Capítulo 6 Choque de Alfas
—Darian... ¿Qué... qué haces aquí? —logró articular, con la voz rota, raspada por el pánico.
—¿Qué hago aquí? —Darian dio un paso lento hacia adelante, cerrando el espacio entre ambos con una elegancia felina que le impidió a Elara dar vuelta atrás. Alzó una mano estilizada y, con la yema del dedo índice, le apartó con delicadeza burlona el borde del sombrero que ella intentaba reacomodar —Vine a buscar lo que es mío, Elara. Aunque, a decir verdad, me sorprende que una Omega con tu historial de huida se haya dejado arrinconar precisamente en el territorio del tiburón más grande de la ciudad.
—Yo no soy de nadie —escupió ella, aunque su voz temblaba delatando el fuego traidor que le quemaba las entrañas.
Darian soltó una carcajada baja, un sonido elegante que carecía de cualquier vestigio de humor. Inclinó ligeramente la cabeza, observando cómo la tela del abrigo de Kaelen se abría un milímetro, dejando escapar un atisbo del aroma a vainilla y ámbar que todavía impregnaba su piel. Las pupilas de Darian se endurecieron por una fracción de segundo al captar el matiz de otro Alfa en ella, pero su sonrisa no se desdibujó; al contrario, se hizo más cortantes.
Metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta y extrajo un documento doblado en tres partes, con los bordes ribeteados en un sello notarial que Elara conocía demasiado bien: el papel amarillo de la antigua cláusula de enlace familiar firmada por su padre cuando ella apenas cumplía la mayoría de edad.
Darian desplegó una esquina del papel frente a sus ojos, señalando con la uña la rúbrica oficial.
—Pensé que te habías perdido, prometida mía —le dijo Darian, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro cargado de una posesión tan antigua como legal, mientras la mirada de ella comprendía, con un terror paralizante, que el compromiso que creía olvidado y enterrado en otra provincia seguía vigente, blindado por la ley de castas y esperando solo el sello de ejecución —El contrato nunca venció, Elara. Y hoy por la noche... nos vamos a casa juntos.
El documento desplegado en las manos de Darian brillaba bajo la luz grisácea del callejón trasero como una sentencia de muerte anticipada. La firma temblorosa de su padre, estampada hacía seis años al pie de una cláusula de compensación mercantil, pesaba sobre el pecho de Elara con más fuerza que la propia fiebre del celo. Sin embargo, antes de que pudiera articular una negativa, una ráfaga de aire helado barrió el espacio estrecho, acompañada por un cambio drástico en la atmósfera.
El perfume a cítricos fríos de Darian se vio eclipsado de golpe por una pared invisible, densa y asfixiante, de cedro tostado y tabaco oscuro.
La puerta metálica del sótano se había abierto de par en par con un golpe seco que hizo vibrar los ladrillos de la pared. Kaelen apareció en el umbral. No llevaba la chaqueta desabotonada ni mostraba la compostura fría del despacho; su camisa estaba arrugada en las mangas, el cuello abierto y la mirada dorada, brillando con un tono casi salvaje en la penumbra, clavada directamente en la silueta de Darian. No había rastro del CEO calculador: el Alfa dominante había despertado, y el territorio que defendía ya no era un edificio corporativo, sino a la mujer que temblaba envuelta en su abrigo.
—Aparta la vista de ella —ordenó Kaelen. Su voz no era un grito; era un trueno bajo, gutural, que resonó en el pavimento y obligó a las rodillas de Elara a flaquear aún más.
Darian no retrocedió. Al contrario, levantó la barbilla con una elegancia altanera, doblando el papel notarial con lentitud exasperante antes de guardarlo en el bolsillo de su traje gris. Sus ojos oscuros recorrieron la figura de Kaelen de arriba abajo, deteniéndose un instante en el abrigo ajeno que cubría a la Omega. Una sonrisa pálida, teñida de un veneno exquisito, curvó los labios del recién llegado.
—Kaelen Vane. El rey de las torres de cristal —murmuró Darian con voz suave, calibrando al enemigo —Supongo que nadie te enseñó a no jugar con la correspondencia ajena. Esta Omega tiene dueño desde antes de que pisaras esta ciudad. El pacto familiar está registrado ante el juzgado de familia de la capital. Si la retenemos aquí por desacato a un contrato de casta, el escándalo bursátil te costará más que un simple berrinche hormonal.
—Me importa una mierda tu contrato y lo que dicten los burócratas de la capital —replicó Kaelen, avanzando dos pasos cortos, implacables, hasta colocarse a medio camino entre Darian y Elara —Nadie se la lleva a ningún lado. Y menos si ella no lo quiere.
Elara contuvo el aliento, aferrándose con las manos entumecidas a la lana gruesa del abrigo. Su cuerpo era un campo de batalla químico; el celo le gritaba que se rindiera al Alfa que la había cobijado, mientras el miedo al peso legal de la familia de Darian le enroscaba el estómago como un alambre de púas.
—Dile tú misma, pajarito —insistió Darian, desviando la mirada hacia ella con una dulzura siniestra —Explícale que vienes conmigo por voluntad propia, o al menos por la vía del honor que tu padre juró honrar.
Elara abrió los labios, pero de su garganta solo emergió un gemido roto, ahogado por una nueva oleada de calor que le recorrió la espina dorsal. Sus ojos saltaron de la figura pulcra e insensible de Darian a los hombros tensos y la mandíbula pétrea de Kaelen. No quería a ninguno de los dos dueños dictando su destino, pero la diferencia entre ambos era un abismo, uno representaba la jaula de un pasado familiar que había huido a solas; el otro, una tempestad que, aunque peligrosa, la miraba como si fuera lo único real en medio de la oficina.
—Ella no va a decir nada —zanjó Kaelen, cuya paciencia se quebró como un cristal sometido a demasiada presión.
El aire del callejón dejó de ser aire; se transformó en un fluido denso, eléctrico y pesado. Las feromonas de Kaelen se expandieron con una violencia magnética, un aroma a madera resinosa y tormenta que buscaba someter el espacio, exigiendo sumisión absoluta a todo lo que respirara en un radio de diez metros.
Darian no se encogió. Al sentir la embestida química, su propia esencia Alfa brotó con la frialdad de un hielo milenario, un olor a menta ácida y metal pulido que chocó contra el cedro de Kaelen justo en el centro del pasillo.
