parado allí, en la penumbra del alero, con una paciencia absoluta y depredadora. El impacto le hizo perder el equilibrio; el sombrero se le deslizó hacia atrás, dejando al descubierto sus mechones revueltos y sus ojos desorbitados por el shock.

Retrocedió tropezando, con las manos aferradas a las solapas del abrigo ajeno, dispuesta a gritar o a salir corriendo en dirección contraria, hasta que alzó la mirada y el oxígeno pareció convertirse en esquirlas de vidrio en sus pulmones.

Frente a ella estaba Darian.

El hombre sonreía. No era una sonrisa cálida, ni siquiera una de cortesía; era el gesto pulcro, afilado y helado de un dandy que acaba de ver caer a una mariposa en su red tras semanas de rastreo silencioso. Su traje gris perfectamente entallado no tenía una sola arruga, y su melena castaña caía con una precisión insolente sobre su frente. Olía a colonia cara, a cítricos fríos y a un pasado que Elara había jurado enterrar bajo cinco años de supresores químicos y mudanzas fantasma.

—Vaya, vaya... —su voz, suave, cultivada y venenosa, resonó en el estrecho callejón como el chasquido de un mecanismo de relojería —Conque aquí estabas escondida, pajarito.

Elara sintió que el suelo se le hundía bajo los zapatos. El celo, que segundos antes cedía terreno ante la adrenalina de la fuga, volvió a castigar su cuerpo con un espasmo tan violento que tuvo que apretar los muslos con desesperación para mantenerse en pie.

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