Capítulo 6 Reglas de convivencia.

Elena regresó muy temprano a la mansión de los McGrath con la tensión palpitando bajo su piel.

La noche anterior no durmió casi nada, los nervios y la ansiedad no le permitieron que pegara un ojo, aunque igual estuvo allí a primera hora vestida impecable y con la máscara de Isabella Reed colocada con profesionalismo en su cara.

El mayordomo la condujo hasta un comedor donde Adrian la esperaba sentado en una mesa de desayuno.

—Buenos días —saludó Elena.

—Buenos días —respondió él con seriedad, aunque sin poder evitar apreciarla de los pies a la cabeza.

La mujer se había percatado el día anterior que el hombre poco podía alejar su atención de ella, así que se fue algo provocativa, con una vestido que contaba con un escote discreto y la ayudaba a remarcar sus curvas sin producir ningún escándalo.

Pensó que si jugaba la carta de la seducción, tal vez, lograría que él rebajara su desconfianza.

—Toma asiento. Antes de que empieces de manera oficial tu primer día como niñera, necesitamos dejar en claro ciertas normas.

—Te escucho.

—Como lo sabes, en la solicitud de la vacante pedí que la niñera debía vivir en la mansión durante la semana. De esa manera tenía más disponibilidad y cercanía para atender a los niños.

La mujer abrió los ojos en toda su extensión. Nunca se había enterado de ese detalle.

—Por tanto, te cederé una de las habitaciones de invitados de la primera planta, donde te alojarás de lunes a viernes. Podrás regresar a tu casa el sábado a primera hora y estar de nuevo aquí el lunes muy temprano.

—Eso… no me lo informaron. No vine preparada para quedarme.

—Ese detalle incluso se especifica en las cláusulas del contrato. Esas que no quisiste leer antes de firmar.

Ambos compartieron una mirada que pareció un desafío.

—Necesitaré un par de horas esta noche para ir a buscar mis cosas. Aunque te prometo que eso no volverá a pasar.

—Solo por hoy haré esa excepción. Luego, esos olvidos podrían ser considerados una falta al contrato de trabajo.

Ella se mordió los labios unos segundos para controlar la rabia. Aquel sujeto era demasiado exigente.

Adrian se incorporó y caminó alrededor de la mesa apoyándose en el respaldo de la silla ubicada junto a ella. Su presencia era dominante sin necesidad de levantar la voz.

—Además, como te lo comenté ayer, en esta casa hay reglas. No son sugerencias ni excepciones, sino reglas que no deben romperse.

—Me parece razonable.

Una comisura de los labios del hombre se curvó apenas, sin humor.

—Veremos si piensas lo mismo al final.

Adrian tomó una carpeta negra que se hallaba sobre la mesa y la abrió frente a ella.

—Primera regla: los niños no deben ser contrariados frente a terceros. Las correcciones se hacen en privado.

—Estoy de acuerdo. La autoridad se pierde cuando se humilla.

Adrian la miró por unos segundos, sorprendido. Muchas niñeras pusieron quejas por esa regla, pero ella la aceptó a la primera.

—Segunda: a los niños no se les miente. Nunca. Ni siquiera para calmarlos.

La mujer asintió recordando a Theo. Mentirle sería un riesgo, ese niño era demasiado persuasivo.

—Tercera: las rutinas de los niños no se alteran sin mi autorización expresa.

—Claro. Eso es común en las casas donde he trabajado.

—Cuarta regla: no se les debe hablar de su madre, salvo que ellos pregunten.

—¿Y si lo hacen?

—Responderás con honestidad. Sin dramatizar y sin interpretaciones personales. Mónica murió de una enfermedad cuando ellos apenas tenían dos años de edad y punto. Nada de hablarles del cielo, de que ella los vigila o algo por el estilo. Quiero que ellos superen la muerte de su madre y continúen con sus vidas, no que sean esclavos de recuerdos o esperanzas vanas.

Un nudo se formó en el estómago de Elena. Sabía lo que dolía la pérdida de una madre y el gran vacío que dejaba.

Aunque los niños apenas habían conocido a la suya, no merecían una explicación tan genérica, pero no podía contrariarlo o perdería aquella oportunidad.

—Entiendo. Así será.

—Quinta: no estas autorizada a recibir visitas, de nadie.

—De acuerdo.

—Sexta: no puedes salir de la propiedad con los niños sin previa autorización.

—Entendido.

—Séptima: no publicarás nada relacionado con esta casa en redes sociales.

—No tengo redes sociales.

—Octava: el despacho está fuera de los límites que puedes usar.

Elena sintió eso como un latigazo.

—¿Incluso cuando no estás?

—Especialmente cuando no estoy —respondió él con frialdad, y cerró la carpeta con un golpe seco—. Y ahora, la más importante. No se involucrará de manera emocional con mis hijos.

Ella frunció el ceño.

—Disculpa… ¿cómo?

—No quiero que te enamores de mis hijos. Ni intentes ocupar un lugar que no te corresponde. No te convertirás en una persona imprescindible para ellos.

Elena le sostuvo la mirada.

—Cuando se cuida de niños, suele haber conexión emocional. El afecto no es una elección, sino una necesidad para que haya confianza y buena convivencia.

—Aquí sí será una elección. Las niñeras anteriores que cruzaron esa línea, cuando se fueron, dejaron a mis hijos pagando un alto precio por su lejanía. No quiero que ellos vivan asimilando pérdidas siempre, eso los volverá vulnerables.

Ella entendió demasiado bien esa regla. Suficiente tenían los trillizos con superar el dolor de haber perdido a su madre, como para que además debieran soportar la pérdida de una niñera cada año.

—Mi trabajo es cuidarlos, no reemplazar a nadie.

—Bien. —Adrian se dirigió a su silla dando por terminada la reunión—. Los niños bajarán en diez minutos. Leo te atosigará queriendo mostrarte cosas y buscando acaparar tu atención, Max intentará provocarte solo por entretenimiento y Theo te observará hasta incomodarte. Debes estar preparada.

Elena sintió un escalofrío.

—Gracias por las advertencias. Ya estoy preparada.

Los ojos de Adrian se oscurecieron mientras tomaba asiento. Volvió a repasarla con interés antes de hablar.

—Una cosa más, Isabella. Esta regla no está escrita, pero no debe ser dejada de lado. —El silencio se volvió denso—. No investigues mi pasado.

El corazón de Elena dio un salto violento.

—¿Perdón?

—No hagas preguntas innecesarias de mí a los niños, o a alguien más en esta casa, ni revises nada que no te concierne. Trata de controlar tu curiosidad para que no sucedan situaciones parecidas a las de ayer.

—¿Esa es una regla general para todos en la mansión? —preguntó, forzando neutralidad.

—No. Está hecha solo para ti.

Elena sintió que la sangre se le helaba.

El hombre se enderezó, justo cuando comenzaron a resonar en el pasillo las voces suaves de los niños, que se acercaban al comedor acompañados por el mayordomo.

—Bienvenida a tu primer día en la mansión McGrath, Isabella Reed —dijo Adrian antes de que sus hijos aparecieran.

Elena se quedó inmóvil, con la mandíbula endurecida por el enfado.

Entendió que Adrian no era ingenuo, pero ya había empezado su juego, uno que ella estaba dispuesta a seguir sin importar las consecuencias.

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