Capítulo 7 Sueños perturbadores.

Luego del desayuno, Adrian informó que debía atender asuntos de trabajo en su empresa. Elena lo observó desde el umbral del vestíbulo mientras él se ajustaba el abrigo y se iba. No se despidió. Apenas le dedicó una mirada rápida y evaluadora, como si dejara algo pendiente en el aire.

—Papá se va siempre así —dijo Leo, tomando su mano—. No le gustan las despedidas.

—Tiene mucho trabajo.

—Pero vuelve —aseguró el niño—. Nunca nos deja solos.

Esa certeza infantil le apretó el pecho. Eso era lo único a lo que él parecía aferrarse, al regreso de su padre. Ella lo miró con dulzura y acarició sus cabellos.

—¿Qué tal si vamos al patio de juegos?

La sonrisa le cambió por completo el semblante al niño antes de seguirla.

El día transcurrió lento. Jugaban siendo vigilados de lejos por el mayordomo, que aparecía y desaparecía como una sombra. Elena sentía esa supervisión constante con cierta aprehensión, como si cada gesto o movimiento suyo estuviese siendo medido.

Aunque pronto se calmó, ya que ese día en particular sus intenciones eran otras. Decidió concentrarse solo en los trillizos, necesitaba ganarse la confianza de ellos.

Leo no tardó en reclamar toda su atención. Le hablaba sin parar, entusiasmado, como si temiera que si se callaba, ella pudiese desaparecer.

Max se mantenía cerca. Lanzaba una pelota contra una pared muy cerca de ellos y a veces con más fuerza de la necesaria. Luego miraba a la mujer de reojo, como esperando que ella le dijera algo.

—No juegues con Isabella —reclamó de pronto Leo—. Se va a ir.

Elena se sorprendió por sus palabras.

—No me voy a ir hoy. Me quedaré aquí con ustedes.

Max apretó la mandíbula.

—Eso dicen todas.

Theo, desde una esquina del salón, levantó la vista de su libro.

—No todas —corrigió a su hermano—. Algunas no dicen nada, solo se van.

A Elena esas palabras le produjeron dolor. Sonaban muy duras en la boca de un niño.

—No puedo prometer cosas que no sé si podré cumplir, porque su padre tiene la última palabra, pero hoy estaré aquí con ustedes todo el día. Si él queda satisfecho con mi trabajo, me tendrán con ustedes todo el año.

Leo se sentó junto a ella, sonriendo de felicidad. Max no se acercó, aunque dejó de lanzar la pelota cerca, y Theo la observó con atención renovada, como si estuviese desentramando un secreto ancestral.

Pasaron el día entre juegos y pequeños desafíos. Los niños pronto comenzaron a actuar con comodidad a su alrededor, sin perder sus actitudes propias.

Al llegar la noche, estaban tan agotados que ninguno puso objeción cuando ella los llevó a sus habitaciones, buscando prepararlos para dormir.

—¿Te vas a quedar a dormir en casa? —preguntó Leo ya en pijama y subiendo a su cama.

—Sí, tengo mi propia habitación al otro lado del pasillo.

—Prométeme que no te irás mientras duermo.

Elena besó su frente y lo arropó.

—No me iré esta noche. Mañana nos veremos de nuevo.

El niño sonrió y cerró los ojos, durmiéndose al instante. Max tardó un poco más en hacerlo. Se movía inquieto entre las sábanas, con el ceño fruncido.

—¿Te duele algo? —preguntó ella.

—No.

—¿Te pasa algo?

—No.

Elena se sentó en el borde de la cama.

—Estoy aquí si quieres hablar.

—No quiero hablar —respondió él y se giró de lado, dándole la espalda.

La mujer respiró hondo ante su terquedad, pero decidió no presionarlo ese día. Apagó la luz y salió, cerrando la puerta con cuidado.

Al pasar por la habitación de Theo lo encontró despierto, sentado en la cama con el libro que había estado leyendo ese día apoyado en las rodillas.

—Él no duerme bien —dijo sin rodeos.

—¿Hablas de Max?

—Sí, y papá tampoco, pero él finge mejor que mi hermano.

—¿Y sabes qué les pasa?

El niño solo alzó los hombros con indiferencia.

Elena se acercó y le quitó el libro poniendo el marca páginas, dejándolo sobre la mesita de noche. El chico rápido se metió bajo las sábanas.

—Que tengas buenas noches, Theo —le dijo, acariciándole los cabello.

—Buenas noches, Isabella —respondió él cerrando los ojos.

La mujer salió y se quedó un rato en la salita del piso de las habitaciones, velando por el sueño de los trillizos. Se asomó a la ventana que daba al jardín delantero y oteó la oscuridad con el ceño fruncido.

¿Dónde se hallaba Adrian McGrath? ¿Por qué dejaba por tanto tiempo a sus hijos solos?

Ahora entendía su urgencia por tener una niñera. Él no podía estar en casa por el trabajo, pero no aprobaba sus acciones. Esos niños estaban en edad de necesitar a su padre cerca, aunque fuese unas horas. Más ellos, que habían perdido a su madre antes de apegarse a ella y se sentían tan solos.

Se sentó en un sofá a leer una novela y una hora después se asomó con cautela en las habitaciones de los niños para verificar que dormían antes de ir a su habitación.

Al pasar por la de Max, un grito la paralizó.

—¡No!

Ella entró sin encender la luz. El niño estaba sentado en la cama y respiraba con dificultad, con los ojos abiertos, pero perdidos.

—¿Max? ¿Qué te sucede?

Él la miró tardando unos segundos en reconocerla.

—No… no te vayas —pidió con la voz quebrada.

—No me voy a ir —dijo y se sentó junto a él notando que sudaba un poco—. Fue un mal sueño. Ya pasó —habló, acariciándole los cabellos.

Max negó con la cabeza.

—No era un sueño. Era ella.

Elena sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Ella?

Los ojos del niño se llenaron de lágrimas.

—Mamá.

Max se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar.

—No la encuentro —sollozó—. Grito y no me escucha. Siempre se va y se pierde, no puedo detenerla.

Elena lo rodeó con los brazos permitiendo que el niño se aferrara a ella abrazándola por la cintura, con una fuerza desesperada.

—No quiero olvidarla. Si me duermo… se va otra vez.

Elena cerró los ojos y besó su cabecita. Sentía cómo el dolor del chico se le colaba por los huesos, despertando antiguos miedos. De cuando perdió a su propia madre consumida por una enfermedad cruel cinco años atrás.

Allí se percató que las reglas que Adrian había impuesto no iban a servirle de nada. No era solo una niñera en esa casa, era inevitable que se transformara para ellos en un ancla.

Esos chicos necesitaban sostenerse de alguien para superar sus traumas y al no estar su padre presente lo harían con el que estuviese más cerca. Evitar una conexión sería imposible.

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