Capítulo 7 SU ALTEZA, JURO QUE SOY INOCENTE

ISABELLA

—Mírenla, durmiendo como una maldita cerda… —murmuraron dos chicas mientras corrían la cortina del cubículo de al lado del mío.

Sin hacer un solo ruido, me acomodé de nuevo, fingiendo que dormía.

Agucé el oído.

Estaban hablando pestes de la otra paciente, llamándola una salvaje sin cerebro.

Al parecer se había peleado con una de sus amigas durante el examen de ingreso.

—Esto te va a enseñar una lección…

Oí que arrastraban algo y el traqueteo de lo que demonios estuvieran armando.

—Termina de amarrar la cuerda y vámonos, rápido, joder, si la enfermera nos atrapa estamos fritas.

Se fueron por donde habían venido.

Cerré los ojos y me quedé quieta, viendo sus sombras pasar hacia la salida.

No tenía idea de qué habían hecho, pero definitivamente no era nada bueno. Logré ponerme los tenis. Aún llevaba mi sucio pants.

Moviéndome con cuidado, con el cuerpo todavía pesado, también me dirigí hacia la cortina.

Pero, tras unos pasos, me detuve y miré hacia atrás.

La enorme sala llena de camas estaba vacía. Parecía que éramos las únicas dos pacientes.

Sentí una pequeña punzada de lástima por esa desconocida.

No era justo hacerle una broma asquerosa a alguien que estaba inconsciente.

—¿Qué demonios estás haciendo, niña? —empezó a resoplar mi loba—. Debieron ponerte Lady Problemas.

—Mantente alerta y asegúrate de que no venga nadie —le respondí a Thera, apartando la cortina, curiosa.

En el estante sobre la cabeza de la chica, habían dejado una olla de metal que quién sabe de dónde habrían arrastrado.

De una de las asas colgaba una cuerda, y estaba atada a la muñeca flácida de la licántropa pelirroja que dormía en la cama.

—Santa Madre Luna, la hicieron pedazos —soltó Thera, y sí, estaba cubierta de vendajes. No parecía la ganadora de esa pelea.

—Creo que es una Beta —olfateó, sonando un poco confundida.

—Sea lo que sea, no podemos dejar esto así.

Como siempre, terminé metiendo las narices en algo que no era mi problema.

Haciendo equilibrio en la mesita lateral y montando todo un acto de circo, logré agarrar la olla de metal con las manos.

—Mierda, esto está helado —siseé, asomándome dentro y, por supuesto… estaba llena hasta el borde de cubos de hielo derritiéndose.

—Si eso le cae en la cara, con todo y olla… —Thera no terminó la frase, pero las dos sabíamos que luego le estarían reconstruyendo la cara.

Bastaba con que moviera la mano al despertar para activar la trampa.

—Esta Academia está empezando a darme miedo. ¿No podemos huir ya?

Resoplé ante sus tonterías.

Lo último que quedaba era desatar la cuerda gruesa alrededor de la muñeca de la chica.

—Nudo estúpido. De verdad se esmeraron con este… —forcejeé unos segundos y estaba a punto de soltarlo cuando su mano se cerró sobre mi brazo.

—Shh —siseé, mientras hasta mis huesos crujían.

Tenía una fuerza demente.

Levanté la mirada y me encontré con unos ojos color avellana, salvajes; sus colmillos intentando asomar, aunque estaba claro que parecía a punto de desmayarse otra vez.

Con el pelo rojo hecho un desastre y esa expresión feroz, de verdad parecía una salvajita.

—Te estoy ayudando, no te alteres. No voy a hacerte daño… ¡suéltame! —casi tuve que arrancar mi brazo de su agarre.

Me dejó una bonita marca roja de sus dedos en la piel, pero en el tira y afloja por fin logré liberarla de la cuerda.

—¿Ves? Solo intento sacarte de una trampa —le dije, mostrándole el cordón.

Lo miró con ojos vidriosos… y luego volvió a desplomarse.

—De verdad eres pésima en esto de ser heroína.

—Y tú eres pésima para cerrar la boca. Sé útil por una vez y dime dónde se supone que debo esconder esto.

Agarré la olla, pensando en ocultarla debajo de una cama, o tal vez encontrar un baño y vaciarla ahí.

Mis ojos se fueron a una ventana cercana.

Quizá podía tirarla a algún jardín trasero o algo así.

Estábamos en el segundo piso.

—Alguien viene por el pasillo.

La alarma repentina de Thera me lanzó directo al pánico.

Me fui corriendo a la opción más cercana y saqué por la ventana la olla llena de hielo.

Abajo había un jardín arbolado, pero también un sendero de piedra.

Estaba a punto de lanzar la evidencia entre los arbustos cuando varias personas salieron del pasaje bajo el edificio.

Ese cabello platinado, esa aura aplastante, ese andar de depredador… era tan inconfundible que lo reconocería en cualquier parte.

Pésima idea.

Ya me estaba echando hacia atrás cuando una voz detrás de mí me hizo brincar.

—¿Qué estás haciendo con esa agua?

—¡Ah!

Pasó tan rápido que se me aflojaron los dedos y se me cayó lo que estaba sosteniendo.

Vi en cámara lenta cómo el hielo volaba por el aire y la olla se dirigía directo hacia abajo para aterrizar, como una corona, en la cabeza del príncipe licántropo.

Estoy muerta… ese hombre va a arrancarme la cabeza y usarla como bola de boliche.

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